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«Tesoros de la Fe» Nº 189

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San Mateo

Apóstol y Evangelista

Cobrador de impuestos, rico, dejó su puesto para seguir a Nuestro Señor, cuya vida fue el primero en escribirla

Plinio María Solimeo

Mateo, “hijo de Alfeo”, como dice san Marcos (2, 14), se llamaba también Leví, por la costumbre que tenían los hebreos de un segundo nombre, como Saulo y Pablo. Después del encuentro con Nuestro Señor, pasará a ser conocido solamente por su primer nombre, que significa “don de Dios”.

Aunque Eusebio de Cesarea (260-341), Padre de la Historia de la Iglesia, diga que Mateo era sirio,1 de acuerdo con la tradición era galileo; según algunos, de Caná de Galilea, donde Jesucristo obró su primer milagro, transformando el agua en vino.2 Como ninguno de los tres evangelistas que narran la vocación de san Mateo hacen la menor alusión a que él haya dejado a su familia, se puede suponer que era soltero cuando se encontró con Nuestro Señor.

Jefe de los “publicanos”

Mateo era uno de los que recaudaban impuestos para los romanos. Vivía en Cafarnaúm, importante centro del tráfico comercial en las márgenes del lago de Genesaret. Por allí pasaban las caravanas provenientes de Damasco y de las ciudades de Mesopotamia con destino a Palestina, a Egipto y a los puertos del Mediterráneo.

Esa profesión, que consistía en tener “comercio público y banco abierto para girar letras de cambio, expedir mercaderías, recaudar tributos y transferirlos a Roma”,3 era mal vista por los judíos, que los llamaban peyorativamente de “publicanos”. Aún más porque, siendo una profesión muy lucrativa, les proporcionaba ocasiones para obtener ganancias ilícitas.

Según el hagiógrafo griego del siglo X, Simón Metafraste —principal compilador de las leyendas de los santos en el calendario de la Iglesia Bizantina4—, Mateo era el jefe y el principal de los publicanos que residían en la ciudad.

¡Una profesión comparable a la de los criminales!

Como recaudadores de impuestos para Herodes Antipas, representante de los romanos, los publicanos eran odiados por los judíos más observantes, por juzgar que era un absurdo que ellos, perteneciendo al pueblo elegido, cobraran un tributo para un poder usurpador y, sobre todo, pagano. En efecto, para ellos “el pago del tributo al extranjero era un acto ilícito, una cosa prohibida por la Ley, un verdadero sacrilegio; y, por tanto, el que colaboraba en ese sacrilegio, hacía traición a su patria, se asociaba a los impíos, se vendía a los gentiles y era más execrable que ellos. Su condición sólo podía compararse con la de los criminales y las prostitutas”.5

Sin embargo, es necesario notar que, a pesar de que los publicanos eran tenidos como pecadores por los fariseos, su profesión era lícita, y muchos de ellos eran judíos practicantes y actuaban de buena fe. Es lo que se observa en el Evangelio de san Lucas, cuando narra que entre los que iban a bautizarse con el Precursor había publicanos, que le preguntaron: “¿Maestro, qué tenemos que hacer nosotros [para salvarnos]?”. San Juan Bautista no les dijo que abandonaran su profesión, sino “no exijáis más de lo establecido” (Lc 3, 12-13). Es decir, que fueran honestos en su trabajo. Por lo que se deduce que muchos entre ellos podían estar de buena fe.

El mismo san Lucas añade también que “todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo” (7, 29).

El propio Jesucristo dijo a los príncipes de los sacerdotes y a los fariseos: “los publicanos y las mujeres de mala vida van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron” (Mt 21, 31-32).

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”

Otro ejemplo de esto: Zaqueo, que era “jefe de los publicanos y rico”. Tuvo la gracia de hospedar al Divino Maestro en su casa, afirmándole: “La mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”. Esa honestidad y rectitud de consciencia llevó a nuestro Redentor a exclamar: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este es hijo de Abraham” (Lc 19, 1-10).

Por eso, según numerosos teólogos, todo lleva a creer que el evangelista Mateo era honesto, religioso, de buenas costumbres y fiel cumplidor de la ley de Moisés, lo que le atrajo la divina mirada de Jesús.

Mateo “se levantó y lo siguió”

El mismo san Mateo nos narra su encuentro con Jesús. El divino Maestro acababa de operar en Cafarnaúm uno más de sus estupendos milagros, al curar a un paralítico cuyos compañeros lo habían hecho descender de modo dramático del techo al medio de la sala donde estaba el Mesías. Poco después, “al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió” (9, 9). San Marcos y san Lucas dan prácticamente la misma versión.

