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«Tesoros de la Fe» Nº 178

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Santa Teresa de Lisieux Pionera de la “pequeña vía”

Víctima del amor misericordioso y con alma de cruzado, Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, realizó en pocos años de vida una carrera de gigante

PLINIO MARÍA SOLIMEO

Para un lector superficial de la Historia de un Alma, santa Teresita (1873-1897) fue una “santita” que vivió en un mar de rosas y apenas tuvo la desdicha de perder a su madre a los cuatro años de edad y de morir prematuramente. La iconografía romántica enfatiza esta idea presentándola como una monjita buena, sonrojada y risueña, sosteniendo un crucifijo y un mazo de rosas; una caricatura edulcorada, que más favorece a una piedad falsa y sentimental. Lo cual contrasta totalmente con las fotografías auténticas que de ella poseemos.

Además, una observación atenta de su autobiografía nos la muestra, en las diferentes fases de su vida, no sólo con una madurez por encima de su edad, sino que también denota una santidad seria y profunda desde la infancia.

Ella misma afirma: “Me parece que si una florecilla pudiera hablar, diría simplemente lo que Dios ha hecho por ella, sin tratar de ocultar los regalos que él le ha hecho. No diría, so pretexto de falsa humildad, que es fea y sin perfume, que el sol le ha robado su esplendor y que las tormentas han tronchado su tallo, cuando está íntimamente convencida de todo lo contrario” [10]. Es decir, reconoce sus bellas cualidades y que ellas vienen de Dios.

Intentaremos presentar a continuación algunos aspectos del alma menos conocidos de santa Teresita, siguiendo su Historia de un Alma.1

 “Nacida en tierra santa, impregnada de virginal perfume”

Santa Teresita nació en Alençon, Francia, el 2 de enero de 1873. Sus padres, Luis Martin y Celia Guérin —esposos ejemplares, recientemente canonizados—, dieron una educación esmerada y profundamente religiosa a sus cinco hijas, con las cuales vivían en un ambiente de piedad afectuosa e intensa, sin concesiones, mimos o blanduras.

Al tratar de su familia, Teresita señala que Dios “la hizo nacer en una tierra santa e impregnada toda ella como de un perfume virginal. Él hizo que la precedieran ocho lirios deslumbrantes de blancura” [10]. Es decir, de sus hermanas y hermanos, educados en esta “tierra santa” por padres santos; siendo que las cinco mujeres que sobrevivieron a la infancia serían religiosas.

Verdadero caso de precocidad sobrenatural, Teresita dice: “Dios me concedió la gracia de despertar mi inteligencia en muy temprana edad y de que los recuerdos de mi infancia se grabasen tan profundamente en mi memoria, que me parece que las cosas que voy a contar ocurrieron ayer” [11]. Y hace esta sorprendente afirmación: “Desde los tres años, no le negué nada a Dios”.2 Añade que, con todos esos dones, “si hubiera sido educada por unos padres sin virtud [...] habría salido muy mala, y tal vez hasta me habría perdido” [18].

Como toda descendiente de Adán, Teresita tenía pequeños defectos. Y no calla sobre ellos. Sin embargo, declara que “Jesús velaba por su pequeña prometida y quiso que todo redundase en su bien; incluso sus defectos, que, corregidos a tiempo, le sirvieron para crecer en la perfección” [18].

Poseía cualidades muy superiores a las de su edad. De tal manera, refiriéndose a la época en que era una niña de unos cuatro años de edad, que hace esta audaz afirmación: “Se me hacía atractiva la virtud y creo que me hallaba en las mismas disposiciones que hoy, con un gran dominio ya sobre mis actos” [23]. Ella señalaría después: “Los dones que Dios me ha prodigado (sin yo pedírselos), en lugar de perjudicarme y de producirme vanidad, me llevan hacia él. Veo que solo él es inmutable y que solo él puede llenar mis inmensos deseos” [150].

 “No quiero ser santa a medias”

Teresita a los 15 años

Con los años, Teresita progresaba también en virtud y sabiduría, sobre todo por su espíritu meditativo, trazo constante de su santidad. Así, ya un poco más crecida, dice: “Mis pensamientos se hacían muy profundos, y sin saber lo que era meditar, mi alma se abismaba en una verdadera oración” [28].

