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«Tesoros de la Fe» Nº 157 > Tema “Adviento y Navidad”

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Los tres Reyes Magos camino de Belén

Leopold Kupelwieser (Museo de la Academia, Viena)


Felipe Barandarián Porta

CUENTA Sor María de Ágreda en la "Mística Ciudad de Dios" (1670) que los tres Reyes Magos que vinieron en busca del Niño Dios recién nacido eran naturales de Persia, Arabia y Saba (Sal 71, 10).

Y su venida fue profetizada por David, y antes de él por Balaán, cuando dijo que verían al rey Cristo y que nacería una estrella de Jacob (Núm 24, 17), para señalar al que reinaría eternamente en la casa de Jacob (Lc 1, 32).

Eran estos tres Reyes muy sabios en las ciencias naturales y leídos en las Escrituras del pueblo de Dios. Por eso fueron llamados Magos (magistri). Y por las noticias de las Escrituras y conferencias con algunos de los hebreos, creían en la venida del Mesías que aquel pueblo esperaba. Eran a más de esto hombres rectos, verdaderos y de gran justicia en el gobierno de sus estados, que como no eran tan dilatados como los reinos de estos tiempos, los gobernaban con facilidad por sí mismos y administraban con justicia.

Y como no estaban lejos entre sí, se conocían y comunicaban en las virtudes morales que tenían y en las ciencias que profesaban.

Sor María de Ágreda continúa su maravilloso relato mostrando cómo un ángel habló en sueños a cada uno de ellos, ilustrándoles en los misterios de la Encarnación y de cómo había nacido el Rey de los Judíos, Dios y hombre verdadero, y que les sería dada para ir a buscarle aquella estrella profetizada por Balaán.

Al despertar del sueño, cada uno previno los dones que le iría a llevar: oro, incienso y mirra. Y para partir con presteza, prepararon ese mismo día lo necesario de camellos, recámara y criados para el viaje.

Cada uno de los Reyes, aunque de lugares diferentes, vio la nueva estrella, refulgentísima, aunque no de tanta magnitud como las del firmamento, porque no estaba muy alta. Y dirigiéndose hacia donde los invitaba, en breve se encontraron. Por el camino confirieron juntos las revelaciones que habían tenido.

Leopold Kupelwieser recoge el sublime momento en que la estrella se detiene sobre el portal de Belén. La claridad de los colores y la fuerza de la composición muestran el hechizo que le había causado el arte italiano durante un reciente viaje de tres años. Hechizo también por la naturaleza de aquellas regiones, pues así lo refleja al pintar la atmósfera de ese vasto cielo del Sur, al atardecer, en el que el Sol se desplaza lentamente y va dejando un suave resplandor amarillo detrás de las montañas.

Durante su breve estancia en Roma había estudiado a Rafael y a Perugino y admiró con gran devoción los frescos pintados por Fray Angélico en la Capilla Papal de San Lorenzo, en el Vaticano. Podemos apreciarlo en la expresión de piedad sincera que toma de Fray Angélico y la plasma en la figura de los tres Reyes Magos.

Al frente va Melchor. Escudriña con mirada serena los resplandores del portal que acaba de divisar, y alza su mano en un gesto instintivo de respeto y adoración.

Le siguen Gaspar y Baltasar. Con el rostro alzado hacia el firmamento, y los ojos clavados en la estrella. El porte erguido y las manos juntas, confiantes, casi orantes. En su interior la inquietud por encontrar a Dios.

Respeto, adoración, confianza, espíritu de oración, inquietud por encontrar a Dios y conservar el corazón junto a él.

LEOPOLD KUPELWIESER nació en Markt Piesting, un pueblecito de la Baja Austria, no muy lejos de Viena, en 1796. Ingresó en la Academia de Bellas Artes en Viena a los 12 años. En su viaje a Roma entró en sintonía con el grupo pictórico más coherente del romanticismo. Los llamados nazarenos, que deseaban revivir la espiritualidad del arte cristiano medieval. Muchos de ellos, sobre todo en Alemania, se convirtieron al catolicismo.

Tras este viaje a Italia, influenciado por dicha escuela, pinta "Los tres Reyes Magos camino de Belén" y muchas otras obras de carácter religioso. A partir de 1836 imparte clases en la Academia de Viena, y se especializa en la pintura monumental, con grandes frescos como los de la Iglesia de San Juan Nepomuceno en Viena.

Padre de ocho hijos, frecuentó el círculo de amistades del compositor F. Schubert, al que retrató, así como a muchos otros personajes de la aristocracia. Murió en Viena, a los 66 años.



  




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