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«Tesoros de la Fe» Nº 175 > Tema “Esplendores de la Cristiandad”

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La fuerza y la belleza de una ruina

GABRIEL J. WILSON

Enriquecido a las puertas de París por las verdes aguas de su principal afluente oriundo del este, el río Marne, el Sena serpentea perezosamente a partir de la capital francesa rumbo al mar, pasando por la bella y vetusta capital de Normandía: Rouen, fundada en el siglo II. En ese trecho final, sus imponentes acantilados de un blanco calcáreo forman un verdadero paredón junto a su margen derecha, dando abrigo a numerosas habitaciones llamadas “trogloditas” como las denominan los franceses modernos. Muchos hacen allí sus cavas, depósitos, moradas y hasta iglesias.

¡Normandía! Una de las más bellas y típicas regiones de Francia, con sus lindas cabañas de vigas simuladas, cubiertas de colmo (paja de trigo o centeno). Su población risueña y amable, como era la normanda santa Teresita del Niño Jesús, no parece reportar su origen a los terribles vikingos venidos del norte, especialmente de Noruega y de Dinamarca.

Sin embargo, así lo fue.

Una inmersión en la historia

Típica casa normanda

Francia, como se sabe, proviene de la antigua Galia, dominada por los romanos 50 años antes de Cristo. Más adelante, los francos, oriundos de Germania, se establecieron al norte de la Lutecia romana para conquistar el corazón de lo que sería más tarde su reino. La conversión de Clodoveo, el año 496, fue de algún modo para los francos lo que la conversión de Constantino representó para el Imperio Romano el 313.

Cristianizada a partir del siglo II, Rouen y su región fueron ocupadas por Clodoveo el 497. Los primeros monasterios allí fundados datan del siglo VI.

A mediados del siglo VII, durante la época merovingia, el rey Dagoberto tuvo como canciller a Audeno, unido por estrecha amistad a Filiberto y Vandregisilo. Los tres amigos fueron canonizados por la Iglesia, en una época en que se tomaba en serio la santidad… San Audeno ( Ouen , en francés) fue después obispo de Rouen y fundó en esa ciudad la célebre abadía que aún hoy lleva su nombre. Vandregisilo ( Wandrille ) fundó la abadía de Fontenelle el 649, hoy llamada de san Wandrille, también al lado del Sena. Poco después, el 654, san Filiberto erigió la abadía de Jumièges, situada entre las dos anteriores, a la margen derecha de la tercera curva del Sena después de Rouen, a poco más de 20 kilómetros de esa capital. Luego de la muerte del fundador, el 685, la abadía fue diezmada por una epidemia que habría quitado la vida a más de 400 monjes.

Vista actual de las ruinas de la abadía de Jumièges

No obstante, como Fontenelle, Jumièges tuvo un rápido desarrollo. Un documento1 registra 114 monjes el 826. Otras fuentes, menos confiables, hablan de 900 monjes en el siglo anterior. Favorecida por donaciones de reyes y grandes señores, la abadía de Jumièges se hizo conocida por su generosidad con relación a los necesitados y a los peregrinos.

Pero su historia aun estaba apenas comenzando. En efecto, desde el siglo II las costas del canal de La Mancha venían siendo regularmente invadidas por los audaces guerreros vikingos, oriundos de Escandinavia. A principios del siglo IX, los hombres venidos del norte —de ahí el nombre de normandos— regresaron para quedarse. El año 841, penetrando por el valle del Sena, incendiaron Rouen y Jumièges, y llegaron a sitiar París (855).

La paz se obtuvo por un tratado a través del cual el rey de los francos confería al jefe vikingo Rollón el título de duque de Normandía. El rey Carlos III, el simple , les cedió tierras en 911 y 924. El rey Raúl cedió otro tanto el 933. Así los normandos, pacificados, permitieron el regreso de los monjes a sus monasterios. Cuando el segundo duque de Normandía, Guillermo, espada larga , durante una cacería se deparó con las ruinas de Jumièges, decidió hacer reconstruir la abadía. Y le pidió a su hermana, casada con el conde de Poitiers, que consiguiera monjes para habitarla. Con el apoyo del duque, los monjes pudieron así reconstruir Jumièges. Esto ocurrió alrededor del año 940.

Acantilados de Étretat, Alta Normandía

Con el asesinato del duque Guillermo el 942, Normandía sufrió nuevas convulsiones. El gobernador de Rouen, Raúl Torta, mandó entonces destruir la abadía para utilizar sus piedras en la reparación de una fortaleza. Pero un nuevo aliento llegó alrededor del año mil, cuando el duque Ricardo II mandó venir de la abadía de Cluny al monje Guillermo de Volpiano, cuyo discípulo Thierry se convirtió en abad de Jumièges, con autoridad también sobre las abadías de Bernay y del monte St-Michel. Él decidió reconstruir y restaurar la iglesia abacial de Notre Dame. Pero la obra sólo pudo ser concluida por su sucesor, Roberto Champart, el 1040.

