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«Tesoros de la Fe» Nº 45 > Tema “Espíritu de familia”

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Tradiciones Familiares


Probando los anteojos de la abuela, Theodore Gerard, 1867 — colección privada


La solución para evitar la introducción de leyes contrarias a la institución de la familia —junto a una indispensable acción sobre la opinión pública— consiste en imbuir a los propios hijos de las tradiciones familiares, pues, mientras éstas perduraren, aquellos actos legislativos siempre encontrarán una sana resistencia.


La tarea de hacer renacer las tradiciones en las familias puede y debe ser la obra de cada uno en su propio medio social. Sólo se puede esperar la abolición de las leyes revolucionarias a partir de un gran movimiento de opinión. Pero lo que cada uno puede hacer es reavivar en su ambiente el espíritu de familia. Así, hará a los suyos el mayor bien posible, y al mismo tiempo preparará la renovación de la sociedad.

Porque es necesario que existan tradiciones sustentando las leyes, para que éstas tengan la fuerza que el asentimiento del corazón les proporciona; de la misma forma que es necesaria la educación familiar para sustentar las tradiciones, mantenerlas, hacer que ellas se vuelvan el principio de las costumbres, sin las cuales las buenas leyes no son nada, y contra las cuales las leyes nada pueden.

Transmisión de las «tradiciones de familia»

Hoy se presencian impasiblemente hechos que habrían indignado a los pueblos más bárbaros de la antigüedad pagana. En las escuelas, donde antes se enseñaba a los niños a conocer, amar y glorificar a Dios, ahora se forman —por acción u omisión de los responsables— personas sin religión y sin moral.

Elogios de San Pío X a
Mons. Delassus

Con ocasión de su jubileo de oro sacerdotal, Mons. Henri Delassus (1836-1921), autor de la presente serie de artículos de la sección S.O.S. Familia, recibió del memorable Pontífice la siguiente carta:

Hemos sabido con alegría que dentro de pocos días completaréis el quincuagésimo año de vuestro sacerdocio. Os felicitamos de todo corazón, pidiendo a Dios para vos todo género de prosperidades.

Nos sentimos llevados a este acto de benevolencia que tanto merecéis, bien lo sabemos, tanto por vuestra devoción a Nuestra Persona como por los testimonios inequívocos de vuestro celo por la doctrina católica que defendéis, así como por la disciplina eclesiástica que mantenéis, así como, en fin, por todas estas obras católicas que sostenéis y de las cuales tiene nuestra época tan gran necesidad.

A causa de tantos santos trabajos es de todo corazón que os dispensamos estos merecidos elogios y os concedemos, con toda buena voluntad, querido hijo, la Bendición Apostólica, al mismo tiempo prenda de gracias celestiales y testimonio de nuestra benevolencia.

Dada en Roma, a los pies de San Pedro, el 14 de junio de 1912, noveno año de nuestro pontificado.

Pío X, Papa


Actes de Pío X, Maison de la Bonne Presse, París, 1936, t. VII, p. 238.

¿De dónde viene esa impasibilidad? Del hecho que ya no existan en los espíritus ideas claras ni principios sólidamente establecidos en las almas, sino sólo ideas vagas y fluctuantes, incapaces de inflamar los corazones. ¿Y por qué las ideas en nuestros días fluctúan de ese modo? Porque las ideas-matrices, las ideas-principios no fueron impresas en las almas de los niños por padres a los que les fueron inculcadas por las enseñanzas de los abuelos, a su vez imbuidos de esas verdades por los antepasados. En una palabra, porque las familias ya no tienen tradición.

Había antaño una idea muy difundida, una idea casi religiosa, asociada a la expresión tradiciones de familia, entendida ésta en su mejor significado, que designaba una herencia de verdades y de virtudes, en el seno de las cuales se formaron los caracteres que forjaron la duración y la grandeza de una casa.

Hoy en día esa expresión no significa nada para las nuevas generaciones. Éstas surgen un día para desaparecer al siguiente, sin haber recibido y sin dejar después de ellas aquel conjunto de recuerdos y afectos, de principios y costumbres, que otrora se transmitían de padres a hijos y daban a las familias que les eran fieles la posibilidad de ascender en la sociedad. Toda familia que tiene tradiciones las debe, de modo general, a uno de sus antepasados, en el cual el sentimiento del bien fue más fuerte que en el común de los hombres, y al cual le fueron dadas la sabiduría y la voluntad para inculcarlas a los suyos.

Progreso moral

“La verdad es un bien —dice Aristóteles—, y una familia en la cual los hombres virtuosos se suceden es una familia de hombres de bien. Esta sucesión de virtudes tiene lugar cuando la familia se remonta a un origen bueno y honesto, pues es propio de un principio el producir muchas cosas semejantes a sí mismo. Por lo tanto, cuando existe en una familia un hombre tan unido al bien que su bondad se comunica a sus descendientes durante muchas generaciones, de ahí se deriva necesariamente una familia virtuosa”.

Todo hombre que quiera formar una familia virtuosa debe persuadirse enseguida de que su deber no se limita —como lo quiso Rousseau— a proveer a las necesidades físicas de su hijo mientras no tengan medios de proveerlas por sí mismo. Debe darle también una educación intelectual, moral y religiosa.

Los animales tienen fuerzas y recursos para satisfacer las necesidades corporales de la prole, y esto les basta. Pero el niño, ser moral, tiene muchas otras necesidades, y es por eso que Dios dio a los padres, además de la fuerza, la autoridad para educar la voluntad de sus hijos y hacerlos entrar, mantenerse y progresar en el camino del bien. Dios quiso que esa autoridad fuese permanente, porque el progreso moral es obra de toda una vida. Según los designios de la Providencia, el progreso debe desarrollarse y crecer con la edad, y por eso es necesario que la familia humana no se extinga en cada generación. El vínculo familiar debe subsistir entre los que ya partieron y los que están vivos, entrelazando entre sí a todos los descendientes de una estirpe vigorosa.     



* Mons. Henri Delassus, O espírito de família no lar, na sociedade e no Estado, Editora Civilização, Oporto, 2000, pp. 125-128.



  




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