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«Tesoros de la Fe» Nº 177 > Tema “Deberes y obligaciones del cristiano”

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Islam, control de la natalidad y paternidad responsable

Monseñor JOSÉ LUIS VILLAC

PREGUNTA

Quisiera presentarle la siguiente cuestión: mientras que los matrimonios europeos tienen poquísimos hijos, los islámicos los tienen en gran cantidad. Así, en poco tiempo ellos serán mayoría en Europa ¡Qué desastre! ¿No acarrea esta situación obligaciones morales adicionales para los matrimonios católicos?.

RESPUESTA

El tema propuesto no podía ser más actual y oportuno, no solo para Europa, sino para todos los países de mayoría cristiana, especialmente los del mundo desarrollado, donde las tasas de fertilidad por mujer en edad fértil se encuentran por debajo del mínimo necesario para que el número de habitantes no disminuya, con el consecuente envejecimiento de la población.

En la década de 1960, basándose en informes alarmistas e infundados, se propagó la falacia malthusiana de la “explosión demográfica”, es decir, que la población estaba creciendo más que la producción de alimentos, haciéndose indispensable reducir drásticamente el crecimiento poblacional.

La presión mediática y política a favor de una reducción de las tasas de natalidad llegó a influir incluso en jerarcas de la propia Iglesia Católica, a tal punto que en el Concilio Vaticano II uno de los presidentes de la asamblea conciliar, el cardenal Léon-Joseph Suenens, dijo que cabía a la Iglesia “responder al enorme problema creado por la explosión demográfica y la superpoblación en muchas regiones de la tierra” .

Sugería el cardenal que la comisión vaticana encargada de estudiar la licitud de la píldora anticonceptiva debía colocarse “en la línea del progreso científico” , concluyendo en tono dramático: “Sigamos el progreso de la ciencia. Les ruego, mis hermanos obispos, no permitamos un nuevo caso Galileo. Uno es suficiente para la Iglesia” . No sorprende pues, que el cardenal Suenens —conocido como un progresista radical— haya sido más tarde uno de los principales opositores de la encíclica Humanae vitae , en la cual el Papa Paulo VI reiteró la enseñanza multisecular de la Iglesia condenando los métodos artificiales de anticoncepción.

Complicidad pecaminosa y envejecimiento de la población

Ni la “revolución verde”, con el consiguiente aumento exponencial de alimentos, ni la publicación de la encíclica Humanae vitae consiguieron, sin embargo, frenar la propaganda a favor de una drástica reducción de la natalidad, que se justificaba en nombre de la preservación del medio ambiente y del deseo de mayor autonomía y felicidad de los cónyuges. Con la complicidad de confesores y de episcopados enteros, millones de mujeres católicas comenzaron o continuaron con el uso de la píldora anticonceptiva a fin de evitar el embarazo.

Paradójicamente, los mismos defensores de la Humanae vitae contribuyeron involuntariamente a la difusión de la mentalidad contraceptiva, al insistir en el hecho de que aquello que la encíclica prohibía, no era el control de la natalidad sino el uso de un método artificial inmoral, cuando en realidad los cónyuges podían obtener el mismo resultado por medio de métodos naturales de planificación familiar. En muchas diócesis dirigidas por obispos conservadores favorables a la Humanae vitae , llegó a ocurrir que los cursos de preparación matrimonial se transformaron en clases sobre planificación natural de la familia, contribuyendo a fortalecer la idea de que la “paternidad responsable” consiste en tener pocos hijos.

En suma, hubo una caída dramática de la natalidad en los países europeos de tradición católica, siendo Portugal el infeliz campeón de esa carrera rumbo al despoblamiento, con una disminución de 3,20 a 1,33 hijos por mujer en edad fértil, entre los años 1960 y 2014; mientras que la tasa mínima para reponer la población de un país es de 2,1.

