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«Tesoros de la Fe» Nº 63 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Nicolás de Flüe

“Padre de la Patria” suiza



Guerrero indomable, de una ardentísima devoción hacia la Virgen María, con un arma en una mano y un rosario en la otra, salvó a Suiza de una grave crisis y marcó los rumbos de su país en las vías de Dios


Plinio María Solimeo


Nicolás de Flüe, o Bruder Klaus (hermano Klaus), como es conocido en su patria, nació en Sachseln, en el cantón suizo de Obwalden, en 1417.

Los biógrafos no están de acuerdo cuanto a su origen: “De una familia de buenos y piadosos pastores”, dicen los Bolandistas.1 “De una de las más nobles y antiguas familias del país”, dice otro biógrafo.2 Lo que prevalece es que pertenecía a una familia acomodada, muy influyente en su pueblo natal.3

Sea como fuese, sus biógrafos afirman que Nicolás era un “joven casto, bueno, virtuoso, piadoso y sincero, dado a la oración, mortificado, y que cumplía concienzudamente sus deberes”.

Dice un biógrafo suyo: “Nicolás dejó de ser niño tan pronto, que parecía haberse anticipado en él la piedad a la razón, así como la razón a la edad. Se notó muy rápido en él un juicio tan maduro, un entendimiento tan claro y una prudencia tan superior a sus años, que se creyó que había alcanzado el uso de la razón antes de salir de la cuna, contra las reglas ordinarias de la naturaleza”.4

Otra nota dominante en este privilegiado santo es la constancia en el humor, bondad de corazón y suavidad de trato, que atraían a todos sus conciudadanos.

Una arma en una mano y el rosario en la otra

En 1446, a los 29 años, Nicolás fue a defender su cantón en la batalla de Ragaz. Participó de otras campañas, inclusive la de 1460, llamada guerra de Thurgau. Demostró tanta bravura en esa guerra, que recibió una medalla de oro. Por su influencia, salvó del furor de los confederados al convento dominicano de Santa Catalina, donde los austriacos se habían refugiado. “Hermanos —les dijo— no manchéis con la crueldad la victoria que Dios nos dio”.

En la guerra Nicolás llevaba la espada en una mano y el rosario en la otra. Se mostró siempre un guerrero valiente y un cristiano misericordioso.

Casa de la familia Flüe-Wyss

Ejemplar familia de diez hijos

Para obedecer a sus padres, se casó con una coterránea virtuosa, Dorotea Wyss. Tuvieron diez hijos, cinco hombres y cinco mujeres. Nicolás se dedicó por entero a la educación de tan numerosa prole, tanto religiosa como civil. Dos de sus hijos llegaron a ser sucesivamente gobernadores del cantón, desempeñando el cargo con honradez y eficiencia. Un tercero, a quien envió a estudiar a Basilea y París, llegó a ser un piadoso sacerdote y doctor en teología.

En su vida matrimonial, Nicolás no languideció en la práctica de la virtud, al contrario, creció aún en devoción. Para satisfacerla, según su hijo Juan de Flüe, “mi padre se iba siempre a acostar a la misma hora que sus hijos y empleados; pero todas las noches yo lo veía levantarse nuevamente y rezar en su cuarto hasta la mañana”.5 Muchas veces él iba también, en el silencio de la noche, a rezar en la vecina iglesia de San Nicolás o a caminar por los bosques circunvecinos. Esas caminatas nocturnas, en que él se sentía más cerca de Dios, eran para él los mejores momentos.

Nicolás tenía una profunda devoción a la Santísima Virgen, tierna e inflamada, y no había ocasión en que él no intercalara frases sobre las excelencias, el poder y la bondad de tan tiernísima Madre. Hacía periódicamente peregrinaciones a sus innumerables santuarios.

Incluso cuando trabajaba en el campo, el santo no dejaba su rosario, que aprovechaba para rezar en cualquier tiempo libre.

