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«Tesoros de la Fe» Nº 53 > Tema “Las Virtudes Principales y de otras cosas necesarias que debe saber el cristiano”

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La Esperanza y la Caridad


Acto de Fe

Dios mío, creo firmemente todo lo que la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, me ordena creer porque Vos ¡oh Verdad infalible! lo habéis revelado.

Acto de Esperanza

Dios mío, espero con firme confianza que me daréis, por los méritos de Jesucristo, vuestra gracia en este mundo, y si observo vuestros Mandamientos, la gloria en el otro, por que Vos, que sois soberanamente fiel en las promesas, me lo habéis prometido.

Acto de Caridad

Dios mío, os amo con todo el corazón y sobre todas las cosas, porque sois infinitamente bueno e infinitamente amable, y amo a mi prójimo como a mí mismo por amor de Vos.

Las virtudes teologales y los vicios opuestos. Detalle del pórtico central de la catedral de Notre Dame, París.


6.- De la Esperanza ¹

Esperanza es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla.

Hemos de esperar de Dios la bienaventuranza y los medios necesarios para alcanzarla porque Dios misericordiosísimo, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, lo ha prometido a quien le sirve de corazón, y como es fidelísimo y omnipotente, siempre cumple sus promesas.

Las condiciones necesarias para alcanzar la bienaventuranza son: la gracia de Dios, el ejercicio de las buenas obras y la perseverancia en el amor divino hasta la muerte.

La Esperanza se pierde siempre y cuando se pierda la fe; se pierde asimismo por el pecado de desesperación o de presunción. Una vez perdida se recobra con el arrepentimiento del pecado cometido y avivando de nuevo la confianza en la bondad de Dios.

7.- De la Caridad

Caridad es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Hemos de amar a Dios porque es el sumo Bien, infinitamente bueno y perfecto, y, además, por el mandamiento que nos ha dado de amarle y por tantos beneficios como de Él recibimos. Hemos de amarle sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir que le hemos de preferir a todas las criaturas más queridas y perfectas y estar dispuestos a perderlo todo antes que ofenderle y dejar de amarle.

Amar a Dios de todo corazón quiere decir consagrarle todos nuestros afectos.

Amar a Dios con toda la mente quiere decir encaminar a Él todos nuestros pensamientos.

Amar a Dios con toda el alma quiere decir consagrarle el uso de todas las potencias de nuestra alma.

Amar a Dios con todas nuestras fuerzas quiere decir que procuremos crecer constantemente en su amor y obrar de modo que todas nuestras acciones tengan por motivo y por fin su amor y el deseo de agradarle.

Hemos de amar al prójimo porque Dios lo manda y porque todo hombre es imagen suya. Estamos obligados a amar aun a los enemigos,2 porque también son nuestro prójimo y porque Jesucristo lo mandó expresamente.

Amar al prójimo como a nosotros mismos quiere decir desearle y hacerle en cuanto sea posible el bien que debemos querer para nosotros y no desearle ni hacerle mal alguno.

Nos amamos a nosotros mismos como debemos cuando buscamos el servicio de Dios y ponemos en Él toda nuestra felicidad.

La Caridad se pierde por cualquier pecado mortal. Pero se recobra con actos de amor de Dios y con el arrepentimiento y la confesión bien hecha.     



1. Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 119-121.
2. Cuando se trata no de nuestros enemigos personales, sino de enemigos de Dios, manda la caridad que recemos y procuremos su conversión y que tomemos las providencias a nuestro alcance para evitar que hagan el mal, aunque para eso ellos tengan que pasar por castigos especiales. Sin embargo, si rechazan la conversión y perseveran en el mal hasta el fin, debemos conformar nuestra voluntad con la de Dios, que los rechaza y condena.




  




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