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«Tesoros de la Fe» Nº 188

El Mensaje de Fátima  [+]  Versión Imprimible
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Capítulo 7:

Un secreto y un milagro

Luis Sergio Solimeo

 Al mes de transmitido el mensaje de Fátima, sobrevino el secuestro y prisión de los tres pastorcitos; tras su liberación, la Virgen se les aparece en Valinhos…

Si las dos apariciones precedentes habían provocado las burlas de algunos, la curiosidad de muchos, y suscitado mociones de fe y piedad en otros, el anuncio que los videntes hicieron tras la tercera aparición tuvo el efecto de una bomba. Según ellos mismos contaron, la Santísima Virgen les confió un secreto y prometió obrar un milagro en octubre que sería visto por todos.

¿Un secreto? ¿Qué podría ser más apropiado para suscitar la curiosidad humana? ¡Mucho más, tratándose de un secreto entregado por alguien que viene del cielo!

Para los espíritus superficiales, la emoción por averiguar un secreto y la expectativa de un evento espectacular son más importantes que su significado. Pero la reacción de las personas serias y sobrenaturalizadas es completamente distinta: un secreto venido del cielo inspira respeto y hasta un saludable temor. ¿Qué mensaje Dios guarda para los hombres?

En el Antiguo Testamento, los profetas amenazaron al pueblo con castigos divinos por sus pecados. Y cuando fueron escuchados por las multitudes, como lo fue Jonás por los habitantes de Nínive, el castigo fue suspendido. ¿Hablaría de un castigo el secreto que la Madre Santísima comunicó a los pastorcitos?

En la mayoría, sin embargo, la curiosidad sustituye al temor y la pasión reemplaza a la reflexión. Si bien los pobres niños habían sufrido mucho ya con las apariciones previas, con esta se inició un verdadero martirio. Fueron sometidos a toda clase de acosos, de amabilidades y amenazas a fin de hacerles revelar el secreto.

La familia de Lucía, que se mantenía incrédula, no la molestó en este punto. En la familia de Jacinta y Francisco prevalecía la personalidad recta y equilibrada del Sr. Marto. “Un secreto es un secreto”, diría él más tarde. Si a los niños les fue confiado, deben guardarlo.

Ya al día siguiente de la aparición, durante el interrogatorio que el párroco de Fátima hacía cada mes, el P. Marques trató de averiguar el secreto. Pero, entendiendo que no debía forzar las conciencias de los niños y viendo que no funcionaban sus artimañas, se rindió.

Para intentar sonsacarles el secreto, algunos se sirvieron de amenazas; otros intentaron persuadirlos, como algunas damas ricas que fueron a casa de los Marto con esa intención. Una de ellas, notando que Jacinta miraba con admiración infantil sus brazaletes, se los ofreció a cambio del secreto. La niña, horrorizada, dijo que por nada del mundo revelaría un secreto que la Santísima Madre le confió, y se acabó.

Intentando conocer el secreto, las autoridades civiles emplearon amenazas y después la fuerza. Pero para ahondar en esto debemos explicar la situación política de Portugal en ese entonces.

En nombre del progreso, una dictadura de la irreligión

En nombre de la ciencia y el progreso, una onda de anticlericalismo barría Europa; una ciencia y un progreso cuyos frutos inmediatos fueron los formidables cañones que masacraban a los jóvenes y destruían las bellas ciudades del Viejo Continente.

El 1º de febrero de 1908 el rey de Portugal, don Carlos, y su heredero don Luis Felipe, fueron asesinados. El segundo hijo del rey subió al trono con el nombre de don Manuel II, pero fue derrocado en 1910 por una revolución que estableció una república a la francesa, atea, anticlerical y socialista.

El antiguo Palacio Municipal de Vila Nova de Ourém, convertido hoy en museo- prisión de los pastorcitos

Las órdenes religiosas fueron expulsadas, el clero fue perseguido, y se prohibió vestir hábito religioso, así como tocar las campanas de las iglesias. El cardenal Patriarca de Lisboa fue exiliado. Por todo el país, y particularmente en las ciudades más pequeñas, bastaba que uno se declarase anticatólico para conseguir un cargo público.