Tierra de conquistadores

Al margen de la historia de la abadía, corría la historia de Normandía. El año 1066, Guillermo, llamado el bastardo , conquistó Inglaterra. Por ello es conocido como Guillermo el conquistador , dando así a gran parte de la nobleza inglesa un origen normando. Más adelante, algunos de sus descendientes se harían ilustres en las Cruzadas, como Ricardo Corazón de León.

Otro normando igualmente conquistador fue Roberto de Hauteville, dicho Roberto Guiscard, que organizó una expedición a Italia meridional para arrebatar todo el sur de la península a los bizantinos y Sicilia a los musulmanes sarracenos.

Así, las espadas de antiguos bárbaros sirvieron a la Cristiandad contra los infieles.

“Dios escribe derecho sobre líneas torcidas“, dice un adagio. Es exactamente el caso. Un pueblo bárbaro se civilizó y se hizo ilustre.

La milenaria abadía de Nuestra Señora de Jumièges sólo fue destruida en 1790, más de mil años después de su fundación, por el odio de los secuaces de la Revolución Francesa.

Sus piedras fueron puestas a la venta como si se tratara de una cantera. Al visitar en 1835 los restos de este antiguo monumento, Victor Hugo quedó impresionado por su belleza. A su vez, el historiador Robert de Lasteyrie du Saillant la consideró una de las más admirables ruinas existentes en Francia. Aún en nuestros días, ellas atraen a miles de visitantes.

La vida monástica

Vida monástica en una abadía benedictina (Silos)

¿Cómo puede una ruina causar tanta impresión en los espíritus? En Jumièges vivieron almas que abrazaron el sufrimiento y el anonimato por amor a Dios. Allí practicaron la humildad en la oración, en el estudio y en el trabajo.

La Regla de San Benito considera al ocio como enemigo del alma. Por eso ella establece que los monjes deben alternar, en horas fijas, oración, lectura espiritual y trabajos manuales.

“Ora et labora” es el lema de la Orden. Así, además del canto del Oficio y otras oraciones en común, una parte del día benedictino está consagrado al trabajo manual; sin el cual la comunidad no podría subsistir. Cada monasterio debe abastecerse a sí mismo, a fin de conservar la libertad para la práctica de la Regla y de la virtud. También el indispensable trabajo intelectual, sin el cual los monjes no podrían cultivar la propia alma. Por eso, muchos de ellos pasaban gran parte de su tiempo leyendo y copiando manuscritos. Esto explica por qué los monasterios se convirtieron en centros de vida intelectual y focos de santidad, además de formar a verdaderos artistas en la reproducción e ilustración de manuscritos.

El enemigo por excelencia de todo orden, de todo esplendor, de toda armonía, de toda desigualdad y, en consecuencia, de toda variedad entre los seres de la Creación, es el que Plinio Corrêa de Oliveira designó con el nombre de Revolución. 2

Donde hay amor a las desigualdades armónicas y proporcionadas hay orden. Donde existe orden hay amor de Dios, porque Él es el Autor de todas las desigualdades proporcionadas y rectas. Los normandos amaron las desigualdades y el orden nacido de la Europa medieval, por ello comprendieron la grandeza de la religión cristiana, o sea, la católica, apostólica y romana.

También por ello la Revolución Francesa, en todas sus facetas y formas, fue el enemigo más dañino para la Cristiandad en lo que concierne al orden temporal. Como lo es en nuestros días el llamado progresismo con relación a la verdadera religión católica, enemigo de todas las sanas desigualdades y, por tanto, del propio Dios.

Exterior de la abadía de Jumièges

Y cuando se ama a Dios de espada en mano como lo hizo santa Juana de Arco o de rosario en mano como tantos santos, se comprende el valor de la lucha. Cuando se ama a Dios al punto de dar la vida por Él, el alma emite, por así decir, un perfume propio que a todos conquista. Solo un alma que supo luchar y sufrir, como la de santa Teresita, puede conquistar a otras almas para la verdadera Iglesia, hoy devastada por los más abominables enemigos internos de todos los tiempos.

En el contexto de Francia —y de la Francia revolucionaria de hoy—, Normandía es un jardín, en el cual se destaca una flor: santa Teresita del Niño Jesús… Al representar el papel de santa Juana de Arco, ella evocaba a una insigne batalladora de espada en mano contra los infieles. Pero, sobre todo, ella fue la continuadora de los monjes contemplativos de Jumièges, ¡conquistadores de almas y de héroes!

Notas.

1 . Livre de confraternité , de la abadía de Reicheneau, a la cual la abadía de Jumièges estaba vinculada por una comunidad de oraciones.

2 . Revolución y Contra Revolución , Tradición y Acción, Lima, 2005.



  




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