Se dice que la naturaleza nunca perdona. Los efectos catastróficos de la caída de la natalidad empiezan a sentirse ahora con el envejecimiento de la población, el colapso de los sistemas de seguridad social, la presión migratoria hacia los países más desarrollados donde faltan brazos jóvenes, etc. Lo que, a su vez, replantea el problema moral del verdadero concepto de la “paternidad responsable”, que no consiste en evitar los hijos sino en tenerlos numerosos.

Mientras la población de Europa envejece...

“Del Creador proviene la institución del matrimonio”

Cabe inicialmente recordar que el matrimonio no se reduce a un contrato privado entre un hombre y una mujer que se aman y quieren vivir juntos. Es una institución basada en la Ley natural, un acto público verdadero y real que da origen a una institución, que es a su vez la célula-mater de la sociedad: la familia. “En efecto, el matrimonio no es un acontecimiento que afecte solamente a quien se casa. Es por su misma naturaleza un hecho también social que compromete a los esposos ante la sociedad” (Juan Pablo II, Familiaris consortio , n.º 68).

Más aún, como recuerda Pío XI en la encíclica Casti connubii , “Hállase, por lo tanto, constituido el sagrado consorcio del legítimo matrimonio por la voluntad divina a la vez que por la humana: de Dios provienen la institución, los fines, las leyes, los bienes del matrimonio” , el primero de los cuales es precisamente la progenitura: “La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio” , enseña Pío XI en la misma encíclica y añade: “Y por cierto que el mismo Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: Creced y multiplicaos y llenad la tierra” .

Tanto más cuanto que el matrimonio tiene como fin primario no apenas engendrar nuevos ciudadanos para la sociedad, sino elegidos para el cielo: “Precisamente en esta función suya como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a la nueva criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos «a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más»” (Juan Pablo II, Evangelium Vitae , nº 43).

Por tal motivo Jesucristo lo elevó a la dignidad de sacramento —otorgándole medios espirituales sobrenaturales adecuados para tal fin—, incluyéndolo así en el plan de salvación. Todo lo cual redunda en una mayor responsabilidad para los cónyuges, “Pues, en primer lugar, se asignó a la sociedad conyugal una finalidad más noble y más excelsa que antes, porque se determinó que era misión suya no sólo la propagación del género humano, sino también la de engendrar la prole de la Iglesia, conciudadanos de los santos y domésticos de Dios (Ef 2, 19), esto es, la procreación y educación del pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador” (León XIII, Arcanum Divinae Sapinetiae , nº 8).

El verdadero sentido de la vida conyugal

Resulta evidente, por tanto, cómo la verdadera y principal responsabilidad de un matrimonio consiste en tener hijos, no en evitarlos: “Esta paternidad o maternidad, es llamada «responsable» en los recientes documentos de la Iglesia, para subrayar la actitud consciente y generosa de los esposos en su misión de transmitir la vida, que tiene en sí un valor de eternidad, y para evocar una vez más su papel de educadores” declara el Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal , preparado por el Pontificio Consejo para la Familia y firmado por su entonces presidente, el cardenal Alfonso López Trujillo.

En vista de todo esto, se explica que Pío XII, en un discurso dirigido a la Federación Nacional Italiana de Asociaciones de Familias Numerosas, haya dicho: “Entre las aberraciones más peligrosas y dañinas de la paganizante sociedad moderna debe contarse la opinión de algunos que se atreven a definir la fecundidad de los matrimonios como una «enfermedad social», de la que las naciones, que por ella se ven afectadas, deberían esforzarse por sanar con todos los medios” (discurso Tra le visite , 20-01-1958).

Muy al contrario, las familias numerosas constituyen una gran riqueza para las naciones y, en particular, para la Iglesia, por cuanto constituyen un vivero de vocaciones sacerdotales y religiosas.

