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«Tesoros de la Fe» Nº 67 > Tema “Esplendores de la Cristiandad”

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La admirable conversión de una princesa


Todo cuanto se refiere a una princesa tiene repercusiones de algún modo transcendentales. Que la vida de una princesa pase por un terremoto moral, es causa de gran interés. Y, quién sabe, también de conversiones.


Cid Alencastre


Retrato de la princesa


Ana de Gonzaga de Clèves, princesa palatina, nació en 1616.1 Tuvo importante papel político en Francia durante la minoridad del Rey Luis XIV.

Al quedar viuda en 1663, y aunque contaba ya con 47 años de edad, impresionó a la corte francesa por lo licencioso de sus costumbres y su poco caso hacia la Religión. Ostentaba no creer en la Eucaristía ni en la Iglesia, y se burlaba de la fe. Se cuenta que por odio llegó a quemar fragmentos del Santo Madero de la Cruz.

Se repetían sus escándalos, hasta el momento en que una gracia fulminante la tocó y produjo en ella una conversión espectacular. Después de su muerte, en 1685, Bossuet, el gran orador sacro del siglo XVII, pronunció su oración fúnebre, en la cual nos cuenta detalles impresionantes de esa maravillosa conversión.2

El sueño

La princesa tuvo un sueño.3 Relata ella: Estaba “caminando sola por un bosque, cuando encontré a un ciego en una pequeña cabaña. Me aproximé a él para preguntarle si era ciego de nacimiento, o si así se había vuelto por algún accidente. Él respondió que era ciego de nacimiento.

¿No conocéis, pues, dije yo, lo que es la luz, que es tan bella y tan atrayente, y el sol que tiene tanto brillo y belleza? —Jamás gocé de esas bellas cosas, dijo él, y no tengo ninguna idea de cómo son ellas. Pero ni aun así dejo de creer que ellas son de una belleza esplendorosa”.

El ciego pareció entonces cambiar de voz y de fisonomía, tomando un tono de autoridad: “Mi ejemplo, dijo él, te debe enseñar que hay cosas muy excelentes y muy admirables que escapan de nuestra visión, y que ni aun así son menos verdaderas ni menos deseables, incluso cuando no podemos ni comprenderlas ni imaginarlas”.

Entonces, por una súbita iluminación, la princesa se sintió tan esclarecida “y de tal modo transportada por la alegría de haber encontrado aquello que hace tanto tiempo buscaba”, que no pudo contenerse a abrazar al ciego, cuyas palabras le habían revelado una luz aún más bella que aquella de la cual él estaba privado. Y prosigue: “Inundó mi corazón una felicidad tan dulce y una fe tan sensible, que no hay palabras capaces de expresarla”.

Al despertar del sueño ella se encontró de tal modo cambiada, que tenía dificultad en creer que había pasado por una tan gran transformación: “Entonces, me parecía sentir la presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía, más o menos como la gente ve las cosas visibles, de las cuales no se puede dudar”.

Pasó así de la oscuridad a la luz manifiesta. Las nubes de su espíritu se disiparon.

Del Cielo al Infierno

Ese estado duró tres meses, durante los cuales ella no osó acercarse a la Mesa Eucarística, debido al recuerdo de sus muchos y graves pecados, dedicando ese tiempo a preparar su confesión sacramental. Se aproximó, por fin, el día tan esperado de la comunión.

Jacques-Benigne Bossuet, obispo de Meaux

Dios, no obstante, que es Padre de todas las misericordias, es igualmente Señor de todas las justicias. Y después de haber hecho de modo milagroso retornar al redil a aquella oveja perdida, era necesario ahora que le hiciese purgar una vida transcurrida en la ofensa al Salvador.

Cuando se juzgaba lista para la confesión y la posterior comunión, tuvo una especie de síncope que la dejó pálida, sin pulso ni respiración. Volviendo, en fin, de ese largo y extraño desmayo, se vio lanzada en un mal peor aún: después de haber sorbido las angustias de la muerte, sufrió todos los horrores del infierno. Su confesor, llamado de prisa, fue obligado a postergar la confesión, pues la encontró sin fuerzas, sin capacidad de aplicación y emitiendo apenas balbuceos.

“Es imposible, para quien no las probó, imaginar las extrañas penas que alcanzaron mi espíritu. Yo esperaba a cada momento el retorno de mi síncope, o sea, mi muerte y mi condenación eterna. Confesaba no ser digna de una misericordia que tan largo tiempo había relegado negligentemente; y decía a Dios, en mi corazón, que yo no tenía ningún derecho de quejarme de su justicia; pero que —en fin, ¡cosa insoportable!— yo no lo vería jamás; estaría eternamente entre sus enemigos, eternamente sin amarlo, eternamente odiada por Él. Yo sentía ese dolor enteramente destacado de las otras penas del infierno”.

El horrible perro

Estando en ese trance, ella ve una gallina conduciendo a sus pollitos. Uno de ellos, no obstante, se aparta de la madre. “Al mismo tiempo, me parecía que yo veía venir un enorme perro, extremadamente horrible, el cual se aproximó al pollito, y en un instante lo apresó. Corrí inmediatamente hasta él, para arrancarle el pollito; mientras procuraba abrirle la boca, oí a alguien que decía: ‘No hay nada más que hacer. Ya fue tragado’. —No, dije yo, aún no fue tragado.

En efecto, me parecía que yo abría la garganta del perro y de allí retiraba ese pequeño animal, que tomé entre mis manos para calentarlo; pues me parecía todo erizado y casi muerto. Oí aún a alguien que decía: ‘Es necesario devolverlo al perro, pues él quedará desagradado por el hecho de que le quiten la presa’. —No, respondí yo, no lo devolveré jamás”.

En ese momento, la princesa volvió del desmayo. Y oyó a alguien que le decía “Si tú, que eres mala, no quieres entregar a ese pequeño animal que salvaste, ¿por qué crees que Dios, infinitamente bueno, te entregaría al demonio después de haberte sustraído de su poder? Confía y ten valentía”.

Ella entonces sintió como si un ángel le hubiese dicho que Dios no la abandonaría, acompañada de aquella paz que supera toda inteligencia.

Corte de Luis XIV, frecuentada por la princesa palatina

A partir de allí su vida en la corte fue extremamente edificante, hasta que una muy dolorosa enfermedad la tomó y la condujo al término de su existencia terrena. Sus últimas palabras, ya moribunda, fueron: “Yo me voy para ver cómo Dios me tratará; pero espero en sus misericordias”.     


Notas.-

1. Era hija de Carlos de Gonzaga, duque de Nevers, Rethel, Mantua et Montferrat, y de Catalina de Lorena. Se desposó en 1645 con el príncipe Eduardo, conde palatino del Rin, hijo de Federico V, duque de Baviera, pasando a ser conocida como princesa palatina. Es el mismo título con el cual quedó después famosa su sobrina, Elizabeth Carlota, esposa del duque de Orleans, hermano de Luis XIV.
2. Bossuet, Oraison Funèbre d’Anne de Gonzague de Clèves, princesse palatine, in Oraisons Funèbres, Flammarion Éditeur, París, 1935.
3. Los trechos entre comillas se encuentran así en el texto de Bossuet, y reproducen el relato dejado por la propia princesa por orden de su confesor, el Abbé de Rancé, reformador de la Trapa.





  




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