Un “hojalatero” contra Fátima

Aljustrel, como las aldeas circundantes, hacía parte del Concejo Administrativo de Vila Nova de Ourém. El concejo era presidido por un virulento anticlerical, Artur de Oliveira Santos, conocido como “el hojalatero” por su oficio.

El 10 de agosto, Santos envió un mensaje oficial a los padres de Lucía y de Francisco y Jacinta, citándolos a comparecer ante el Concejo. El Sr. Marto se negó a forzar a sus niños a caminar una distancia tan grande y decidió ir solo, pero Antonio, el padre de Lucía, la llevó.

Santos presionó a la vidente para que contara el secreto y le prometiera no volver a Cova da Iria. Viendo que la niña no cedería, criticó ásperamente a sus padres y amenazó con tomar medidas.

La prisión de los videntes

El 13 de agosto una impresionante multitud se reunió en el lugar de las apariciones. Sin embargo, la hora avanzaba y los pastorcitos no aparecían. La gente se puso nerviosa.

De repente corrió un rumor: “¡los videntes no vienen!” y “¡los videntes han sido arrestados por el administrador!”.

Aún así, a la hora habitual de las apariciones muchos creyeron ver una nubecita acercándose a la encina y luego alejándose. Más tarde, todos oyeron una fuerte explosión que provocó una estampida, pronto interrumpida por gritos de “¡milagro!”. Todos entendieron que la Virgen manifestaba su descontento por la ausencia de los videntes.

¿Qué había sucedido?

Temprano, Santos había ido a los hogares de los videntes a buscarlos, acompañado del párroco de la aldea de Porto de Mós. Dijo que quería presenciar la aparición, “como santo Tomás: ver para creer”.

Monumento a la Virgen de Fátima en Valinhos, recordando la aparición del 19 de agosto de 1917, en una propiedad que pertenecía a un tío de Lucía

Propuso entonces que todos fueran a casa del párroco para interrogar nuevamente a los niños, lo cual se realizó. Al terminar el interrogatorio, Santos dijo a los niños que los llevaría en su carruaje a Cova da Iria. Sin sospechar nada, subieron al vehículo y el Sr. Marto los vio dirigirse en la dirección correcta, pero cuando llegaron al cruce con el camino principal, Santos cambió el curso y se lanzó al galope hacia Vila Nova de Ourém.

Una vez en el pueblo, los videntes fueron llevados primero a casa de Santos, cuya esposa, que practicaba la religión sin que él lo sepa, los trató tan bien como pudo y les sirvió el almuerzo. Entonces fueron trasladados a la municipalidad, donde fueron interrogados sobre el secreto. Después volvieron a casa del administrador, donde pasaron la noche.

Al día siguiente, Santos decidió aterrorizarlos con el fin de doblegarlos, y los encarceló junto con los ladrones. Estos no resultaron tan malvados como aquel “apóstol del progreso” y trataron de animar a los niños, al punto de acompañarlos en el rezo del rosario.

Finalmente, el inicuo tiranuelo de aldea llevó sus amenazas a un incalificable grado de crueldad. Engañando a aquellos inocentes niños, que fácilmente creerían en las intimidaciones hechas por adultos, les conminó a decirles el secreto o los haría matar en una caldera de aceite hirviendo.

Después de algunos momentos, uno de los guardias se acercó llamando a Jacinta y anunciando que el aceite ya estaba hirviendo; y por tanto ella debía revelar el secreto. Escogiendo el martirio, la heroica niña se negó y se la llevaron. Francisco y Lucía ya imaginaban a su amiguita muerta cuando vinieron por su hermano y finalmente por Lucía. Para su gran sorpresa y desilusión —pues ellos deseaban ardientemente sufrir el martirio e ir al cielo—, se reencontraron todos vivos en una sala contigua.

