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«Tesoros de la Fe» Nº 213

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El don de la filiación divina

La fe cristiana, única religión verdadera y querida por Dios

Mons. Athanasius Schneider

La verdad de la filiación divina en Cristo, que es intrínsecamente sobrenatural, es la síntesis de toda la revelación divina. La filiación divina es siempre un don gratuito de la gracia, el don más sublime de Dios para la humanidad. Este don se obtiene, sin embargo, solo a través de la fe personal en Cristo y de la recepción del bautismo, como el mismo Señor lo enseñó:

“En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’” (Jn 3, 5-7).

En décadas pasadas se oía a menudo, incluso de boca de algunos representantes de la jerarquía de la Iglesia, declaraciones sobre la teoría de los “cristianos anónimos”. Esta teoría dice lo siguiente: la misión de la Iglesia en el mundo consistiría, en el fondo, en suscitar en todos los hombres la conciencia de que deben tener su salvación en Cristo y por lo tanto de su adopción filial en Cristo; puesto que, según la misma teoría, cada ser humano tendría ya la filiación divina en lo hondo de su persona. Sin embargo, tal teoría contradice directamente la revelación divina, tal como Cristo la enseñó y como sus apóstoles y la Iglesia la han transmitido siempre, durante dos mil años, inmutablemente y sin sombra de duda.

En su ensayo Die Kirche aus Juden und Heiden (La Iglesia de los Judíos y los Gentiles) el conocido converso y exégeta Erik Peterson alertó en 1933 contra el peligro de tal teoría, al afirmar que no se puede reducir el ser cristiano (Christsein) al orden natural, en el que los frutos de la redención obrada por Jesucristo, serían generalmente atribuidos a cada ser humano como una especie de herencia, simplemente porque comparten la naturaleza humana con el Verbo Encarnado. Al contrario, la filiación divina no es un resultado automático, garantizado por el hecho de pertenecer a la especie humana.

San Atanasio (cf. Discurso contra los Arrianos [Oratio contra Arianos], II, 59) nos dejó una sencilla y a la vez precisa explicación de la diferencia entre el estado natural de los hombres como criaturas de Dios y la gloria de ser hijos de Dios en Cristo. San Atanasio desarrolla su pensamiento a partir de las palabras del Evangelio de San Juan, que dice: “A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios” (Jn 1, 12-13).

San Atanasio afirma que, como seres creados, los hombres pueden convertirse en hijos de Dios exclusivamente a través de la fe y el bautismo, recibiendo el Espíritu del natural y verdadero Hijo de Dios.
El Bautismo de Cristo, Bartolomé Esteban Murillo, 1655 – Óleo sobre lienzo, Gemäldegalerie, Berlín

San Juan usa la expresión “han nacido” para decir que el hombre se convierte en el hijo de Dios no por naturaleza sino por adopción. Este hecho muestra el amor de Dios, porque Aquel que es su Creador se convierte también en su Padre. Esto sucede, como dice el apóstol, cuando los hombres reciben en sus corazones el Espíritu del Hijo encarnado, que clama en ellos: “¡Abba, Padre!”. San Atanasio continúa su reflexión diciendo que, como seres creados, los hombres pueden convertirse en hijos de Dios exclusivamente a través de la fe y el bautismo, recibiendo el Espíritu del natural y verdadero Hijo de Dios. Precisamente por esta razón, el Verbo se hizo carne, para hacer a los hombres capaces de la adopción filial y participación en la naturaleza divina. Por lo tanto, estrictamente hablando, Dios por naturaleza no es el Padre de los seres humanos. Solo aquel que acepte conscientemente a Cristo y sea bautizado, podrá gritar en verdad: “Abba, Padre” (Rom 8, 15; Gál 4, 6).

Desde el principio de la Iglesia esto era afirmado, como lo atestigua Tertuliano: “Ningún cristiano nace, cristiano se hace” (Apol., 18, 5).Y san Cipriano de Cartago formuló esta verdad, diciendo: “No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por Madre” (De Unit., 6).

La tarea más urgente de la Iglesia en nuestros días consiste en ocuparnos del cambio del clima espiritual y del clima de migración espiritual. Desde el clima de no‑fe en Jesucristo y de rechazo a la realeza de Cristo, se debe producir un cambio hacia un clima de fe explícita en Jesucristo y de aceptación de su realeza. Los hombres deben migrar de la miseria del cautiverio espiritual de la no‑fe hacia la felicidad de ser hijos de Dios; y de la vida en pecado, migrar hacia el estado de gracia santificante. Estos son los migrantes con los que debemos ocuparnos urgentemente.

El cristianismo es la única religión querida por Dios, por lo tanto nunca puede ser puesto de manera complementaria junto a otras religiones. Quien apoyase la tesis de que Dios querría la diversidad de religiones, violaría la verdad de la Revelación Divina, como se halla inequívocamente afirmada en el primer mandamiento del Decálogo. De acuerdo con la voluntad de Cristo, la fe en Él y en su enseñanza divina debe sustituir a las otras religiones; pero no con fuerza, sino con una persuasión amorosa, como lo expresa el himno de Alabanzas (Laudes) de la fiesta de Cristo Rey: Non Ille regna gladibus, non vi metuque subdidit: alto levatus stipite, amore traxit omnia (No por la espada, la fuerza y el temor que somete a los pueblos, sino exaltado en la Cruz atrae amorosamente todas las cosas hacia Sí).

Solo hay un camino a Dios, y este es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy el camino” (Jn 14, 6). Solo hay una verdad, y esta es Jesucristo, porque Él mismo dijo: “Yo soy la verdad” (Jn 14, 6). Solo hay una vida verdaderamente sobrenatural, y esta es Jesucristo, porque Él mismo dijo: “Yo soy la vida” (Jn 14, 6).

