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«Tesoros de la Fe» Nº 177

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Las apariciones del Ángel de la Paz apremiante llamado a la seriedad

ANTONIO AUGUSTO BORELLI MACHADO

Antes de las apariciones de la Santísima Virgen en 1917, Lucía, Francisco y Jacinta (Lucía Rosa de Jesús dos Santos, y sus primos Francisco y Jacinta Marto, todos residentes en la aldea de Aljustrel, parroquia de Fátima) tuvieron tres visiones del Ángel de Portugal, o de la Paz.

Primera Aparición del Ángel

La primera aparición del ángel tuvo lugar en la primavera (marzo-junio) o en el verano (junio-setiembre) de 1916, en una gruta del outeiro do Cabeço, cerca de Aljustrel, y se desarrolló de la siguiente manera, conforme narra la Hna. Lucía:

Jacinta, Lucía y Francisco, el 13 de julio de 1917

“Habíamos jugado unos momentos cuando un viento fuerte sacude los árboles y nos hace levantar la vista para ver qué pasaba, pues el día estaba sereno. Entonces, comenzamos a ver, a cierta distancia, sobre los árboles que se extendían en dirección al este, una luz más blanca que la nieve, con la forma de un joven transparente más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol.

A medida que se aproximaba fuimos distinguiendo sus facciones: era un joven de unos catorce a quince años, de una gran belleza. Estábamos sorprendidos y absortos; no decíamos ni una palabra.

Al llegar junto a nosotros nos dijo:

—‘No temáis, soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo’.

Y arrodillado en tierra, inclinó su frente hasta el suelo.

Llevados por un movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar:

—‘Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman’.

Después de repetir esto tres veces se irguió y dijo:

—‘Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas’. Y desapareció.

La atmósfera sobrenatural que nos rodeaba era tan intensa, que casi no nos dimos cuenta de nuestra propia existencia durante bastante tiempo y permanecimos en la posición en que nos había dejado repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan intensa y tan íntima que ni entre nosotros nos atrevíamos a hablar. Al día siguiente todavía sentíamos nuestro espíritu envuelto por esa atmósfera, que sólo muy lentamente desapareció.

Ninguno pensó en hablar de esta aparición ni en recomendar secreto. Se imponía por sí solo. Era tan íntima, que no era fácil decir sobre ella la menor palabra. Quizá nos hizo tan fuerte impresión por ser la primera en que así se manifestaba” .

Una intensa atmósfera sobrenatural

La hermana Lucía destaca la “atmósfera sobrenatural” que los rodeaba, así como “la presencia de Dios” que sentían “tan intensa y tan íntima que ni entre nosotros nos atrevíamos a hablar” . Vivían los tres niños con la despreocupación propia de la edad, pero el ángel —cumpliendo la misión que Dios le había encomendado— los llama en la más tierna infancia a dirigir sus súplicas a Dios, pidiendo “perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman” .

El ángel, por lo tanto, desvenda a los ojos de los videntes el problema fundamental de nuestra época, que es la existencia de tan extensos sectores de la humanidad que no creen, no adoran, no esperan y no aman a Dios.

Cuando vemos que los grandes de este mundo, al intentar solucionar los problemas de nuestra época, sugieren otras medidas que no sean la restauración de la fe en Dios —en el legítimo Dios que solo la Iglesia Católica nos presenta— podemos de inicio afirmar que ¡sus esfuerzos serán vanos y no resolverán problema alguno! A lo mucho aplicarán paliativos que no llegan a la raíz del problema.

Es muy importante, pues, corregir nuestra visualización de los problemas del mundo moderno, para que no perdamos tiempo con soluciones vanas y engañosas.

Esta es una visión seria de la situación en que nos encontramos, a la que el ángel invita a los tres niños desde el primer encuentro.

Segunda Aparición del Ángel

La segunda aparición ocurrió en el verano (junio-setiembre) de 1916, sobre el pozo de la casa de los padres de Lucía, junto al cual jugaban los niños. Así narra la Hna. Lucía lo que entonces les dijo el ángel a ella y a sus primos:

—“‘¿Qué hacéis? Rezad, rezad mucho. Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios’.

—‘¿Cómo nos tenemos que sacrificar?’, pregunté.

—‘De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra patria. Yo soy su ángel de la guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe’.

Y desapareció. Estas palabras del ángel se grabaron en nuestro espíritu como una luz que nos hacía comprender quién era Dios, cómo nos amaba y quería ser amado; el valor del sacrificio y cómo le era agradable; y cómo, en atención a él, convertía a los pecadores” .

Ofrecer a Dios un sacrificio de reparación

Después de haber convocado a los tres videntes para la oración (primera aparición), el ángel introduce ahora la noción y el valor del sacrificio para la conversión de los pecadores.

En esta segunda aparición, el ángel interrumpe el juego de los niños con una advertencia: “¿Qué hacéis?” . El llamado a la seriedad es evidente.

Cuántos pedagogos de nuestros días considerarían esto un absurdo, contrario a los principios más elementales de la pedagogía infantil, por ellos defendidos. Probablemente, muchos de estos “pedagogos” no ven nada de malo en que niños de esa edad se estén enviciando frente a un televisor. ¡Pero protestarían con vehemencia ante el “intempestivo” llamado del ángel a la seriedad!… ¡A niños en tan tierna edad!

