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«Tesoros de la Fe» Nº 24 > Tema “El Símbolo de los Apóstoles”

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Octavo artículo del Credo

Creo en el Espíritu Santo


La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, Duccio de Buoninsegna, 1308-11 — Museo de la Obra de la Catedral, Siena


El Padre ama necesaria e infinitamente al Hijo, y el Hijo ama con esta misma intensidad al Padre, y el Padre y el Hijo amándose necesariamente sin poder dejar de amarse con este amor infinito, producen un término eterno de su amor, llamado Espíritu Santo, Espíritu Paráclito, la tercera Persona, distinta realmente de las dos primeras; pero inseparable de ellas, eterno, infinito, Dios como el Padre y el Hijo, de quienes procede por cierta espiración de la voluntad o del amor, de donde toma el nombre de Espíritu Santo (Pbro. D. Eulogio Horcajo Monte, «El Cristiano Instruido en su Ley», Madrid, 1891, p. 40-41).


El octavo artículo del Credo nos enseña que existe el Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, que es Dios eterno, infinito, omnipotente, Criador y Señor de todas las cosas, como el Padre y el Hijo.

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, por vía de voluntad y de amor, como de un sólo principio.

Se dice que todas las tres Personas son eternas porque el Padre desde toda la eternidad engendra al Hijo, y del Padre y del Hijo procede desde toda la eternidad el Espíritu Santo.

La tercera Persona de la Santísima Trinidad se llama particularmente con el nombre de Espíritu Santo porque procede del Padre y del Hijo por vía de espiración y de amor.

Al Espíritu Santo se atribuye especialmente la santificación de las almas [aunque] todas las tres Personas nos santifican igualmente.

La santificación de las almas se atribuye en particular al Espíritu Santo porque es obra de amor, y las obras de amor se atribuyen al Espíritu Santo.

Pentecostés

El Espíritu Santo bajó sobre los Apóstoles el día de Pentecostés; es decir, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo y diez después de su Ascensión.

Los Apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo en compañía de la Virgen María y de otros discípulos, y perseveraban en oración esperando al Espíritu Santo que Jesucristo les había pro metido.

El Espíritu Santo confirmó en la fe a los Apóstoles, los llenó de luz, de fortaleza, de caridad y de la abundancia de todos sus dones. Fue enviado para toda la Iglesia y para todas las almas fieles.

El Espíritu Santo, como el alma en el cuerpo, vivifica con su gracia y dones a la Iglesia, establece en ella el reinado de la verdad y del amor y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino del cielo (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 22-23).     





  




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