Otro trazo distintivo de su mentalidad puede ser visto en este episodio. Su hermana Leonia, juzgándose ya grande para jugar con muñecas, tomó las suyas con todo el ajuar que tenía para ellas, y se las ofreció a las dos hermanas menores. Celina tomó algunas cintas que le gustaban. Teresita, a su vez, cogiendo todo el resto, exclamó: “¡Yo lo escojo todo!”. Sobre este gesto infantil, ella afirma: “Este insignificante episodio de mi infancia es el resumen de toda mi vida. Más tarde, cuando se ofreció ante mis ojos el horizonte de la perfección, comprendí que para ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma. [...] Entonces, como en los días de mi infancia, exclamé: ‘Dios mío, yo lo escojo todo’. No quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir por ti, solo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡pues ‘yo escojo todo’ lo que tú quieres!” [21].

 “La encantadora sonrisa de la Santísima Virgen”

Uno de los sufrimientos de Teresita fue una extraña enfermedad que la acometió cuando tenía unos nueve años de edad: “No sé cómo describir una enfermedad tan extraña. Hoy estoy convencida de que fue obra del demonio, pero durante mucho tiempo después de mi curación creí que había fingido estar enferma, y eso fue para mi alma un verdadero martirio” [50]. Pues “no es extraño que temiese haber fingido estar enferma sin estarlo de verdad, pues decía y hacía cosas que no pensaba. Parecía estar en un continuo delirio, diciendo palabras que no tenían sentido, y sin embargo estoy segura de que no perdí ni un solo instante el uso de la razón” [50].

Como resultado de la enfermedad, “la ‘florecita’ languidecía y parecía marchita para siempre… Sin embargo, tenía un sol cerca de ella. Ese sol era la estatua milagrosa de la Santísima Virgen, que le había hablado por dos veces a mamá” [52].

Hombre de fe, el señor Luis Martin, al no encontrar remedio para la enfermedad de su hija, mandó celebrar una novena de misas en la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, en París, pidiendo a la Santísima Virgen por su curación. Teresita comenta: “Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo hizo”. Ese milagro ocurrió durante el auge de una crisis en la cual ella parecía no reconocer a sus hermanas que, junto a su cama, rezaban fervorosamente a la Virgen Santísima pidiendo su curación. “La pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella. De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rosto respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la ‘encantadora sonrisa de la Santísima Virgen’. En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría. ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy!” [53]. Teresita estaba curada.

 “Pensé que había nacido para la gloria”

Vemos otro trazo aún de su grandeza de alma, en lo que ella cuenta que le sucedió como a los diez años de edad: “Al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la venerable JUANA DE ARCO, me venían grandes deseos de imitarlas. [....] Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no recibía las luces de que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la gloria, y, buscando la forma de alcanzarla, Dios [...] me hizo también comprender que mi gloria no brillaría ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡llegar a ser una gran santa!”. Después de esta audaz afirmación, ella añade: “No pensaba entonces que para llegar a la santidad había que sufrir mucho. Dios no tardó en mostrármelo” [56-57]. Sin embargo, según su “pequeña vía”, ella amaba el sufrimiento, pues “el mismo sufrimiento, cuando se lo busca como el más preciado tesoro, se convierte en la mayor de las alegrías” [186]. Por eso, a pesar del sufrimiento, ella fue siempre una santa alegre.

 “No fue ya una mirada, sino una fusión”

Cuidadosamente preparada por su hermana María, Teresita hizo su primera comunión a los doce años. Su unión con Dios ya era tal, que ella comenta: “¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma!. Fue un beso de amor. Me sentí amada, y decía a mi vez: ‘Te amo y me entrego a ti para siempre’. No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido. Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión. Ya no eran dos: Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del océano. Sólo quedaba Jesús, él era el dueño, el rey” [62].

Poco después santa Teresita recibió el sacramento de la Confirmación. Es notable la seriedad con que, tan joven aún, ella se preparó para recibirlo: “Me preparé con gran esmero para recibir la visita del Espíritu Santo. No entendía cómo no se cuidaba mucho la recepción de este sacramento de amor. […] Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo. Me alegraba al pensar que pronto sería una cristiana perfecta, y, sobre todo, que iba a llevar eternamente marcada en la frente la cruz misteriosa que traza el obispo al administrar este sacramento. […] Aquel día recibí la fuerza para sufrir, ya que pronto iba a comenzar el martirio de mi alma” [64-65].

 La gracia de la Navidad

Teresita comenta que, desde la muerte de su madre, se volvió extremamente dulce y sensible, llorando por cualquier motivo. En la Navidad de 1886, ella recibió la gracia de vencer de una vez por todas esa susceptibilidad, de manera que “desde aquella noche bendita, ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, ‘una carrera de gigante’” [129]. ¡Cómo esto evidencia santidad!

