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«Tesoros de la Fe» Nº 27 > Tema “La Familia”

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Cuna de las civilizaciones


Al estudiar el nacimiento de las civilizaciones, siempre nos encontramos con una familia o grupo de familias en su origen —incluso en las más remotas eras de la Historia— y constatamos que un recto desarrollo civilizador depende de la buena constitución de la sociedad familiar.


Fustel de Coulanges


En el artículo anterior de esta sección (Tesoros de la Fe, nº 26, febrero del 2003), hemos trascrito pasajes de la obra El Antiguo Régimen, del renombrado historiador francés Funck-Brentano, que describen el papel central de la familia en el origen de la sociedad feudal y en la consolidación de la Civilización Cristiana en la Edad Media. En el presente artículo nos remontaremos a una época aún más remota. Ya en la Antigüedad (período histórico que se inicia con las más antiguas civilizaciones, y que se extiende hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V) la familia fue una semilla del Estado y estuvo en el origen de las primitivas ciudades que surgieron en la Grecia y Roma arcaicas.

Familia, base del Estado

Sin la familia, no sólo las ciudades no se formarían, sino las civilizaciones no se desarrollarían, una vez que ellas no se sustentan sin la institución familiar, como un árbol no se sustenta sin sus raíces.

La Ciudad Antigua es el título del famoso libro de otro historiador francés, Fustel de Coulanges (1830-89), profesor de Historia Medieval en la Sorbona, la célebre universidad de París. En dicha obra el autor demuestra que en la antigua Grecia, así como en la Italia de la civilización romana, siguiendo un proceso de gestación natural las ciudades y más tarde los Estados nacieron de la sociedad familiar, confirmando la tesis de que la familia es anterior al Estado.

Este ilustre autor, después de constatar que en el mundo antiguo las personas se reunían alrededor del pater familias (autoridad venerada que podía ser un padre de familia o el jefe del clan familiar), pasa a describir cómo las familias dieron origen a las tribus, a las ciudades y a las naciones:

“Cada fratria o curia [en la antigua Grecia, se denominaba fratria a cada uno de los grupos de familias en que se subdividían las tribus atenienses, y entre los romanos, curia] tenía un jefe, fratiarca o curión, cuya principal función era la de presidir los sacrificios. Tal vez, originalmente sus atribuciones hubiesen sido más amplias. La fratria se reunía en asambleas donde tomaba sus deliberaciones y podía promulgar decretos. En la fratria, como en la familia, había un dios, un culto, un sacerdocio, una justicia, un gobierno. Era una pequeña sociedad modelada exactamente sobre la familia.

“La asociación continuó creciendo naturalmente, y según el mismo sistema. Muchas curias o fratrias se agruparon y formaron una tribu.

“La tribu, como la fratria, tenía asambleas y promulgaba decretos, a los cuales todos sus miembros deberían someterse. Tenía un tribunal y derecho de justicia sobre sus miembros. Tenía un jefe tribunus, phylobasileus.

Familia de la antigua Grecia

El nacimiento de las ciudades

“La tribu, como la familia y la fratria, se constituye para ser un cuerpo independiente, ya que ella tenía un culto especial del cual el extranjero estaba excluido. Una vez formada, ninguna otra familia podía ser en ella admitida. Dos tribus de ningún modo podían fundirse en una sola; su religión a esto se oponía. Pero, así como muchas fratrias se habían reunido en una tribu, muchas tribus pudieron asociarse entre sí, con la condición de que el culto de cada una de ellas fuese respetado. El día en que se hizo esta alianza, nació la ciudad.

“Poco importa encontrar la causa que determinó la unión de muchas tribus vecinas. En unos casos la unión fue voluntaria, en otros impuesta por la fuerza superior de una tribu, o por la voluntad poderosa de un hombre. Lo que es cierto, es que el vínculo de la nueva asociación fue aún un culto. Las tribus que se agruparon para formar una ciudad no dejaron nunca de encender un fuego sagrado y de instituir una religión común.

La familia, según Pío XII

“Precisamente porque [la familia] es el elemento orgánico de la sociedad, todo atentado perpetrado contra ella es un atentado contra la humanidad. Dios puso en el corazón del hombre y de la mujer, como instinto innato, el amor conyugal, el amor paterno y materno, el amor filial. Por consiguiente, querer arrancar y paralizar este triple amor es una profanación que por sí misma horroriza y lleva a la ruina a la patria y la humanidad”.


* Alocución Au rions-nous pu, 20-9-1949.

“Así la sociedad humana, en esta materia, no creció a la manera de un círculo, que se ampliase poco a poco, avanzando progresivamente. Son, por el contrario, pequeños grupos que, constituidos desde mucho tiempo atrás, se juntan unos a otros. Muchas familias formaron la fratria, muchas fratrias la tribu, y muchas tribus la ciudad. Familia, fratria, tribu, ciudad, son por lo tanto sociedades perfectamente semejantes entre sí y nacidas unas de las otras, a través de una serie de federaciones.

Alteridad y no masificación

“Es necesario dejar en claro que, a medida que estos diferentes grupos entre ellos así se asociaban, nadie perdía sin embargo ni su individualidad ni su independencia. Si bien que muchas familias se reuniesen en una sola fratria, cada una de ellas se mantenía constituida como en la época de su aislamiento; nada cambiaba en ella, ni su culto, ni su sacerdocio, ni su derecho de propiedad, ni su justicia interna. Seguidamente, se asociaba a las curias, pero cada una continuaba con su culto, sus reuniones, sus fiestas, su jefe. De la tribu se pasó a la ciudad, pero las tribus no fueron por ese motivo disueltas, y cada una de ellas continuó formando un cuerpo, casi como si la ciudad no existiese. [...]

“Así, la ciudad no es un agregado de individuos, sino una confederación de muchos grupos ya anteriormente constituidos, y que la ciudad deja subsistir. Vemos en los oradores áticos que cada ateniense forma parte al mismo tiempo de cuatro sociedades diferentes: es miembro de una familia, de una fratria, de una tribu y de una ciudad... ”     



* La Cité Antique, Librairie Hachette, París, 1957, Libro III, pp. 134-135 y 143-145.



  




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