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«Tesoros de la Fe» Nº 214

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Santa María Francisca de las Cinco Llagas

Terciaria franciscana, devotísima del sublime misterio de la Santísima Trinidad, vivió en constante agonía unida a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Plinio María Solimeo

Vamos a presentar este mes la vida de una santa que, a pesar de ser una gran mística y con especial fama de milagrosa, es poco conocida en América Latina. Se trata de santa María Francisca, canonizada por el beato Pío IX en 1867. Con una vocación extraordinaria para el sufrimiento, enfrentó persecuciones de los hombres y de los demonios, recibió los estigmas de Cristo y participaba de su Pasión. Es una santa digna de ser venerada, aunque no pueda habitualmente ser imitada, a no ser por quien sea llamado a una vocación semejante.

Expondremos aquí algunos aspectos de su santidad, accesibles a la comprensión de todos los cristianos.

Instruida por su ángel de la guarda

Ana María Rosa Nicoletta nació el día de la Anunciación, 25 de marzo de 1715, en Nápoles, hija de Francisco Gallo y de Bárbara Basinsi, ambos de condición modesta. A los cuatro años de edad le pidió a su madre que la llevara a la iglesia para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Obtuvo también, por entonces, el privilegio de poder confesarse —aún siendo un ángel de pureza— pero tuvo que esperar hasta cumplir los siete años de edad para hacer su primera comunión. Más adelante, debido a su sorprendente madurez, su confesor le permitió comulgar diariamente, un verdadero privilegio para la época. Ana María fue instruida en las verdades eternas por su propio ángel de la guarda, que se le aparecía visiblemente.

En dicho santuario hay una silla donde María Francisca se sentaba, en la que muchas mujeres, que desean un parto feliz o tener un hijo, lo hacen para obtener esa gracia, confiando en la intercesión de la santa

Al llegar a la adolescencia, su padre la ocupó en la pequeña fábrica de pasamanería familiar, donde laboraban su madre y sus hermanas. Ana María supo conciliar el trabajo con la vida de piedad. Auxiliada por su santo ángel, este hacía parte de la tarea que le era encomendada, para que ella destinara más tiempo a la oración.

Sobre las relaciones de Ana María con su ángel de la guarda, comenta un hagiógrafo: “Ella tenía una tierna devoción por su ángel tutelar, y se esforzaba en inspirarla a los demás. Su presencia casi continua, y las frecuentes conversaciones con ese espíritu celestial le obtenían gran fuerza y viva alegría. Era él, decía la santa, quien tomaba su defensa contra las embestidas y asaltos de su padre, y sus oraciones le obtenían de lo alto los preciosos e innumerables socorros de los que tenía necesidad. En su escuela y gracias a sus lecciones, ella aprendió a discernir las verdaderas apariciones de las falsas y a mantenerse en guardia contra las ilusiones del demonio. El ángel le dio, como regla de discernimiento, siempre que se presentaban ante ella, saludarlas con los santos nombres de Jesús y de María; asegurándole que en aquellos nombres encontraría la luz para su espíritu, la fuerza para su corazón y un refugio seguro contra toda potencia enemiga”.1

Las mencionadas embestidas de su padre buscaban inducirla a vivir como todas las demás doncellas de su edad y a desistir de su deseo de hacerse religiosa, en lugar de empeñarse en la oración constante.

Se entrega a Dios sin reservas

Cuando cumplió los dieciséis años de edad, su padre quiso casarla con un acaudalado caballero, que había pedido su mano. Pero ella lo rechazó, diciéndole: “Padre mío, no puedo hacer su voluntad, porque estoy resuelta a dejar el mundo y tomar el hábito religioso en la Tercera Orden de San Francisco, para lo cual desde ya le pido autorización”.2

La casa de la santa en Nápoles, convertida en popular santuario

Su determinación fue un rudo golpe para aquel codicioso padre, quien juzgaba que el pretendido enlace sería una ocasión para mejorar la situación económica de la familia. Por eso empleó todos los medios para convencer a su hija de ceder, llegando hasta la agresión física. Después la encerró en un cuarto de la casa durante varios días, ofreciéndole pan y agua como único alimento. Finalmente, la intervención de un religioso muy respetable llevó a Francisco a conceder la autorización requerida.

Ana María fue admitida en la Tercera Orden de San Francisco, según la reforma de san Pedro de Alcántara, en 1731, escogiendo los nombres de María, por devoción a la Santísima Virgen, Francisca, por devoción a san Francisco, y de las Cinco Llagas, por devoción a la sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Las terciarias franciscanas vivían en el mundo, aunque observando una regla que estipulaba ayunos, penitencias, disciplinas y las oraciones diarias de la Orden. Se reunían en el templo a ciertas horas del día para la oración en común.

Devotísima de la Pasión de Cristo, santa María Francisca practicaba diariamente el ejercicio del Via Crucis, recorriendo las diversas estaciones en la iglesia parroquial. Era tan grande el dolor y el sentimiento con que rezaba este piadoso ejercicio, que algunas veces se desmayaba entre una y otra estación.

