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«Tesoros de la Fe» Nº 5 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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Jesucristo, al tratar de “mujer” a su Madre, ¿la estaba humillando?


PREGUNTA

Noté una aparente contradicción entre un trecho del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, de San Luis María Grignion de Montfort, y La Palabra del Sacerdote de febrero pasado. En esta última Ud. escribe: “Dejemos al cuidado del lector repasar el episodio de la Cena de Caná, en que Nuestro Señor también llamó a su Madre «mujer», para constatar que ahí no hay nada de poco respetuoso. .... Tal ejercicio valdrá como provechosa meditación sobre la inmensa ternura e intimidad de la relación entre Nuestro Señor y su Madre Santísima”. Y en el Tratado, nº 5 de la Introducción, encontré esta frase: “María es la Madre admirable del Hijo, a quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante la vida, para fomentar su humildad, llamándola mujer, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la apreciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres”. Mi duda es la siguiente: al fin de cuentas, al tratar a su Madre de mujer, Jesús la estaba humillando o actuando de acuerdo con las costumbres de la época y de la región?


RESPUESTA

Mi apreciado lector se siente perplejo al notar una “aparente contradicción” entre lo escrito en esta sección y el inigualable Tratado de la Verdadera Devoción. Más perplejo tal vez quedará al saber que la opinión expresada en La Palabra del Sacerdote no es opinión personal, sino respuesta común de apologistas (polemistas que defienden la doctrina católica) y exegetas (que interpretan las Sagradas Escrituras) a esa dificultad frecuentemente levantada por objetores. Entonces, el problema es más complicado de lo que parece a primera vista: ¿puede haber tales divergencias —¡no sólo aparentes, sino también reales!— entre lo que enseñan teólogos católicos de alto renombre y lo que predican los santos?

Es preciso aquí considerar que la Revelación está toda ella contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y es infalible porque Dios no miente. Y la Santa Iglesia Católica es la depositaria y portavoz de ese inmenso tesoro de Fe, de valor infinito. Sin embargo, esa Revelación infalible, al ser trasmitida a los hombres, tiene que adaptarse a las contingencias del lenguaje humano, sujeto a oscuridades e imprecisiones. Y aquí entra el noble papel de los teólogos católicos, buscando interpretar y esclarecer aquello que, a primera vista, puede ofrecer alguna dificultad para un recto entendimiento. Así también es papel de los teólogos sacar de las verdades reveladas conclusiones que se apliquen a las diversas contingencias del peregrinar de los hombres sobre la Tierra. Esto forma en la teología católica un maravilloso conjunto de verdades, sus interpretaciones y sus consecuencias lógicas.

Dogmas y verdades de Fe

Es tal la solidez de los principios católicos, tan imponente el edificio doctrinario de la Iglesia, que los fieles son llevados a pensar que no puede haber la mínima discrepancia entre lo que enseñan los grandes Santos y Doctores, como hasta el más humilde catequista.

Esto es válido para las verdades de Fe propuestas por la Iglesia como dogmas: en este punto no puede realmente haber discrepancias, y basta negar —o incluso sólo poner en duda con pertinacia— tan sólo un dogma de Fe, para que la persona sea excluida de la Iglesia (excomulgada). Hay una asistencia especial del Espíritu Santo para que la Iglesia, en cuanto tal, no caiga en el error. Pues Ella no es solamente la guardiana de la verdad revelada, sino también su intérprete infalible, de manera que, cuando la Iglesia declara oficialmente un dogma de Fe, éste no contiene ningún error.

Hay, sin embargo, otros puntos que alcanzaron tal consenso entre los teólogos, que son considerados como verdades de Fe, pero aún no fueron declarados dogmas. En este caso, esas verdades deben ser reverentemente acatadas, y nadie puede negarlas sin pecar de temeridad, a menos que sea un autorizado teólogo que presente sus argumentos en círculos de alto nivel, y evite discutirlos públicamente.

Otros puntos, por fin, no han llegado a adquirir ese estado de consenso entre los teólogos, pero están próximos de serlo, razón por la cual son considerados como verdades próximas de la Fe. Son puntos que caminan a volverse verdades de Fe. Un católico de buen espíritu las aceptará, por lo tanto, dócilmente, sin levantar dudas temerarias.

En un grado más abajo están las tesis aún en discusión entre los teólogos. Por ejemplo, cuando Pío XII proclamó el dogma de la Asunción de Nuestra Señora, declaró que Ella está en el Cielo en cuerpo y alma, sin embargo no definió el punto controvertido, si Nuestra Señora murió o no. Aunque la corriente mayoritaria hoy en día opte por la tesis de que Ella efectivamente pasó por la muerte, porque así se volvía más semejante a su Divino Hijo, la otra corriente tiene buenos argumentos para sustentar que no murió, porque eso condecía más con su Inmaculada Concepción y la dignidad de Madre de Dios. Vacilando entre las dos tesis, los teólogos designan prudentemente el hecho como la “Dormición de María”, incluso porque, si Ella murió, tal hecho se dio tan serenamente como alguien que entra en un sueño tranquilo.

