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«Tesoros de la Fe» Nº 162 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Ladislao

Rey de Hungría

Príncipe de vida ejemplar, riguroso contra toda injusticia, caritativo, paciente y fervoroso, modelo de cómo se puede practicar la virtud heroica en el trono

Plinio María Solimeo

LA EDAD MEDIA, feliz tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los pueblos, dio frutos de santidad mayores que en cualquier otra época. Para sólo mencionar el campo civil, vemos grandes santos en todos los grados de la escala social: desde emperadores, reyes y duques hasta pastores y empleadas domésticas.

San Ladislao, rey de Hungría, pertenece al número de los que practicaron en el trono la virtud en grado heroico, siendo modelo para sus súbditos y para los fieles en general. Era hijo del rey Bela y nieto de un primo hermano del rey San Esteban de Hungría. Nació en 1041 en Polonia, donde su padre se había refugiado para huir de las violencias de Pedro, el Germánico, sucesor de San Esteban. Su madre, hija del duque Miecislao, le dio a él y a su hermano Geza una profunda formación religiosa.

Muerto Pedro, el Germánico, subió al trono de Hungría Andrés, hermano mayor de Bela y tío de Ladislao. Llamándolos nuevamente a la corte, le dio a Bela el título de duque y quiso que sus dos sobrinos fuesen educados en su palacio, en vista de que no tenía herederos. Como ya había ocurrido en Polonia, pronto la corte admiró las virtudes de Ladislao, joven casto, sobrio, humilde, afable con todos y de extrema caridad hacia los pobres.

Ocurrió entonces que al rey Andrés le nació un hijo, Salomón, revocando el acto por el cual había designado a Bela sucesor suyo. Bela no aceptó la medida y se levantó en armas contra su hermano. Herido en combate, Andrés falleció poco después y Bela se proclamó rey. Esto chocó enormemente a Ladislao, no sólo porque su padre era responsable directo por la muerte del tío, sino también porque juzgaba que el derecho a la sucesión le pertenecía a Salomón. Cuando su padre falleció, trabajó para que Salomón le sucediera.

Ya en el trono, Salomón se mostró cruel y sanguinario, siendo depuesto por Geza, quien fue proclamado rey. Pero este falleció tres años después, sin dejar sucesor directo. Entonces, los prelados, la nobleza y los magistrados de las principales ciudades de Hungría, por unanimidad, escogieron a su hermano Ladislao para sucederlo. No obstante, él se negaba a aceptar la corona en detrimento de Salomón, que aún estaba vivo, por considerarlo legítimo heredero del trono. Así, las autoridades le demostraron que la sucesión en el país no era hereditaria, sino electiva, por lo cual tenían el derecho de escoger a quien juzgaran más apto para gobernar. Ante lo cual tuvo que aceptar, pero no quiso ser coronado ni usar diadema mientras Salomón viviera.

Escenas de la coronación de San Ladislao – Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma

Reinando por Nuestro Señor Jesucristo

Este príncipe verdaderamente cristiano quiso hacer reinar a Jesucristo en sus estados. Su primera providencia fue restituir a la religión su primitivo esplendor, empeñándose también para extinguir los últimos restos de paganismo en el país y hacer que en él reine la paz de Cristo. Para progreso y esplendor de la verdadera religión, se dedicó a reformar las iglesias deterioradas y a construir nuevas. Entre ellas edificó la célebre basílica de Nuestra Señora de Oradea, que se convirtió en un magnífico monumento de piedad mariana y de alabanza a la Virgen Madre de Dios, de quien era fiel devoto.

Notable por su bondad, justicia y caridad, Ladislao se constituyó en el sustentáculo de los huérfanos, de los infelices y de todos los afligidos. Mostraba en sus juicios tanta suavidad y deseo de ayudar, que era visto más como un padre que acomodaba las diferencias de los hijos que como juez.

En su palacio no se oían imprecaciones, blasfemias ni palabras deshonestas. Los ayunos eclesiásticos eran observados rigurosamente. Cada uno procuraba ser tan eximio en su comportamiento, que se diría haber alcanzado la perfección en un palacio real.

Ladislao convocó y presidió una asamblea entre los prelados y la nobleza, sometiendo a su deliberación una serie de ordenanzas de acuerdo con las peculiaridades de su pueblo y la ley divina. Tales ordenanzas fueron muy eficaces, pero el ejemplo del rey era aún más estimulante que cualquier ley para mantener los súbditos en sus deberes y en la ejemplaridad de vida. Sólo ordenaba aquello que él era el primero en cumplir, y siendo el más fiel cumplidor de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, se convirtió en una ley viva, que señalaba a cada uno el propio deber.