Llamado a una dedicación total a Dios

Nicolás apareció ante sus parientes y amigos descalzo, con una larga túnica de peregrino, pidiendo perdón por alguna falta involuntaria

El amor a las cosas celestiales y algunas visiones que tuvo reavivaron en Nicolás el deseo de dedicarse exclusivamente a Dios. Estaba llegando a los 50 años, sus hijos estaban prácticamente criados y no había más tiempo que perder. Buscó a su virtuosa esposa y le explicó la vocación que Dios tan apremiantemente le daba, suplicándole le otorgase la libertad para seguirla. Estaban casados hacía 20 años, tenían una numerosa prole con algunos hijos aún pequeños. Pero la heroica mujer, que conocía muy bien a su marido, sabía que no se trataba de un fervor pasajero o de una fantasía, y con una resignación tranquila lo consintió, prometiendo terminar de educar a los hijos en el temor y amor de Dios.

Con excepción de la abnegada Dorotea, todos los parientes estaban en contra de esa idea que les parecía disparatada, incluso sus dos hijos mayores, si bien que sólo momentáneamente.

El día 16 de octubre de 1467, habiendo puesto en orden sus negocios y dividido sus bienes, Nicolás apareció ante sus parientes y amigos descalzo, con una larga túnica de peregrino, un bastón en una mano y el rosario en la otra. Agradeció el bien de ellos recibido y pidió perdón por alguna falta involuntaria. Exhortó a todos en el temor de Dios y a jamás olvidar sus mandamientos. Después, dando la bendición a todos, partió, con el corazón dilacerado por el afecto a lo que dejaba.

Durante 20 años, su único alimento fue la Eucaristía

Nicolás pensó en ir a otro país para estar más lejos de aquello que amaba. Pero después, por una inspiración de lo alto, volvió hacia una propiedad suya, donde construyó una pequeña cabaña para vivir en ella entregado a la oración y a la contemplación. Su hermano Pedro fue a buscarlo, resuelto a llevarlo de vuelta a casa, alegando que podría morir de frío o hambre, aislado en el terrible invierno suizo. Nicolás le respondió: “Sabe, hermano mío, que no moriré de hambre, pues ya hace once días que no como y no siento necesidad de alimento. Tampoco moriré de frío, pues Dios me sostiene”.

Y aquí está el más impresionante milagro de la vida de San Nicolás de Flüe, raro incluso en los anales de la santidad: ¡durante los últimos 20 años de su vida, no comió ni bebió alimento alguno, pues vivió sólo de la Sagrada Eucaristía!

Pero él no hizo eso sin pedir consejo, para no tentar a Dios. Un venerable sacerdote, el padre Oswaldo Isner, párroco de Kerns, dejó este relato en el libro parroquial, en 1488:

“Cuando Nicolás comenzó a abstenerse de alimentos naturales, y lo había hecho durante once días, mandó buscarme y me preguntó secretamente si debía tomar algún alimento [...]. En sus miembros no restaba sino poca carne, pues todo estaba disecado hasta la piel. Cuando lo vi y comprendí que eso no podía provenir sino de la buena fuente del amor divino, aconsejé al hermano Nicolás que persistiera en la prueba tan prolongadamente cuanto le fuese posible soportar sin peligro de muerte [...]. Fue lo que hizo: desde ese momento hasta su muerte —es decir, por cerca de veinte años y medio— continuó absteniéndose de cualquier alimento corporal [...]. Él me confesó que, cuando asistía a Misa y el padre comulgaba, recibía una fuerza que le permitía permanecer sin comer y sin beber, pues de otro modo no podría resistir”.6

“Si durante veinte años —dice el Papa Pío XII— él no se alimentó más que del pan de los ángeles, este carisma fue el cumplimiento y la recompensa de una larga vida de dominio de sí mismo y de mortificación por amor de Cristo”.7

La morada del santo en Ranft, a la que fue anexada una capilla, conservada con rentas de los archiduques

Grandes conversiones seguidas de maravillas

Cuando comenzó a propalarse este hecho prodigioso, una multitud creciente pasó a acudir de todas partes para ver al hombre a quien Dios le daba tal gracia. Los magistrados de la ciudad enviaron guardias, que ocuparon durante un mes, día y noche, las inmediaciones de la cabaña del hermano Nicolás y comprobaron que el piadoso ermitaño no tomaba realmente otro alimento que la Sagrada Eucaristía.

