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«Tesoros de la Fe» Nº 205

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Heroica resistencia contra la herejía luterana

Alfonso de Souza

EN MUCHAS PARTES DEL MUNDO, el clero “progresista” ha incentivado una convivencia ecuménica entre católicos y luteranos. En Alemania, país que fue cuna de la herejía protestante, algunos obispos llegan hoy al extremo de abogar por ¡la distribución de la Sagrada Comunión a luteranos! Un absurdo imposible de siquiera ser pensado en siglos pasados, cuando los partidarios de Lutero promovían una guerra exasperada contra la Iglesia y sus miembros. Uno de los innumerables ejemplos de ello ocurrió en el siglo XVI en el convento de las hermanas clarisas en Núremberg, cuyas monjas enfrentaron con gallardía el empeño de los herejes para que ellas apostataran de la verdadera fe. Todas perseveraron, por amor a Dios, hasta la muerte de la última religiosa.

En 1517, Martín Lutero publicó sus 95 tesis contra la Iglesia Católica. Excomulgado en 1521, fue condenado y puesto fuera de la ley por Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Sin embargo, no dejó de sembrar su pestilente doctrina en Alemania, llevando a casi dos tercios del país a la apostasía. Núremberg, al norte de Baviera, aceptó en 1525 la pseudo-Reforma protestante y pasó a perseguir a los católicos que no se curvaban ante la herejía.

Lutero, causa de muchas ruinas

Estatua de Lutero en Eisleben

En Núremberg —ciudad que se destaca por su arquitectura medieval, en particular por las fortificaciones y torres de piedra— había un convento de monjas clarisas con 60 religiosas. Comenzando por su priora, Bárbara Pirckheimer, todas provenían de familias de la aristocracia local. Primogénita en una familia de doce hermanos, Bárbara decidió entrar al convento a los dieciséis años de edad, tomando el nombre religioso de Sor Caridad. Recibió la educación humanística en boga en aquella época, sobresaliendo en el latín. Su hermano Willibald, seducido lamentablemente por las ideas de Lutero, estudió en Italia y se convirtió en uno de los más importantes humanistas alemanes.

Ya en 1517 la doctrina de Lutero empezó a conquistar terreno en Núremberg. Poco a poco, a raíz de la enorme apostasía que sobrevino, los dirigentes de la ciudad comenzaron a presionar a las monjas clarisas, para que cedieran y se adhirieran al luteranismo. Lideradas por la hermana Caridad, resistieron a la herejía prácticamente solas y se opusieron con firmeza a abandonar la verdadera fe. Fueron cruelmente perseguidas de 1524 a 1528 por el Concejo herético de la ciudad, y registraron lo ocurrido en la crónica “Hechos memorables”, un documento de inestimable valor histórico y espiritual.

Esta valiente superiora sabía muy bien lo que las nuevas ideas representaban: “La doctrina de Lutero ha sido la causa de muchas ruinas; crueles discordias han desgarrado la cristiandad, las ceremonias de las iglesias terminaron mutiladas y en muchos lugares de improviso han abandonado el propio estado [religioso], porque se predicaba la supuesta libertad cristiana, se repetía que las leyes de la Iglesia y los votos no obligaban a nadie más. La consecuencia de tal argumentación fue que un buen número de monjes y monjas usaron esta libertad para abandonar el claustro y dejar sus hábitos; muchos incluso se casaron y, en una palabra, no actuaron sino siguiendo su propia fantasía”.

Presiones para forzar las apostasías

Homenaje a Sor Caridad en el antiguo convento de clarisas en Núremberg

Al resultar vanos los primeros esfuerzos, el Concejo Municipal recurrió a los familiares de las religiosas, para que presionaran a sus hijas, hermanas y sobrinas a ceder. Durante toda la Cuaresma de 1525 hubo en la ciudad continuos debates entre los que se adhirieron a la nueva doctrina y algunos religiosos y sacerdotes que aún permanecían fieles. El Concejo anunció entonces su intención de retirarle a las hermanas la atención espiritual brindada por aquellos sacerdotes, substituyéndolos por pastores de la nueva religión. Dice la hermana Caridad: “Desde ese día nosotras fuimos privadas de la confesión, de la comunión y de todos los sacramentos inclusive en peligro de muerte”.

La priora y sus monjas fueron obligadas a aceptar a los predicadores del Concejo local, pero rechazaron a sus confesores, prefiriendo privarse de los sacramentos antes de ceder a los errores. En ese sentido, ella declaró al Concejo: “El Concejo recordará ciertamente que nosotros le hemos siempre obedecido en las cosas temporales, pero en lo que dice respecto a nuestras almas no obedecemos sino a nuestra conciencia”.

