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«Tesoros de la Fe» Nº 216

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Donde hay virtud, florece la nobleza de sentimientos y la cortesía

Plinio Corrêa de Oliveira

Retablo de la Virgen de Guadalupe con san Juan Bautista, fray Juan de Zumárraga y Juan Diego, Miguel Cabrera, s. XVIII – Óleo sobre cobre, Museo Nacional de Arte, México

A respecto del diálogo sostenido entre la Virgen de Guadalupe y san Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531 (ver recuadro en la siguiente página), se pueden hacer varios comentarios. De estos, creo que el más interesante es aquel en que se ha insistido menos, sobre la actitud de Juan Diego hacia la Santísima Virgen y el lenguaje que él utiliza.

Digo esto porque los otros aspectos de la cuestión —a saber: que la Virgen María se complace en aparecer a los humildes, que procura a personas sencillas para enviar mensajes a los grandes, que busca almas castas para que sean sus portavoces— se han resaltado en tantas apariciones, que me parece que no hay una razón especial para insistir en ello.

Pero el lenguaje y la actitud del indio hacia la Santísima Virgen tienen un sabor extraordinario. Ella lo trata como a un hijo de una nación que está en decadencia, de un pueblo que está desapareciendo, pero es un alma pura, un alma simple. Luego lo trata con afecto ex­traordinario, casi como se hace con un niño. Vemos la predilección que la Virgen María tiene no solo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos, sino —porque Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud— el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud. ¡Cómo le habla a estas almas con una ternura completamente particular!

Luego tenemos la actitud de Juan Diego hacia la Virgen: le dirige la palabra como un verdadero cortesano, saluda a la Santísima Virgen, le pregunta cómo está, si se encuentra bien… y después de haber descrito el fracaso de su misión, se comporta como un verdadero diplomático y le explica la razón humana de su revés. Al mismo tiempo, manifiesta su deseo de no aparecer, de no brillar. Vean ustedes todas las cualidades de alma que aquí traslucen.

Resultado: La Virgen aprecia su actitud, sonríe para el consejo diplomático, pero no lo acepta. Al contrario, le exige que vuelva. Juan Diego, obediente, regresa, porque no es perezoso, no le hace resistencia, es hijo de la obediencia. ¿Recibió una orden? ¿La Virgen lo quiere? Entonces, ¡lo intenta nuevamente!…

Nuestra Señora reprodujo su imagen en el manto o tilma de Juan Diego, que murió en olor de santidad (fue beatificado en 1990 y canonizado en 2002, durante el pontificado de Juan Pablo II).

 

El día 12 de diciembre se conmemora la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América. En el libro de Edesia Aducci, “María y sus títulos gloriosos”, puede leerse el siguiente diálogo entre la Santísima Virgen y el vidente Juan Diego:

Primera aparición.- La Virgen María, hablando en lengua náhuatl, se dirige a Juan Diego: “Hijo mío, a quien amo tiernamente, como a un hijo pequeñito y delicado, ¿adónde vas?”. Él responde: “Voy, noble Señora mía, a la ciudad, al barrio de Tlaltelolco, a oír la santa misa que nos celebra el ministro de Dios y súbdito suyo”.

Nuestra Señora: “Sabes, hijo muy querido, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y es mi deseo que me erijan un templo en este lugar, de donde, como piadosa Madre tuya y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo por los naturales y por aquellos que me aman y procuran; escucharé sus ruegos y súplicas, para darles consuelo y alivio; y, para que se realice mi voluntad, has de ir a la ciudad de México, dirigiéndote al palacio del obispo que allí reside, al cual dirás que yo te envío y que es voluntad mía que me edifique un templo en este lugar; referirás cuanto viste y oíste; yo te agradeceré lo que por mí hicieres a este respecto, te daré prestigio y te exaltaré”.

Juan Diego: “Ya voy, nobilísima Señora mía, a ejecutar tus órdenes, como humilde siervo tuyo”.

Segunda aparición.- Juan Diego regresa del palacio del obispo, el mismo día por la tarde. La Santísima Virgen lo esperaba. “Mi muy querida Reina y altísima Señora, hice lo que me ordenaste, y aunque no pude entrar a hablar con el señor obispo sino después de mucho tiempo, le comuniqué tu mensaje, conforme me ordenaste; me escuchó afablemente y con atención; pero, por su actitud y por las preguntas que me hizo, entendí que no me había dado crédito; por tanto, te pido que encargues de eso a una persona (…) digna de respeto, y en quien se pueda confiar, porque bien sabes, mi Señora, (…) que este negocio al que me envía no es para mí; perdona, mi Reina, mi atrevimiento, si me aparté del respeto debido a tu grandeza; que yo no haya merecido tu indignación, ni te haya desagradado mi respuesta”.