El ilustre arzobispo de São Paulo, Mons. Duarte Leopoldo y Silva (1867-1938) comenta así este trecho del Evangelio: “El mundo no comprende ese impulso irresistible de ciertas almas que, abandonando todo, se consagran exclusivamente al servicio de Dios. Dejémosle burlarse de lo que no entiende, pues solo los que tienen fe conocen el secreto de estos misterios de la gracia. Era necesario que Jesús fuese bastante poderoso, que fuese verdaderamente Dios, para que así se hiciera obedecer tan prontamente y con toda abnegación”.6

A su vez, el célebre abad de Solesmes, D. Prosper Guéranger, sostiene: “Mateo tenía un alma recta; e, iluminada por Dios, lo dejó todo, cedió a otro su oficio y siguió a Jesús. Desde entonces mereció con razón ser llamado Mateo: el donado; pero, ¡cuánto mayor era el don que Dios le hacía que el que Mateo hacía a Dios! El Maestro vino a escoger lo que en el mundo había de más bajo, lo más despreciado en el orden social, para convertirlo en príncipe de su pueblo y elevarlo a la dignidad más alta que existe en la tierra después de la dignidad de la Maternidad divina: la dignidad de Apóstol”.7

Admirable atracción que ejercía Jesús

El Evangelio de san Mateo narra la tempestad calmada en el capítulo 8, versículos 23-27. La Tormenta en el Mar de Galilea, Rembrandt, 1633 – Óleo sobre lienzo.

Viviendo en Cafarnaúm, donde el divino Maestro había establecido residencia durante su vida pública, Mateo habría escuchado hablar mucho del Mesías y hasta tenido conocimiento o asistido a alguno de los tantos milagros que operaba. “Por cierto, si su conversión hubiera sido obra de un único instante, el fenómeno psicológico estaría en perfecta relación con el sorprendente poder de atracción que Jesús ejercía sobre los corazones”.8

San Mateo era muy rico. Aunque Nuestro Señor haya dicho que es muy difícil que los ricos ganen el cielo, a causa del apego a las riquezas, no afirmó que era imposible. Pues el recto uso de los bienes terrenos, unido a una vida de piedad, puede llevar también a la santidad. Por eso el divino Maestro lo escogió, después de haber llamado a algunos modestos pescadores.

Entonces, para conmemorar su llamado para integrar el Colegio Apostólico, Mateo le ofreció a Nuestro Señor un gran banquete. En él participaron, además del divino Maestro y sus primeros discípulos, “muchos publicanos y pecadores” (Mt 9, 10).9

“Cristo, por su parte, quiso, como en seguida declarará a los fariseos, ofrecer ocasión a aquellos hombres, despreciados por todos y espiritualmente abandonados, de conocer la doctrina de su nuevo reino que venía predicando, en el cual tenían entrada todos sin excepción. «Vino Cristo al banquete —dice el Crisóstomo—, vino la Vida al convite, para hacer vivir consigo a los que estaban condenados a la muerte»”.10

Tres años viviendo en la proximidad del Redentor

Aunque el Evangelio no lo registre, es posible que Mateo, fiel al consejo de perfección dado por Nuestro Señor al joven rico, haya vendido todos sus bienes y dado el producto de ellos a los pobres antes de seguirlo.

Después de este trecho del Evangelio, san Mateo desaparece del escenario bíblico, siendo apenas mencionado en la lista de los apóstoles.

Pero es cierto que, como discípulo y apóstol, permaneció junto al divino Maestro durante los tres años de su vida pública, disfrutando de su intimidad, siendo testigo de sus milagros y enseñanzas; que después narró en su Evangelio. Como también de su resurrección y ascensión a los cielos. Junto a la Santísima Virgen y a los demás apóstoles, recibió el Espíritu Santo por ocasión de Pentecostés, predicó en Jerusalén y después partió para evangelizar el mundo.

¿Martirio en Etiopía?

Sobre los países que evangelizó existen algunas divergencias. “San Ireneo nos dice que Mateo predicó el Evangelio entre los hebreos; Clemente de Alejandría asegura que lo hizo durante quince años, y Eusebio sostiene que, antes de ir a otros países, les dejó su Evangelio en su lengua materna. Antiguos escritores [...] casi todos mencionan a Etiopía al sur del Mar Caspio (no la Etiopía en África), y algunos a Persia y el reino de los partas, a Macedonia y a Siria” como lugares evangelizados por él.11

Según la tradición corriente, san Mateo murió mártir, probablemente en Etiopía, a pesar de que san Clemente de Alejandría, basado en el escritor Heracleon, afirme que tuvo muerte natural. Las diversas narraciones existentes sobre su martirio son consideradas apócrifas y carentes de valor histórico. Otros escritos atribuidos al apóstol, además de su Evangelio, son también considerados apócrifos.