El secuestro de los videntes causó una enorme indignación popular. Y como ellos habían sido llevados a casa del párroco, el pueblo pensó que él era cómplice de Santos. Los ánimos se caldearon y tal vez el pobre sacerdote habría sido linchado por la multitud furiosa si no hubiera intervenido el Sr. Marto, cuya autoridad siempre era respetada. Él llamó a la multitud a la calma porque Dios había permitido que aquello sucediese.

Para defender su honor, el P. Marques escribió una carta abierta que apareció en varias publicaciones católicas, lo cual fue providencial, pues para justificarse acabó narrando la historia completa, provocando que los eventos de Fátima se conocieran en todo el país.

El 15 de agosto, incapaz de retener a los niños por más tiempo, Santos los liberó.

Pero la Santísima Virgen los esperó...

La hermana Lucía narra lo que sucedió ese domingo, 19 de agosto de 1917:

Estando con las ovejas en compañía de Francisco y su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que algo sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que la Santísima Virgen podía aparecerse y teniendo pena de que Jacinta no la viera, pedimos a Juan que fuese a llamarla. No quería, y solo fue corriendo cuando le ofrecimos dos monedas.

Entre tanto, Francisco y yo vimos el reflejo de la luz que llamábamos relámpago y un momento después de llegar Jacinta vimos a Nuestra Señora sobre un arbusto.

—“¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?”

—“Quiero que continuéis yendo a Cova da Iria el día 13 y que sigáis rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean”.

—“¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en Cova da Iria?”

—“Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y la otra que la lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer”.

—“Quería pedirle la curación de algunos enfermos”.

—“Sí; curaré a algunos durante el año”.

Y tomando un aspecto más triste [dijo]:

—“Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas”.

Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este.

Esta fue la única de la serie principal de las apariciones de Fátima, que tuvo lugar fuera de Cova da Iria.

En el interrogatorio hecho por el P. Marques el 21 de agosto, dos días después de la aparición, Lucía  dio el siguiente detalle que no incluyó en su relato de 1941, acerca del milagro que sucedería en la última aparición:

—“Si ellos no os hubiesen llevado [a Vila Nova de Ourém], el milagro sería mayor”.

En la cárcel de Ourém

La hermana Lucía escribe:


     Cuando (...) estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba [soportar] era el abandono de nuestros padres. Y decía con su carita llena de lágrimas:
     —“Ni tus padres ni los míos nos vienen a ver. ¡Ya no les importamos!”
     [En realidad, el Sr. Marto había enviado a dos de sus hijos a averiguar qué sucedía].
     —“No llores —le dijo Francisco— se lo ofre-
cemos a Jesús por los pecadores”.
     Y levantando los ojos y las manitos al cielo, hizo el ofrecimiento:
     —“Oh Jesús mío, es por vuestro amor y por la conversión de los pecadores”.
     Jacinta añadió:
     —“Y también por el Santo Padre y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”.

 

Un perfume desconocido

Jacinta tomó una rama del arbolito sobre el que la Santísima Virgen se posó en Valinhos, y se lo mostró a su tía María Rosa, la madre de Lucía. Pese a manifestar su usual incredulidad en las apariciones, sintió un perfume desconocido cuando se lo acercó.

—“¿Qué perfume es? No es de rosas, pero es agradable”.

Jacinta llevó la misma rama a su padre, que tuvo la misma reacción: sintió un perfume que no conseguía definir.

—“¿De dónde es?”, preguntó.

—“Es una rama en que se posó la Virgen”, respondió Jacinta.

La hermana mayor de Lucía, María de los Ángeles, comentó que, desde ese momento, en su madre se aflojó la convicción que antes tenía de que las apariciones eran falsas.



  




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Nº 188 / Agosto de 2017

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Santa Rosa de Lima, Anónimo, s. XVII – Óleo sobre tela, Monasterio de Santa Rosa de Santa María, Lima



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+1153 Francia. El monje más ilustre de su siglo. Fundó la Orden Cisterciense, fue consejero de Papas y príncipes, predicó la Segunda Cruzada, combatió a los herejes. Devotísimo de Nuestra Señora, es llamado Doctor Melifluo y considerado el último de los Padres de la Iglesia latina.

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