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«Tesoros de la Fe» Nº 60 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Francisco Javier

Apóstol del Oriente y taumaturgo


Abrasado por el amor a Dios, Francisco Javier inflamó los lugares por él evangelizados, con el fuego del amor divino y el brillo de sus milagros


Plinio María Solimeo


Para San Ignacio de Loyola no había duda. El Papa, para atender al Rey Juan III de Portugal, le estaba pidiendo miembros de su recién fundada Compañía para evangelizar los dominios portugueses de ultramar. Como Francisco Javier era el único de sus discípulos disponible en el momento para acompañar a Simón Rodríguez, tendría que ir. Sin embargo, de sus primeros hijos espirituales, Javier era el predilecto, aquel que planeaba mantener consigo como consejero y probable sucesor. Mas Ignacio de Loyola había escogido como lema de su milicia Ad Majorem Dei Gloriam (Todo para la mayor gloria de Dios). Si bien que tuviese sentimientos muy profundos, no era un sentimental. Llamó inmediatamente a Francisco. Siempre dispuesto a obedecer, el futuro Apóstol de las Indias exclamó: “¡Pues! ¡Heme aquí!”

El día 16 de marzo de 1540, provisto de los títulos de Nuncio Papal y Embajador de Portugal para los países de Oriente, Francisco Javier fue a despedirse de su padre espiritual. San Ignacio, poniéndole las manos sobre los hombros, percibió que la sotana era muy ligera. “¡Cómo, mi querido Francisco! ¿Iréis a cruzar las nieves de los Alpes con ropa tan leve?” El discípulo sonrió tímidamente. “Deprisa, desvistiendo su propia sotana, el Fundador de la Compañía de Jesús se sacó una prenda de franela que estaba usando, y se la hizo poner a Javier. Era como si, con esa parte de su vestimenta, diese una parte de sí mismo al hijo que partía”.1 “Id: encended e inflamad todo el mundo”, fueron las últimas palabras del antiguo capitán de Pamplona al ex-maestro del Colegio de Beauvais.

Estas palabras se volvieron proféticas, pues lo que aquel hidalgo español hizo el resto de su vida no fue sino inflamar todo con el ardiente fuego de su amor a Dios.

Reformando la “Goa dorada, la Roma de Oriente”

Francisco Javier tenía 35 años cuando cruzó el océano para llegar a Goa el 6 de mayo de 1542. Aquella ciudad, capital de las posesiones portuguesas en el Oriente, había atraído toda suerte de soldados de fortuna y aventureros, los cuales, lejos de su patria, familia, parientes y conocidos, habían caído en una vida licenciosa que escandalizaba no sólo a sus correligionarios, sino hasta a los paganos.

Don Juan de Castro, uno de los mayores virreyes de las Indias, describe así la situación de Goa a su llegada: “Las codicias y los vicios han cobrado tamaña posesión y autoridad, que ninguna cosa puede ya hacerse por fea y torpe, que de los hombres sea extraña”.2

Impelido “por la necesidad de perder la vida temporal para socorrer la espiritual de su prójimo”,3 San Francisco Javier se lanzó al trabajo, comenzando por los niños y enfermos. Poco a poco su fama en el confesionario y en el púlpito alcanzó otras áreas, y gente de todas las categorías pasó a procurarlo para purificar su alma. “Aquí en Goa vivo en el hospital, donde confieso y doy la comunión a los enfermos. Aun así es tan grande el número de los que vienen a pedirme confesión que, si yo estuviese en diez lugares al mismo tiempo, no tendría falta de penitentes”,4 escribió a San Ignacio apenas un mes después de su llegada.

Goa, la “dorada” o la “Roma del Oriente”, era una ciudad cosmopolita y había atraído gente de todas partes del mundo. San Francisco Javier vio la necesidad de crear una escuela de nivel medio para ayudar a la evangelización. Menos de un año después de su llegada, había ya fundado el Colegio de la Santa Fe. Su finalidad, como él explica, era “para que los nativos de estas tierras y los de diferentes naciones y razas puedan ser instruidos en la fe. Y para que, cuando hubieren sido bien instruidos sean enviados a sus patrias de modo que ganen fruto con la enseñanza que recibieron”.5

La historia del cristianismo en el Japón se inicia con la llegada de San Francisco Javier y sus compañeros. Después vendrían las persecuciones y los martirios.