El obispo de Ascalón fue a la propia morada de Nicolás, obligándolo, en virtud de la obediencia, a que comiese el alimento y tomase el vino que había llevado. Intentó hacerlo, pero inmediatamente comenzó a sentir tan violentos dolores de estómago, que se temió por su vida. Y no se insistió más sobre ello.

Al crecer aún más el número de peregrinos que venían a ver al hermano Nicolás, sus conciudadanos le edificaron una casita de piedra, con una capilla anexa, a la cual la piedad de los archiduques de Austria asignó las rentas necesarias para su conservación y manutención, con un capellán a su servicio. Así Nicolás pudo asistir diariamente al Santo Sacrificio sin salir de su morada.

Aumentando aún el flujo de los fieles, el hermano Nicolás, para hacerles algún bien, comenzó a darles una plática espiritual. Con ello se reformaron las costumbres, hubo grandes conversiones seguidas de muchas maravillas. Tenía el don de hacer milagros y el de profecía.

“Retirarse del mundo no marcó todavía, para San Nicolás, el fin de una obra histórico-política. Fue antes un principio de más pronunciada fase. Nicolás fue juez y consejero de su cantón. Fue también diputado en la Dieta federal de 1462 y rechazó el cargo de jefe de Estado. Su influjo en los asuntos federales se muestra ya evidente en el tratado de paz perpetuo con Austria en 1473. Al evitar la guerra civil, hizo renacer la unidad de Suiza, lo que le valió el título de «Padre de la Patria». En 1481, cuando el cantón de Unterwald estaba decidido a separarse de Lucerna y de Zurich, lo que pondría fin a la existencia de la Confederación Helvética, un emisario de la Asamblea, que se disponía a aprobar la ruptura, corrió a traer la noticia al ermitaño de Ranft. Nicolás pasó la noche redactando un proyecto de Constitución que, al día siguiente, fue aprobado por unanimidad por la misma Asamblea, lo que restableció para siempre la unidad y la paz”.8

Una de las más terribles profecías hechas por San Nicolás fue a respecto de la pseudo-reforma protestante, que habría de dividir también a su país. Predijo que, después de su muerte, “van a llegar infelices tiempos de rebelión y de disensiones en la Iglesia. Oh, hijos míos, —lo dijo con lágrimas en los ojos— ¡no os dejéis seducir por ninguna innovación! Uníos y manteneos firmes. Permaneced en la misma vía, en los mismos caminos que nuestros piadosos mayores, conservad y mantened lo que nos fue enseñado. Es así que resistiréis a los ataques, a los huracanes, a las tempestades que se elevarán con tanta violencia”.9

San Nicolás de Flüe falleció el día 21 de marzo de 1487, siendo canonizado por Pío XII en mayo de 1947.     


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. IV, pp. 83-84.
2. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. II, p. 311.
3. Por ejemplo, The Catholic Encyclopedia, t. XI, Copyright © 1911 by Robert Appleton Company, Online Edition Copyright © 2003 by Kevin Knight.
4. Edelvives, id. ib.
5. Bollandistes, op. cit., p. 85.
6. Id., p. 87.
7. In P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1993, vol. I, p. 363.
8. Id., p. 363.
9. Guido Goerres, Le Bienheureux Nicolas de Flue, traducido del alemán. In Bollandistes, op. cit., p. 91.





  




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