Relicario de San Ladislao

Se propone abdicar a favor de su primo

Ladislao hizo de todo para conquistar para Dios a su primo Salomón. Le concedió una pensión principesca para que viviera de acuerdo con su nacimiento, y envió varias veces altos prelados y hombres de Estado para intentar aplacarlo. Ofreció hasta entregarle el trono, si él cambiaba de vida. Salomón respondió con traiciones y amenazas contra la vida del santo, llegando a conjurarse con los hunos para atacar el país. Derrotado, fue encarcelado en una plaza fuerte.

Pero no por mucho tiempo. Cuando Ladislao quiso trasladar los restos de San Esteban a un lugar más digno y mandó exhumarlos, los obreros no consiguieron abrir la tumba, por más que lo intentaron. Una santa religiosa declaró entonces al rey que, según una manifestación divina, la causa de aquella dificultad era su excesiva severidad contra Salomón, que había disgustado grandemente al Señor. Él acató con humilde simplicidad la determinación divina y mandó liberar al prisionero, devolviéndole todos sus bienes.

Salomón se empeñó después en varias guerras contra príncipes vecinos, fue derrotado y forzado a huir a una espesa floresta, de la cual no reapareció. Historiadores dicen que, en el aislamiento, él finalmente se arrepintió de sus desmanes. Y, para hacer penitencia, pasó varios años como solitario en la floresta, donde murió santamente, siendo enterrado en Pola, ciudad de Istria. Ese feliz resultado sería debido en gran parte a las oraciones de San Ladislao, que no dejaba de rezar por él.

Valiente en la batalla, magnánimo en la victoria

Aunque fuese de índole pacífica —y tal vez a causa de ello—, Ladislao tuvo que hacer frente a varios enemigos que intentaban despojarle de su trono. Buscaba resolver los litigios por medios pacíficos, pero cuando estos no surtían efecto, salía intrépidamente al frente de sus tropas. Así, venció a los polacos, tomándoles de paso Cracovia, su capital; expulsó a los bárbaros de Dalmacia y a los hunos, que asolaban Hungría, obligándolos a pedir la paz. Conquistó también parte de Bulgaria y de Rusia.

De estatura elevada y majestosa, en las guerras él era el primero a caballo. A la cabeza del ejército, cumplía las funciones del más intrépido capitán y bravo soldado. En aquellos tiempos caballerescos, para ahorrar vidas humanas, él desafiaba a los generales de los ejércitos enemigos para combates singulares, en los cuales salía siempre vencedor.

Antes de emprender cualquier expedición, ordenaba oraciones públicas y tres días de ayuno para el buen éxito de la empresa. De su parte, se preparaba también con el ayuno y la recepción de los sacramentos, para que el Señor de los Ejércitos le fuese propicio. Era tan valiente en el campo de batalla como magnánimo en la victoria.

Representación de la muerte y entierro de San Ladislao – Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma

Libertar Tierra Santa del islamismo

Lo que sobre todo ansiaba este valiente rey era conducir un ejército contra los infieles, para reconquistar Tierra Santa. Así, cuando el bienaventurado Papa Urbano II predicó la Cruzada, quiso ser de los primeros soldados de la cruz. Y cuando los reyes de Francia, Alemania e Inglaterra —que también harían parte de la expedición— pidieron a Ladislao que comandase la armada, aceptó muy contento y se preparó para la tarea. Pero los planes de Dios eran otros. Hubo una insurrección entre los bohemios, y él fue forzado a pacificarlos. Cayó gravemente enfermo, y entendió que sus días estaban contados.

Habiendo recibido con fe y alegría todos los socorros que la Santa Madre Iglesia tiene para sus hijos en trance de muerte, entregó su bella alma a Dios el día 30 de julio de 1095.

No hubo en Hungría monarca más llorado que él. Todos consideraban los dieciocho años de su reinado como una bendición del cielo. Durante tres días la nación entera llevó luto por su rey, privándose de cualquier entretenimiento. Sus restos mortales fueron llevados en cortejo hasta la iglesia de Nuestra Señora. Según los cronistas, fue más un triunfo que una pompa fúnebre.

Fueron tantos los milagros realizados por su intercesión, que el Papa Celestino III lo elevó a la honra de los altares el año 1192. El culto a San Ladislao es muy popular en Hungría, donde es llamado San Laszlo. Es el patrono de gran número de iglesias, y su nombre es dado a los recién nacidos con mucha frecuencia, tanto allí como en Polonia. Acostumbra ser representado a caballo, con un sable en una de sus manos y el rosario en la otra, pues era este el modo como comandaba las batallas. 

Obras consultadas.-

  • P. Juan Croiset S.J., San Ladislao, Rey de Hungría, in Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, t. II, p. 963 y s.
  • Les Petits Bollandistes, Saint Ladislas, roi de Hongrie, in Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VII, p. 395 y s.
  • Edelvives, San Ladislao I, in El Santo de cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, p. 583 y s.


  




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