Los “hijos de San Francisco Javier”

Su presencia era requerida también en otras partes: “En un reino no lejos de aquí (Travancore, suroeste de la India), Dios movió a muchas personas a hacerse cristianas. De tal modo que, en un solo mes, bauticé más de diez mil, hombres, mujeres y niños”.6 En esa nueva área fue recibido como maharajá “con honras y tratado con gentileza”; el rey le dio “permiso para predicar el Evangelio en todo su reino, y para bautizar a aquellos de sus súbditos que quisiesen hacerse cristianos”.7

Como escribió a los miembros de la Compañía, en Goa “he estado ocupado bautizando a todos los infantes. [...] Los mayores de entre ellos no me dan paz, pidiéndome siempre que les enseñe las nuevas oraciones. Ellos no me dan tiempo para rezar mi breviario ni para comer”.8

San Francisco Javier descendió hasta el extremo sur de la India para evangelizar a los Paravas, casi todos pescadores de perlas. “Padre Francisco habla de esos Paravas como de una noble raza, inteligente, trabajadora y perseverante, la única tribu en la India que se volvió enteramente católica. [...] Ellos se enorgullecen en llamarse a sí mismos ‘los hijos de San Francisco Javier’”, escribe un Prelado al inicio del siglo pasado.9

Fue en esa Costa de Pesquería que el “Padre Francisco” realizó muchos de sus más espectaculares milagros. Fueron tantos y tan notables, que es difícil la elección.

Una vez los feroces Badagas cruzaron las montañas, devastando el Travancore. El Maharajá, mal preparado para hacer frente a ese peligro, llamó a San Francisco Javier. El apóstol se juntó al improvisado ejército, colocándose en primera fila. Apenas su voz pudo ser oída del otro lado, “el Padre Francisco, asegurando el Crucifijo, caminó hacia el enemigo [...] y gritó en voz alta: ‘En nombre de Dios, el terrible, yo os ordeno que paréis’”.10 Los Badagas de las filas delanteras, aterrorizados, pararon y comenzaron a retroceder. La desbandada fue total.

“¡Yo te ordeno, levántate de los muertos!”

La ciudad de Quilon, sin embargo, no se impresionaba con esos milagros, y las palabras de fuego del apóstol no penetraban en los corazones endurecidos de sus habitantes. Un día, cuando estaba rodeado por una multitud a la que no era capaz de mover a conversión, el santo se arrodilló y pidió fervorosamente a Dios que cambiase el corazón y la voluntad de aquel pueblo obstinado. Después de un instante, se dirigió al lugar donde un joven había sido enterrado en la víspera. Pidió que lo desenterraran. “Verifiquen todos si él está realmente muerto”, dijo a la multitud. Algunos, al abrir el cajón, retrocedieron exclamando: “él no sólo está muerto, sino oliendo mal”. Javier entonces se arrodilló y, con potente voz para que todos oyesen, dijo: “En nombre de Dios y en testimonio de la fe que predico, yo te ordeno: levántate de los muertos”. Un temblor sacudió el cadáver y la vida retornó plenamente a él. El número de las conversiones fue grande, y la fama del milagro acompañó a Francisco Javier a través de las Indias.11

Para formar un clero nativo capaz de trabajar entre sus hermanos, fundó cuatro seminarios más: Cranganor, Baçaim, Coghim y Quilon.