Dom Guéranger sigue la tradición de que san Mateo “murió en Etiopía, de donde su cuerpo fue llevado para Salerno; la iglesia catedral de esta ciudad le está dedicada. Clemente de Alejandría dice que san Mateo era de grandísima austeridad de vida y la tradición cuenta que murió mártir por haber defendido los derechos de la virginidad que se ofrece a Dios”.12

El primer Evangelio

Poco antes de la Pasión, Nuestro Señor Jesucristo dijo a los apóstoles que “el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26). Esto hizo posible que los evangelistas escribieran sus Evangelios.

San Ireneo, obispo de Lyon y Padre de la Iglesia (comienzos del siglo II), afirma que san Mateo escribió su Evangelio para los judíos, y Orígenes (185-254) especifica que, por eso, fue escrito en lengua hebraica. Por lo cual los exegetas destacan su carácter judaico, que es plenamente confirmado por el propio Evangelio.

En cuanto a la fecha en que fue escrito, también existen divergencias. San Ireneo afirma que “Mateo escribió su Evangelio entre los hebreos, mientras que Pedro y Pablo predicaban en Roma y fundaban la Iglesia”. “Fue esta la época en que las pasiones nacionalistas del judaísmo se fueron inflamando cada vez más, en que la predicación de un Mesías crucificado debía parecer una traición a la causa santa del pueblo de Dios. Fue ‘la hora en que juzgaban prestar un servicio a Dios’ matando a los apóstoles (Jn 16, 2). Era el tiempo en que, huyendo de ciudad en ciudad, no podían terminar (‘las ciudades de Israel’) hasta que vuelva el Hijo del hombre (Mt 10, 23) para castigo de los judíos que se obstinaban en la incredulidad. No tenía ya sentido continuar la predicación en Palestina. Fue entonces que san Mateo, como los demás apóstoles, debe haber tomado la resolución de ‘sacudir el polvo de los pies’ (Mt 10, 14) y dirigirse definitivamente a los gentiles. Para ese momento histórico, fue escrito el primero Evangelio”.13

Imagen de bronce sobre la tumba del evangelista san Mateo, en la cripta de la catedral de Salerno, Italia

El “Evangelio católico”

“En la Iglesia antigua ‘el Evangelio según Mateo’ obtuvo la mayor autoridad entre todos. Fue el más usado, el más citado y comentado, y fue siempre colocado en primer lugar. Él es llamado el católico, porque contiene los textos más importantes sobre el primado de Pedro (16, 17-19), sobre la jurisdicción en la Iglesia (18, 18) y la misión universal de evangelización de todas las gentes (28, 19-20). [...] San Mateo nos ofrece un vastísimo material, pero con una concisión que se restringe siempre a lo esencial para probar su tesis de la emancipación de la Iglesia de la sinagoga”.14

La Santa Iglesia celebra la festividad de san Mateo el día 21 de setiembre.

 

Notas.-

1. Cf. Jacque Eugène Jacquier, St. Matthew, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.

2. Vide, p.ej., Pedro de Ribadeneyra, Flos Sanctorum, in La Leyenda de Oro, Dr. Eduardo María Vilarrasa, L. González y Cía., Barcelona 1897, t. III, p. 589.

3. Mons. Duarte Leopoldo y Silva, Concordancia dos Santos Evangelhos, Escuela Tipográfica Salesiana, São Paulo, 1903, p. 231, nota 1.

4. Apud Adrian Fortescue, Symeon Methaphrastes, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.

5. Fray Justo Pérez de Urbel OSB, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid 1945, t. III, p. 667.

6. Mons. Duarte Leopoldo y Silva, op. cit., p. 63.

7. Dom Prosper Guéranguer OSB, El Año Litúrgico, Editorial Aldecoa, Burgos 1954, t. V, p. 456.

8. Louis-Claude Fillion, Jesucristo, según los Evangelios, Civilización Editora, Porto 2007, p.135.

9. “La palabra pecador no tenía para los judíos el mismo significado que para nosotros los cristianos; significaba más bien una impureza legal o por descuido de las rituales prescripciones farisaicas o por desempeñar un oficio prohibido” (Juan Leal SJ, La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, BAC, Madrid 1964, t. I, p. 99, n. 4).

10. Id. ib., p. 100.

11. Jacquier, op. cit.

12. Guéranguer, op. cit., t. V, p. 458.

13. Fray Mateus Hoepers OFM, Nuevo Testamento, Introducción al Evangelio de san Mateo, Editora Vozes, Petrópolis, 1958, p. 20.

14. Hoepers, op. cit., p. 21.



  




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