La Virgen insiste con Juan Diego. Este regresa donde el obispo y el prelado exige una señal de la aparición. Vuelve el buen indio [al Tepeyac] y Nuestra Señora le ordena que regrese al día siguiente, al mismo lugar, para que Ella cumpla el deseo del obispo; pero Juan Diego, que necesitaba llamar a un sacerdote para que asista a su tío, que había enfermado gravemente, se desvía del camino acordado, seguro de que la Virgen no lo vería. Pero he aquí que Ella se le aparece en otro lugar.

Tercera aparición.- La Virgen le dice: “¿A dónde vas, hijo mío, y por qué tomaste este camino?”.

Juan Diego: “Mi muy amada Señora, ¡Dios te guarde! ¿Cómo amaneciste? ¿Estás con salud?… No te fastidies con lo que te voy a decir: está enfermo un siervo tuyo, mi tío, y yo voy de prisa a la iglesia de Tlaltelolco, para traer un sacerdote para confesarlo y ungirlo, y después de hecha esta diligencia volveré a este lugar, para obedecer tu orden. Perdóname, te pido Señora mía, y ten un poco de paciencia, que mañana volveré sin falta”.

Nuestra Señora: “Escucha, hijo mío, lo que te voy a decir: no te aflija cosa alguna, ni temas enfermedad ni otro accidente penoso. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi protección y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y no andas por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?… No te preocupes por la enfermedad de tu tío, que ahora no morirá, y ten certeza de que ya está curado”.

 

Virtud y buenos modales

La Virgen de Guadalupe se apareció en diciembre de 1531 al indio Juan Diego, dejando impresa su imagen sobre una tilma, con los símbolos de la Inmaculada Concepción. En este episodio, la Santísima Virgen demostró una gran ternura hacia los indígenas, que se vio reflejada en el desvelo de tantos misioneros como santo Toribio de Mogrovejo y san Francisco Solano

Aquí tienen un principio que deseo resaltar: donde existe verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, los nobles modales. Por el contrario, donde la virtud muere, los nobles modales, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo…

Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe cómo tener delicadeza de modales, y sabe tratar a la Santísima Virgen con respeto, con verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviera delicadeza de alma, podría ser un hidalgo, pero no trataría a la Madre de Dios con verdadera hidalguía.

Lo que, a su vez, prueba lo siguiente: si la civilización occidental desarrolló los buenos modales, la hidalguía en el trato, el señorío, el garbo, el tono aristocrático hasta un punto donde nunca civilización alguna llegó, eso se debe a que hubo una Edad Media, donde estas cosas nacieron y continuaron desarrollándose incluso después del final de esa época. Hubo un momento de gran virtud, de gran piedad, donde las almas estaban ávidas de nobleza en el trato, de delicadeza, de grandeza. Y como las costumbres nacen de la avidez de las almas buenas o malas, de ahí germinó, en el suelo sagrado de la Europa cristiana, toda la cortesía occidental, hija precisamente de esa piedad y virtud.

Cuando estalló la Revolución, que quebró la vida espiritual de Europa, cuando los principios igualitarios entraron en el espíritu del europeo, comenzó inmediatamente la decadencia. ¿Por qué? Porque bajo este punto de vista, Revolución, igualitarismo, falta de delicadeza de sentimientos y falta de nobleza de modales son cosas completamente relacionadas. Y no puede tener nobleza de modales, ni delicadeza de sentimientos, quien es igualitario. Quien es igualitario tiene dentro de sí lo contrario: es egoísta, brutal, tiende para el régimen de masas, no quiere reconocer los méritos y las cualidades de los demás sino, al contrario, quiere sujetar toda la vida social y toda convivencia humana —y por lo tanto, todo el trato de las almas— a una dura, fría y ruda igualdad.

El igualitarismo en la raíz de la decadencia occidental

Entonces tenemos una disminución del tono aristocrático de Europa y la aparición de esa cosa monstruosa que es el estilo hollywoodiano, que es exactamente el igualitarismo y la falta de elevación en el trato. Pero tenemos, además, como una etapa posterior de la Revolución, el igualitarismo soviético total, la crueldad soviética, la brutalidad soviética, que es el extremo opuesto de aquella delicadeza que germinó en el alma virginal, sobrenatural y tan delicada de nuestro buen Juan Diego.

Así, se comprende bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Y, por el contrario, los modales triviales, bajos, igualitarios, brutos, son precisamente el fruto de la Revolución y del demonio.

Aquí tienen un comentario a respecto de los modales y del alma de este buen Juan Diego. ¡Que Nuestra Señora de Guadalupe ruegue por nosotros!

 

* Extracto de una conferencia para jóvenes del 12 de diciembre de 1966.



  




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Nº 225 / Septiembre de 2020

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