¿Cuál era el secreto de la eficacia apostólica de San Francisco Javier? Era una heroica observancia del mayor mandamiento de Cristo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu entendimiento” (Mt. 22, 37). “Tengo una tan grande confianza en Dios, cuyo amor solamente me mueve, que, sin dudar, con el único aliento del Espíritu Santo, afronté todas las tempestades del océano en la más débil barca”.12

El segundo apóstol de la India recurre al primero

Para saber si debería avanzar más al Oriente en su evangelización, Francisco resuelve hacer unos días de recogimiento junto a la tumba de Santo Tomás, en Meliapor.

El cuerpo de San Francisco Javier, venerado hasta por no católicos, es llevado por las calles de Goa, India

El segundo apóstol de la India, en contacto con el primero, recibió muchas gracias: “Aquí Dios se acordó de mí según su acostumbrada misericordia; El ha consolado infinitamente mi alma, y me hizo saber que es su voluntad que vaya a Malasia, y de allá a las otras islas de la región”.13

El resto de la historia es muy conocido. Con el mismo celo, San Francisco evangelizó no solamente Malasia y las Molucas, sino también muchas otras islas vecinas, y llegó hasta el Japón, del cual fue el primer y más importante apóstol. Murió sólo y desconocido en las costas de China, con los ojos puestos en sus misteriosas tierras, cuya antigua y rica civilización quería conquistar para Cristo.

En el proceso de canonización del gran Apóstol del Oriente, la Santa Sede “reconoció veinticuatro resurrecciones jurídicamente probadas y ochenta y ocho milagros admirables operados en vida por el ilustre santo”.14 En la bula de canonización son mencionados muchos milagros ocurridos en vida y después de la muerte de San Francisco Javier. Uno de ellos fue que las lamparitas colocadas delante de la imagen del santo en Colate, ardían muchas veces tanto con aceite como con agua bendita.

El último milagro relacionado con él fue su cuerpo incorrupto por siglos, cuyos restos, momificados y damnificados por hombre y elementos, pueden aún ser vistos en Goa, coronando uno de los más notables ejemplos del Evangelio puesto en práctica.     


Notas.-

1. Mary Purcell, Don Francisco — The story of St. Francis Xavier, The Newman Press, Westminster, Maryland, 1954, p. 108.
2. P. Arsênio Tomaz Dias, Canónigo de la Sede Patriarcal de Goa, Memória Histórico-Eclesiástica da Arquidiocese de Goa, Tip. A Voz de S. Francisco Xavier, Nova Goa, India, 1933, p. 344.
3. G. Schurhammer — I. Wicki  S.J., Epistolae S. Francisco Xaverii, Roma, 1944 (Epist. 55, t. I., p. 325), citada por el Papa Pío XII en su mensaje a los católicos de la India, in “Boletim do Instituto Vasco da Gama”, Bastora, Goa, India, Dic. 1952, p. VIII.
4. M. Purcell, op. cit., p. 147.
5. P. Rayanna  S.J., St. Francis Xavier and his shrine, 2ª ed., Bom Jesus, Old Goa, India, 1982, p. 72.
6. In Dr. E. P. Antony, The History of Latin Catholics in Kerala, I.S. Press, Ernakulan, India, 1992, p. 44.
7. Mons. Ladislao Michele Zaleski, Saint François Xavier, Missionaire et son Apostolat en Inde, Ensieldeln, Germany, 1910, p. 102.
8. M. Purcell, op. cit., p. 165.
9. Mons. Zaleski, op. cit., p. 204.
10. Mons. Zaleski, op. cit., pp. 115-116. Ver también “Memoria…”, p. 344; Antony, op. cit., pp. 45-46; P. Thomas, Christians And Christianity In India And Pakistan, London, George Allen & Unwin Ltd., 1954, p. 56; y, J. M. S. Daurignac, São Francisco Xavier, Livraria Apostolado da Imprensa, Porto, 5ª ed., pp. 183-184.
11. Cf. Mons. Zaleski, op. cit., pp. 114-115.
12. Carta del 8 de mayo de 1845 para los miembros de la Compañía, en Goa, in Daurignac, op. cit., p. 215.
13. M. Purcell, op. cit., p. 182.
14. Daurignac, op. cit., p. 482.





  




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