Se sitúan por aquella época las conversaciones de santa Teresita con su hermana Celina, en el mirador de los Buissonnets, a propósito del libro del padre Arminjon, Fin del mundo presente y los misterios de la vida futura.

Ella cuenta que las dos tuvieron verdaderos éxtasis durante esas conversaciones: “No sé si me equivoco, pero creo que la expansión de nuestras almas se parecía a la de santa Mónica y su hijo, cuando en el puerto de Ostia caían los dos sumidos en éxtasis a la vista de las maravillas del creador. Me parece que recibíamos gracias de un orden tan elevado como las concedidas a los grandes santos” [86].

 “Nunca has cometido ni un solo pecado mortal”

Finalmente, el 9 de abril de 1888, santa Teresita ingresa al Carmelo de Lisieux, con apenas quince años de edad. Dos meses después, ella pudo hacer una confesión general con el padre Pichon, que era también confesor de sus hermanas. A respecto de esa confesión, ella narra: “Se quedó sorprendido al ver lo que Dios estaba obrando en mi alma, y me dijo que, la víspera, al verme hacer oración en el coro, mi fervor le pareció totalmente infantil y muy dulce mi camino”. Al final de la confesión, “el padre me dijo estas palabras, las más consoladoras que jamás hayan resonado en los oídos de mi alma: ‘En presencia de Dios, de la Santísima Virgen, y de todos los santos, DECLARO QUE NUNCA HAS COMETIDO NI UN SOLO PECADO MORTAL’. Y luego añadió: ‘Da gracias a Dios por todo lo que hace por ti, pues, si te abandonase, en vez de ser un pequeño ángel, serías un pequeño demonio’” [128]. (Las mayúsculas son de la santa).

 La esencia de la “pequeña vía”

Santa Teresita afirma: “Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono. Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre” [159].

En estas palabras está la esencia de su “pequeña vía”. Tanto más que ella añade: “Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud […] He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino solo de nuestro amor” [159-160].

 “Siento en mi alma el valor de un cruzado”

“Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada. Quisiera morir desollada, como san Bartolomé. Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo. Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires. Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús. Al pensar en los tormentos que serán la prenda de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí. Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti” [164].

En un vuelo audaz, santa Teresita formula sus más entrañables deseos a Nuestro Señor: “Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme. Pero no es así. Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre. Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de GUERRERO, de SACERDOTE, de APÓSTOL, de DOCTOR, de MÁRTIR. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas. Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla”.

Al hablar del martirio, su alma se eleva: “¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! […] este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio. Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos” [163-164].

 “¡Mi vocación es el amor!”

Tratando de comprender cómo se realizarían todas esas “locuras”, santa Teresita relata que, al leer las epístolas de san Pablo, encontró el texto: “‘Ambicionad los CARISMAS MEJORES. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable’[1 Cor 12, 31]. Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el AMOR. Y que la caridad es ese CAMINO INIGUALABLE que conduce a Dios con total seguridad”.

Exultante, Santa Teresita exclama: “Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que solo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el AMOR ENCERRABA EN SÍ TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR LO ERA TODO, QUE EL AMOR ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y LUGARES. EN UNA PALABRA, ¡QUE EL AMOR ES ETERNO!”.

“Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada. Quisiera morir desollada, como san Bartolomé. Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo. Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires. Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús. Al pensar en los tormentos que serán la prenda de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí. Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti” [164].

Santa Teresita señala entonces, muy enfáticamente: “Al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío, al fin he encontrado mi vocación! ¡MI VOCACIÓN ES EL AMOR!” Y exclama: “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor. Así lo seré todo. ¡Así mi sueño se verá hecho realidad!” [165]. 

 

 Notas.-

 1. Utilizamos para este artículo la edición de las Madres Carmelitas Descalzas de San José, Cusco, 2011. Al final de cada citación colocamos entre corchetes el número de la página correspondiente.

2. P. José Leite SJ, Santos de cada día, Editorial A.O., Braga, 1987, t. III, p. 111.



  




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+1974 Aldehuela - Madrid. Fiel hija espiritual de Santa Teresa de Ávila en su amor a la Religión y a la Orden Carmelitana, la madre Maravillas de Jesús, carmelita descalza, luchó tenazmente en el siglo XX para que permanezcan intactas las reglas, los usos y costumbres legados por la gran santa de Ávila, reformadora del Carmelo.

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