Sin embargo, eso mismo fue lo que hizo el ángel. Sería superfluo decir que nos quedamos con la posición del ángel y no con la de esos pseudo pedagogos.

No obstante, el ángel va más lejos: le pide a los tiernos pastorcitos que abandonen el juego y los anima a una vida de permanente holocausto: “De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores… Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe” .

Es forzoso reconocer que si fuimos habituados a sonreír y carcajear de todo, ante estas palabras la sonrisa desaparece de nuestro rostro. ¡Nos ponemos serios! Tal es la invitación del ángel a los niños. Y, evidentemente, a nosotros también.

Por eso, la Hna. Lucía concluye: “Estas palabras del ángel se grabaron en nuestro espíritu como una luz que nos hacía comprender quién era Dios, cómo nos amaba y quería ser amado; el valor del sacrificio y cómo le era agradable; y cómo, en atención a él, convertía a los pecadores” .

Tercera Aparición del Ángel

La tercera aparición ocurrió al final del verano o principio del otoño (setiembre) de 1916, nuevamente en la gruta del Cabeço y, siempre de acuerdo con la descripción de la Hna. Lucía, transcurrió del modo siguiente:

“En cuanto llegamos allí, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del ángel: ‘Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo…’ No sé cuantas veces habíamos repetido esta oración cuando advertimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos incorporamos para ver lo que pasaba y vemos al ángel trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual está suspendida una hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración:

—‘Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo: yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores’.

Después se levantó, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la hostia, y me dio la hostia a mí. Lo que contenía el cáliz se lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo:

—‘Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios’.

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: —‘Santísima Trinidad…’— Y desapareció.

Llevados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al ángel en todo, es decir, nos postrábamos como él y repetíamos las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa, que nos absorbía y aniquilaba casi por completo. Parecía como si nos hubiera quitado por un largo espacio de tiempo el uso de nuestros sentidos corporales. En esos días, hasta las acciones más materiales las hacíamos como llevados por esa misma fuerza sobrenatural que nos empujaba. La paz y felicidad que sentíamos era grande, pero sólo interior; el alma estaba completamente concentrada en Dios. Y al mismo tiempo el abatimiento físico que sentíamos era también fuerte.

No sé por qué las apariciones de Nuestra Señora producían en nosotros efectos muy diferentes. La misma alegría íntima y la misma paz y felicidad, pero en vez del abatimiento físico, sentíamos una cierta agilidad expansiva; en vez del aniquilamiento ante la divina presencia, era un exultar de alegría; en vez de esa dificultad para hablar, un cierto entusiasmo comunicativo. No obstante, a pesar de todos estos sentimientos, yo sentía la inspiración de callar, sobre todo algunas cosas. En los interrogatorios, esta inspiración interior me indicaba las respuestas que, sin faltar a la verdad, no descubriesen lo que debía por entonces ocultar” .

Reparar los pecados y consolar a Dios

Después de la oración y del sacrificio, el sacramento de la Eucaristía. Se aprecia que el ángel, instruido por Dios, procede con una pedagogía gradual la instrucción y preparación de los videntes para su misión.

Mientras que en la primera aparición les pedía que rezaran por los que “no creen, no adoran, no esperan y no aman a Dios” , dándoles así a entender que había gente que procedía de ese modo, en la segunda aparición da un paso adelante, hablando claramente de los “pecados con que Él [Dios] es ofendido” , y en la necesidad de ofrecer reparación por esos pecados, rezando y haciendo sacrificios “por la conversión de los pecadores” . En la tercera aparición, el ángel usa términos más fuertes y dice que Jesucristo es “horriblemente ultrajado por los hombres ingratos” , siendo pues necesario hacer actos de “reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo [Jesús Sacramentado] es ofendido” . Y termina: “Reparad sus crímenes [de los pecadores] y consolad a vuestro Dios” .

¿Cómo consolar a Dios? Ofreciendo a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, “el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra” , y pidiendo la conversión de los pecadores “por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María” .

¡Ese era el cuadro de la humanidad al comienzo del siglo XX! ¿Qué decir de los inicios del siglo XXI, cuando todo se deterioró enormemente en este lapso de tiempo? Por lo tanto, es un cuadro que nos induce a la seriedad, y a combatir el optimismo fácil y la superficialidad de espíritu. Y tal fue el efecto que produjo en los videntes, conforme lo describe la Hna. Lucía:

“La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa, que nos absorbía y aniquilaba casi por completo. Parecía como si nos hubiera quitado por un largo espacio de tiempo el uso de nuestros sentidos corporales. En esos días, hasta las acciones más materiales las hacíamos como llevados por esa misma fuerza sobrenatural [el ángel] que nos empujaba”.

La Hna. Lucía concluye la narración estableciendo un paralelo entre los efectos producidos por las apariciones del ángel, y los que después sintió luego de las apariciones de la Santísima Virgen:

“Las apariciones de Nuestra Señora producían en nosotros efectos muy diferentes. La misma alegría íntima y la misma paz y felicidad, pero en vez del abatimiento físico, sentíamos una cierta agilidad expansiva; en vez del aniquilamiento ante la divina presencia, era un exultar de alegría; en vez de esa dificultad para hablar, un cierto entusiasmo comunicativo” .

Así, adecuadamente preparados por el ángel, los tres niños estaban en condiciones de corresponder debidamente a los designios que la Madre de Dios tenía con relación a ellos.

Tumba de la Hna. Lucía en el Santuario de Fátima

                                                                                                                                          



  




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