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«Tesoros de la Fe» Nº 45 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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¿Solo la fe nos salva? ¿Es posible la intercesión de los santos?


PREGUNTA

Me encanta leer los «Tesoros de la Fe» y particularmente sus artículos. Son pocos los sacerdotes que tienen un conocimiento como el suyo... ¡Por eso le escribo!

Tengo algunas dudas y quisiera aclararlas. La primera es sobre el pasaje bíblico en que el buen ladrón se arrepiente en la cruz. Los protestantes lo utilizan para decir que la fe basta... Conozco la carta de Santiago que habla sobre la fe sin obras, pero quisiera poder refutar específicamente la interpretación de los evangélicos. Él de hecho se arrepintió, pero eso no justifica que “sólo la fe” salva, me parece.

La segunda es a respecto de otro pasaje, el del rico que va al infierno. Los protestantes dicen que el rico pidió que le avisen a sus parientes, lo cual no ocurrió; según ellos, esto demuestra que tal intercesión no existe.

Le reitero que me gustan mucho sus artículos. Que Dios lo ilumine y le dé muchos años de vida para mantener a los fieles en la Fe.


RESPUESTA

Quise mantener los elogios de la carta, aunque no esté obligado a concordar con ellos, porque revelan la triste situación en que se encuentra hoy la Iglesia Católica. Lamentablemente muchos sacerdotes se dejaron influenciar por la teología progresista, y por eso los fieles con cierta frecuencia tienen dificultad para encontrar quien les ofrezca la doctrina católica tradicional. Cuando encuentran a alguien que lo pueda hacer, a veces exultan. Antes que la peste del progresismo hubiese invadido los medios católicos, los fieles encontraban normalmente  sacerdotes que los orientaban con seguridad en las vías sacrosantas de la fe católica.

Hecha esta observación inicial, paso a responder las dos preguntas, en la medida de mis posibilidades.

“En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”, Crucifixión, Fray Angélico, siglo XV — Convento de San Marcos, Florencia

La valentía del buen ladrón en la cruz

Si los protestantes, como dice mi interlocutor, ven en la actitud del buen ladrón tan sólo un acto de fe, la sola fide —que para ellos es la condición necesaria y suficiente para la salvación—, con eso dan una nueva demostración de su estrabismo habitual en la interpretación de las Sagradas Escrituras. Basta leer, atento al contexto, la descripción que San Lucas hace de la escena (cap. 23, vv. 35-43).

El mal ladrón repetía lo que decían los príncipes de los sacerdotes, con el pueblo, escarneciendo a Jesús: «A otros salvó; sálvese a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido» (Lc. 23, 35). Egoísta, porque pensaba apenas en salvar su propia vida, el mal ladrón participa de los insultos del populacho y repite: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros» (v. 39).

El buen ladrón, al contrario, tiene la valentía (que en aquellas circunstancias era un acto de heroísmo) de enfrentar la turbamulta, reconoce la propia culpa, increpa al mal ladrón y proclama la inocencia de Jesús: «¿Ni tú, que estás sufriendo el mismo suplicio, temes a Dios? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho» (vv. 40-41). Y dirigiéndose al Señor, suplica humildemente: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v.42).

Por lo tanto, el acto de conmiseración del buen ladrón no se resume a un acto de arrepentimiento y de fe. Es, al mismo tiempo, un acto de justicia, de caridad y de valentía heroica —las buenas obras de que habla Santiago— que mereció la respuesta de Jesús: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso» (v. 43).

Querer ver en ello la sola fide es realmente un tremendo estrabismo, que caracteriza a los infelices discípulos de Lutero, como lo dijimos al  comienzo.

La intercesión del rico Epulón era inocua

Para entender el caso del rico condenado al infierno, que intercede por sus hermanos y no es atendido, basta releer una vez más la narración que San Lucas hace de la célebre parábola de Nuestro Señor (cap. 16, vv. 19-31). Desde el infierno, el rico ve a Lázaro (el mendigo a quien había maltratado en esta Tierra) en el seno de Abraham (el Cielo, o según algunos exegetas, el limbo de los antiguos Patriarcas).

Y, gritando, dijo: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, por que estoy atormentado en estas llamas». Dijo Abraham: «Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió males, y ahora él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros».

Y dijo: «Te ruego, pues, padre, que siquiera le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, a fin de que no vengan también ellos a es te lugar de tormento». Y dijo Abraham: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen». Él dijo: «No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos fuese a ellos, harían penitencia». Y le dijo: «Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita».

Banquete del rico Epulón y muerte del pobre Lázaro frente a su puerta

El pasaje de San Lucas muestra, pues, que desde el infierno no es posible interceder, pues la comunicación del condenado con Dios quedó cortada por un “gran abismo”; pero —al contrario de lo que pretenden los protestantes— dicho texto no invalida la intercesión. Pues la doctrina de la Iglesia enseña que, en esta vida, la intercesión de unos por otros ante Dios es válida, como también lo es la intercesión de los santos en el Cielo por nosotros en la Tierra; y aún nuestra intercesión por las almas que están en el Purgatorio, porque es posible la comunicación de gracias entre el Cielo, el Purgatorio y la Tierra. Pero entre Lázaro y el Epulón había un abismo infranqueable —como lo resalta el evangelio de San Lucas— de manera que la intercesión del rico en el Infierno, a favor de sus hermanos en la Tierra, era imposible e inocua.

La parábola del rico Epulón no es, pues, un argumento válido para negar la doctrina de la intercesión, como la Iglesia nos lo enseña según el alentador dogma de la Comunión de los Santos.     





  




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