En cuanto a la interpretación de numerosos puntos de la Sagrada Escritura, los exegetas no siempre coinciden. Los estudios prosiguen, y de ahí van decantando –a veces a lo largo de siglos– nuevos consensos que son propuestos a los católicos, con mayor o menor grado de certeza, por el Magisterio de la Iglesia.

No se puede dejar de admirar la sabiduría de la Iglesia, que se manifiesta en esa gradación de las verdades que propone a la aceptación de los fieles, desde dogmas incuestionables hasta meras hipótesis teológicas, libremente discutibles.

Evidentemente excluimos de nuestra apreciación a los llamados “teólogos progresistas”, que comenzaron a hacer afirmaciones contrarias a la doctrina siempre enseñada por los Papas y por los Doctores de la Iglesia. Éstos constituyen un cuerpo extraño dentro de la Iglesia, y sus afirmaciones no pueden ser consideradas como teología católica. Algunos de ellos, incluso, ya se apartaron ostensivamente de la Iglesia, como es el caso del ex-fraile Leonardo Boff; otros continúan dentro de Ella, más preocupados en hacer valer sus opiniones personales y no la enseñanza católica.

Tales teólogos —los progresistas— son los descendientes y herederos de los modernistas (tal es el nombre con que vulgarmente, y con razón, son llamados) y que “con astucisísimo engaño suelen presentar sus doctrinas” .... “No se apartará, por lo tanto, de la verdad quien los tuviere como los más peligrosos enemigos de la Iglesia. –Éstos en verdad, como dijimos, no ya fuera, sino dentro de la Iglesia, traman sus perniciosos consejos, y por esto, es por así decir en las propias venas y entrañas de Ella que se encuentra el peligro, tanto más ruinoso cuanto más íntimamente ellos la conocen” (San Pío X, Encíclica Pascendi).

Las Bodas de Caná

Las bodas de Caná

Es el momento de analizar la escena de las bodas de Caná, así descrita en el Evangelio de San Juan (2, 1-11):

“Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado. En esto dijo la madre de Jesús a éste: No tienen vino. Díjole Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora. Dijo la madre a los servidores: Haced lo que Él os diga.

“Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas [medida de volumen]. Díjoles Jesús: Llenad las tinajas de agua. Las llenaron hasta el borde, y Él les dijo: Sacad ahora y llevadlo al maestresala [el encargado de la fiesta]. Se lo llevaron, y luego que el maestresala probó el agua convertida en vino —él no sabía de dónde venía, pero lo sabían los servidores, que habían sacado el agua—, llamó al novio y le dijo: Todos sirven primero el vino bueno, y cuando están ya bebidos, el peor; pero tú has guardado hasta ahora el vino mejor. Éste fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos”.

La intercesión de Nuestra Señora

La explicación común de los polemistas católicos es que en la respuesta de Jesús a su Madre nada hay de falta de respeto. Nuestro Señor quiere tomar distancia del acontecimiento y adopta un tono noble y solemne: “Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora”. Inspirada por el Espíritu Santo, Nuestra Señora entiende que es llegada la hora de iniciar y dar a conocer su misión de intercesora. Por eso manda que los siervos hagan lo que Jesús les ordenare. Se sigue el milagro estupendo. La interpretación de los exegetas es unánime (inclusive, obviamente, de San Luis Grignion y el Tratado, nos 19 y 198): en atención al pedido de su Madre, Jesús adelanta su hora que, según acababa de declarar, aún no había llegado. ¡La glorificación de María no podía ser mayor!

¿Por qué, entonces, San Luis Grignion dice que Jesús quiso humillarla, llamándola “mujer, como si se tratara de una extraña”? Es una libertad que escritores y oradores sacros suelen tomar, aislando una frase de su contexto, para hacer comprender mejor el tema moral o espiritual que están explanando.

En el tema enfocado por San Luis Grignion —que consistía en mostrar cómo Jesús mantenía a María oculta a los ojos de los hombres, para favorecer su humildad— la respuesta de Jesús parecía servirle como ejemplo de humillación (es preciso, en todo caso, no confundir humillación con falta de respeto, pues, como decía Santa Teresa, la humildad es la verdad, y Nuestro Señor estaba apenas recordando a su Madre que solamente a Él le cabía decidir la hora de manifestar su divinidad, obrando milagros).

En un episodio altamente glorioso para María, San Luis Grignion destaca una frase que consideraba ir en el sentido de su tesis, esto es, realzando su humildad.

A pesar de todo, prevalece entre los exegetas la explicación según la cual el uso de la expresión “mujer” es un modismo oriental, que se aplica también a las personas más queridas y dignas de respeto. Tal discrepancia no desmerece, en absoluto, a San Luis Grignion, ni invalida su tesis, que es perfectamente verdadera.

Por lo demás, en el propio Tratado, si bien que en otro contexto, el mismo San Luis Grignion contrapone las amarguras que María Santísima sufrió en el Calvario a las alegrías que Ella sintió en las bodas de Caná (nº 110).

Son libertades literarias que, como dijimos, un orador sacro (y también no sacro) puede tomar, para exponer mejor su tema.

Esa flexibilidad de espíritu es normal en un alma católica, al contrario del racionalismo protestante, que es yerto e inflexible.     





  




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Nº 207 / Marzo de 2019

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