El hijo de Dios Encarnado enseñó que fuera de la fe en Él no puede haber una verdadera religión que agrade a Dios: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará” (Jn 10, 9). Mandó a todos los hombres, sin excepción, que escucharan a su Hijo: “Este es mi hijo amado; escuchadlo” (Mc 9, 7). Dios no dijo: “Puedes escuchar a mi Hijo o a otros fundadores de religiones, pues es mi voluntad que haya religiones diferentes”.

San Cipriano de Cartago dijo: “No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por Madre”

Dios ha prohibido reconocer la legitimidad de la religión de otros dioses: “No tendrás otros dioses frente a mí” (Ex 20, 3) y “¿qué tienen en común la justicia y la maldad?, ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?, ¿qué concordia puede haber entre Cristo y Beliar?, ¿qué pueden compartir el fiel y el infiel?, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor 6, 14-16).

Si las otras religiones correspondieran igualmente a la voluntad de Dios, no habría condenación divina al culto del becerro de oro en tiempos de Moisés (cf. Ex 32, 4-20). Si así fuese, los cristianos de hoy podrían practicar impunemente la religión de un nuevo becerro de oro, ya que todas las religiones, según esta teoría, serían igualmente agradables a Dios.

Dios dio a los apóstoles —y a través de ellos a la Iglesia para todos los tiempos— la orden solemne de enseñar a todas las naciones y a los seguidores de todas las religiones la única fe verdadera, enseñándoles a observar todos sus mandamientos divinos y bautizarlos (cf. Mt 28, 19-20). Desde el comienzo de la predicación de los apóstoles y del primer Papa (san Pedro), la Iglesia siempre ha proclamado que en ningún otro nombre está la salvación. Es decir, no hay otra fe bajo el cielo, en la que los hombres pueden salvarse, que en el Nombre y la Fe en Jesucristo (cf. Hch 4, 12).

En palabras de san Agustín la Iglesia enseñó en todo momento: “Solo la religión cristiana indica el camino abierto a todos para la salvación del alma. Sin ella ningún alma se salvará. Esta es la vía regia, porque solo ella conduce no a un reinado vacilante para la altura terrenal, sino a un reino duradero en la eternidad estable” (De Civitate Dei, 10, 32, 1).

Las siguientes palabras del Papa León XIII dan testimonio de la misma enseñanza inmutable del Magisterio en todo momento, cuando afirma: “El gran error moderno del indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos es el camino oportunísimo para aniquilar todas las religiones, y en particular a la católica que, única verdadera, no puede sin una enorme injusticia ser puesta en un pie de igualdad junto a las demás” (encíclica Humanum Genus, n. 16).

En los últimos tiempos, el magisterio ha presentado sustancialmente la misma enseñanza inmutable en el documento Dominus Iesus (6 de agosto de 2000), del que citamos algunas afirmaciones relevantes:

“A menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones” (n. 7).

“Serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo” (n. 14).

“No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como ‘unicidad’, ‘universalidad’, ‘absolutez’, cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado” (n. 15).

“Sería contrario a la fe católica considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Estas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios” (n. 21).

La verdad de la fe excluye radicalmente esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que ‘una religión es tan buena como otra’” (Juan Pablo II, encíclica Redemptoris Missio, 36).

La adoración del becerro de oro, escuela alemana, c. 1600 – Colección particular

Los apóstoles y los innumerables mártires cristianos de todos los tiempos, especialmente los de los tres primeros siglos, habrían evitado el martirio si hubieran dicho: “La religión pagana y su culto es algo que también corresponde a la voluntad de Dios”. No habría habido, por ejemplo, una Francia cristiana (“hija primogénita de la Iglesia”), si san Remigio le hubiera dicho a Clovis, rey de los francos: “No debes abandonar tu religión pagana; puedes practicar la religión de Cristo con tu religión pagana”. De hecho, el santo obispo habló de manera diferente, aunque de forma bastante rigurosa: “¡Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado!”.

La verdadera fraternidad universal solo puede existir en Cristo, es decir, entre los bautizados. La gloria plena de la filiación divina solo se alcanzará en la visión bienaventurada de Dios en el cielo, como lo enseña la Sagrada Escritura:

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 1-2).

Ninguna autoridad en la tierra —ni siquiera la autoridad suprema de la Iglesia— tiene el derecho de dispensar a cualquier seguidor de otra religión de la fe explícita en Jesucristo, es decir, de la fe en el Hijo de Dios encarnado, único Redentor de los hombres; y tampoco tiene el derecho de asegurarles que las diferentes religiones son deseadas por el mismo Dios. Al contrario, las palabras del Hijo de Dios permanecen indelebles, porque están escritas con el dedo de Dios y son cristalinas en su significado: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios” (Jn 3, 18).

Algunas personas en la Iglesia de nuestro tiempo —tan inestables, cobardes, sensacionalistas y conformistas— reinterpretan esta verdad en un sentido contrario al tenor de las palabras, colocan esta reinterpretación como una continuidad en el desarrollo de la doctrina. Pero esta verdad fue válida hasta ahora en todas las generaciones cristianas y así permanecerá hasta el fin de los tiempos. Fuera de la fe cristiana, ninguna otra religión puede ser un verdadero camino y ser querida por Dios, porque esta es la voluntad explícita de Dios: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna” (Jn 6, 40).

Fuera de la fe cristiana, ninguna otra religión es capaz de transmitir la verdadera vida sobrenatural, de acuerdo con la oración que el mismo Cristo dirigió al Padre: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

 

* Mons. Schneider es obispo auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima de Astaná, Kazajistán, Asia Central.



  




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