Así, por más que sea lícito limitar el uso del matrimonio a los periodos de esterilidad natural de la mujer, es necesario que los motivos para tal sean graves y proporcionados. Pues como enseñó Pío XII, “El contrato matrimonial, que confiere a los esposos el derecho de satisfacer la inclinación de la naturaleza, les constituye en un estado de vida, el estado matrimonial; ahora bien, a los cónyuges que hacen uso de él con el acto específico de su estado, la naturaleza y el Creador les imponen la función de proveer a la conservación del género humano. Esta es la prestación característica que constituye el valor propio de su estado, el «bonum prolis». El individuo y la sociedad, el pueblo y el Estado, la Iglesia misma, dependen para su existencia, en el orden establecido por Dios, del matrimonio fecundo. Por lo tanto, abrazar el estado matrimonial, usar continuamente de la facultad que le es propia y sólo en él es lícita, y, por otra parte, substraerse siempre y deliberadamente sin un grave motivo a su deber primario, sería pecar contra el sentido mismo de la vida conyugal” (discurso al Congreso de la Unión Católica Italiana de Obstetras, 29-10-1951).

...familias enteras buscan refugio en el Viejo Continente

¿Conquistará el Islam a Europa con la “guerra de las cunas”?

Comprendía Pío XII que, en la vida matrimonial, aún cuando no estuviere de por medio una cuestión de pecado grave, la consciencia bien formada impone a menudo la alternativa “heroísmo o pecado”. Ya decía él en un discurso dirigido a matrimonios jóvenes el 6 de diciembre de 1939: “Los deberes de la castidad conyugal, ya los conocéis. Exigen una valentía real, a veces heroica, y una confianza filial en la Providencia; pero la gracia del Sacramento se os ha dado precisamente para hacer frente a estos deberes” .

Se comprende, entonces, que el comentario hecho por el Papa Francisco en el vuelo que lo llevaba de regreso de las Filipinas haya causado extrañeza a los heroicos padres de familias numerosas: “Algunos creen que para ser buenos católicos —perdonadme la palabra— debemos ser como conejos. No: paternidad responsable” , afirmó. Pocos días después, durante una homilía en la residencia Santa Marta, el Papa se sintió obligado a rectificar tal afirmación criticando a “estos matrimonios que no quieren hijos, que quieren permanecer sin fecundidad. Esta cultura del bienestar de hace diez años nos ha convencido: ‘¡Es mejor no tener hijos! ¡Es mejor! Así tú puedes ir de vacaciones a conocer el mundo, puedes tener una casa en el campo, tú estás tranquilo’” .

Añadiendo, en un discurso pronunciado poco después a la Asociación Nacional de Familias Numerosas de Italia: “Cada familia es célula de la sociedad, pero la familia numerosa es una célula más rica, más vital, y el Estado tiene todo el interés de invertir en ella”. Y resaltó uno de los aspectos de ese beneficio: “los hijos y las hijas de una familia numerosa son más capaces de la comunión fraterna desde la primera infancia. En un mundo marcado a menudo por el egoísmo, la familia numerosa es una escuela de solidaridad y de convivencia; y estas actitudes luego van en beneficio de toda la sociedad” .

Sin embargo, el mayor grado de ese beneficio es generar un pueblo “para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador” (León XIII, Arcanum Divinae Sapinetiae , nº 8).

Cabe recordarlo, antes que el Islam gane en Europa la “guerra de las cunas”…

 



  




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Nº 222 / Junio de 2020

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7 de junio

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+ . En el siglo XIII, una admirable mística flamenca, Santa Juliana de Mont Cornillon, religiosa en Lieja, actual Bélgica, tuvo repetidas visiones de una luna brillante en la cual una franja que la dividía en dos permanecía misteriosamente a oscuras. Nuestro Señor le reveló más tarde que la luna simbolizaba el calendario de fiestas de la Iglesia y que la parte a oscuras se debía a la falta de una fiesta específica para honrar su Presencia Real en el Santísimo Sacramento.

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San Antonio María Gianelli, Obispo y Confesor.

+1846 Italia. Hijo de agricultores, se dedicó a la predicación, fundando para auxiliarlo en ese ministerio los Institutos de las Hijas de María Santísima del Huerto, de los Misioneros de San Alfonso de Ligorio y de los Oblatos de San Alfonso. Obispo de Bobbio, fue un verdadero misionero para sus diocesanos.








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