Las religiosas fueron entonces sometidas a una verdadera masacre moral. Los predicadores usaban con frecuencia un tono extremamente agresivo. Las religiosas oyeron 111 prédicas de aquellas, pero se mantuvieron inflexibles. Por fin, el Concejo desistió de enviar a nuevos delegados.

Junto con las amenazas llegaron también las privaciones económicas. Durante la Semana Santa de 1525, narra Sor Caridad: “Cuando el curador vio que nunca llegaría a vencer mi resistencia cambió de tema y me habló de un levantamiento de campesinos que se habían rebelado, en número muy considerable, para saquear los conventos y expulsar o sentenciar a muerte a todos los religiosos y las religiosas. Y que no debía permanecer una sola clarisa en el convento de aquella ciudad; y que haríamos bien en reflexionar y no dar motivo, al volver, a una gran masacre”.

Entretanto, la situación en Núremberg solo empeoraba. Un día después de la Pascua, todo culto católico fue prohibido. Comenzaron las apostasías, primero de los agustinos, “¡que eran la fuente de todas estas desgracias!”, después de los carmelitas, de los cartujos. Todos abandonaban sus hábitos, no cantaban más el Oficio Divino, y rezaban los oficios de acuerdo con su fantasía subjetiva. Muchos despreciaron el celibato y se casaron.

En un clima de tan general apostasía, las presiones sobre las clarisas llegaron al auge. Diariamente eran amenazadas de ser sacadas a viva fuerza del monasterio, cuyo claustro debía ser demolido hasta sus cimientos. Continúa Sor Caridad: “Nos convertimos para todos, grandes y pequeños, en objeto de desprecio […]. Somos objeto de mayor desprecio que las mujeres públicas y se nos dice que verdaderamente valemos menos que ellas. […] No quieren que nadie llame más ‘claustros’ a nuestros conventos sino ‘hospicios’ ni que las hermanas se llamen ‘canonesas’, la abadesa y la priora se deben llamar ‘directoras’: no debe existir distinción alguna entre los clérigos y los laicos”.

Representación de Núremberg pocos años antes de la apostasía, casi general, en las garras de la herejía luterana

Resistencia y el premio a su fidelidad

La situación llegó a tal punto, que en 1525 la hermana Caridad reunió a las religiosas en el capítulo y pidió su parecer sobre la conducta que debían seguir: “Las encontré a todas con el mismo sentimiento y me han respondido que nunca iban a dejarse convertir a la nueva doctrina a través de ningún sufrimiento; que nunca se iban a separar de la santa Iglesia y que no serían capaces de arrastrarlas fuera de la vida monástica. Rechazaron la dirección de los sacerdotes apóstatas prefiriendo quedar largo tiempo sin confesión y privadas de la santa Comunión. […] Escribí la súplica […] que la comunidad aprobó por unanimidad después de haber oído la lectura. Cada una solicitó firmar; todas queríamos la propia parte de responsabilidad en la desgracia de la cual pudiera ser para nosotras la fuente”.

Estas auténticas seguidoras de Cristo permanecieron así firmes en la fe. Y de tal modo, que el propio Felipe Melanchthon, el número dos de Lutero, llegó a visitarlas personalmente, para intentar convencerlas. Pero nada consiguió, y salió admirado por la firmeza de la abadesa.

La resistencia de Sor Caridad y sus compañeras obligó al propio Felipe Melanchthon, el número dos de Lutero, a visitarlas personalmente para intentar convencerlas

La vida en el convento siguió su curso, siempre bajo la misma resistencia, hasta que en 1532 Sor Caridad recibió en el cielo el premio a su fidelidad a Cristo. Fue sucedida por su hermana Clara, y después por su sobrina Catalina. Desde un comienzo el Concejo había prohibido a las clarisas de recibir nuevas vocaciones, y las religiosas iban muriendo sin quien ocupara su lugar. La última de ellas, Sor Felicidad, falleció a los 91 años en 1591. El Concejo de la ciudad tomó entonces posesión del convento de estas heroicas resistentes de la Santa Iglesia.

Así desaparecieron aquellas 60 hijas de santa Clara, que llegaron a afirmar: “Nosotros sufriremos aquello que quiera Dios enviarnos, es mejor sufrir por causa del mal que consentir a hacer el mal”.

 

Fuente.-

*Cristina Siccardi, La resistencia antiluterana de Sor Caritas Pirckheimer in https://es.corrispondenzaromana.it/la-resistencia-antiluterana-de-sor-caritas-pirckheimer/.

Lutero en la Dieta de Worms frente a Carlos V, Anton Von Werner, Staatsgalerie Stuttgart, Alemania



  




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