Habiendo fallecido su madre, el padre, con el deseo de casarse de nuevo, quiso poner sobre sus hombros el sustento y el cuidado de la familia, que constaba entonces de cuatro miembros a quienes debía alimentar y vestir. Con dificultad, la santa se libró de ese encargo, alegando su mala salud. Sin embargo, su avariento padre empezó a cobrarle el alquiler del pequeño ambiente que ocupaba en la casa, viéndose obligada a recurrir a sus benefactores para pagarlo y así atender al requerimiento familiar.

En 1763 santa María Francisca conoció, por una revelación divina, que el reino de Nápoles sería desolado por una gran hambruna seguida de una terrible epidemia. Ella misma fue contagiada por dicha enfermedad y se le administraron los últimos sacramentos, estando a las puertas de la muerte.

Las grandes devociones de santa María Francisca

Casa donde nació santa María Francisca

Una de las grandes devociones de María Francisca fue el sublime misterio de la Santísima Trinidad. Ella exclamaba: “¡Oh! ¡Cómo no morir, cómo no dar mi vida como testimonio de mi fe por este gran misterio de la Santísima Trinidad! ¡Cómo no poder, al precio de mi sangre, hacerlo conocido y adorado por todos los hombres!”. La adoración de la Santísima Trinidad era para ella el primero y el último acto del día. Cuando alguien quería discutir con ella este u otro misterio de nuestra fe, respondía: “No le es permitido a un vil gusano de la tierra querer escrutar y comprender los misterios más sagrados de la sabiduría divina, sin una presunción temeraria; muchos cayeron en la incredulidad y se perdieron para siempre por querer discutir esos misterios”.3

Su devoción a Jesús sufridor no tenía límites. María Francisca consagraba todos los viernes del año a la meditación de la Pasión. Tuvo el privilegio de recibir los sacrosantos estigmas de Jesucristo y participar de sus sufrimientos en la Pasión, por la salvación de los pecadores. Ella sentía en su cuerpo los padecimientos de Cristo en su dolorosa Pasión especialmente los días viernes de Cuaresma.4

María Francisca poseía una confianza tan viva y un amor tan ardiente a la Santísima Virgen, que nunca rezaba sin haber recurrido a Ella. Y esta devoción la inculcaba a los demás: “Sed verdaderamente devotos de María; encomendaos a Ella y obtendréis de Dios todas las gracias que deseáis”.5 Las invocaciones a la Virgen María le eran tan provechosas, que meditaba sobre cada una de ellas para obtener el mayor provecho. Se preparaba para las fiestas de la Santísima Virgen con oraciones, ayunos y mortificaciones, rezando diariamente en su honor el rosario y la Letanía Lauretana.

Del mismo modo se preparaba para las fiestas de los santos ángeles, que celebraba con todo fervor. Como estaba siempre enferma, Nuestro Señor la encomendó al arcángel san Rafael, que la socorrió y curó varias veces. Ella amaba también tiernamente a san Miguel, su defensor contra los ataques del demonio, y a san Gabriel, el ángel de la Anunciación.

Santa María Francisca tampoco se olvidaba de las almas que sufren en el Purgatorio. Prácticamente todas las limosnas que recibía las empleaba en encomendar misas por las santas almas. Procuraba asimismo ganar a su favor todas las indulgencias posibles. Cuando sus enfermedades la retenían en el lecho, recomendaba a los sacerdotes y a quienes la iban a visitar, de ganar muchas indulgencias en favor de las benditas almas.

Especial amor a la virtud de la obediencia

Una de las virtudes que más repugnan al orgullo humano es la de renunciar a la propia voluntad para hacer la de los demás. Por eso, en la vida religiosa, ella es objeto de un voto, según el consejo del Redentor: “El que quiera venir en pos mí, que se niegue a sí mismo” (Mc 8, 34). María Francisca se despojó por completo de la voluntad propia, y vivía solo de la obediencia. Cuando le preguntaban cuál es la virtud que más le agradaba, decía: “Todas las virtudes me agradan, pero la mayor es la de no oponernos nunca a la voluntad de aquellos que tienen el derecho de mandarnos”.6

Imagen de la santa que contiene sus reliquias

Santa María Francisca tenía igualmente una gran veneración por la Santa Iglesia, por sus mandamientos y sus máximas, buscando inculcar esa devoción en todos los que la rodeaban. Decía: “Todo cristiano está obligado a creer y a obedecer ciegamente aquello que la Santa Iglesia enseña. Nadie debe olvidar la obediencia y sumisión debida al Sumo Pontífice”.7

Santa María Francisca era consultada por sacerdotes, religiosos y personas piadosas por sus sabios consejos. Por eso, su fallecimiento, acaecido el 6 de octubre de 1791, fue un verdadero triunfo. Los innumerables milagros alcanzados por su intercesión llevaron al Papa Pío VII a declararla venerable el año 1803. Su canonización le incumbiría al imperecedero beato Pío IX, 64 años después.

 

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. XII, p. 107.

2. José Leite SJ, Santos de Cada Día, Editorial A.O., Braga, 1987, t. III, p. 136.

3. Les Petits Bollandistes, op. cit. p. 111.

4. Cf. Ferdinand Heckmann, St. Mary Frances of the Five Wounds of Jesus, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.

5. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 111.

6. José Leite, op. cit. p. 137.

7. Id., ib.



  




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