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«Tesoros de la Fe» Nº 76 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Isidoro de Sevilla

Luminaria esplendorosa e incorruptible


Considerado el hombre más docto de su tiempo, San Isidoro fue un precursor tanto en el campo eclesiástico como en el civil, por lo que puede ser considerado uno de los padres de la Edad Media.


Plinio María Solimeo


Isidoro nació en la ciudad de Cartagena el año 560, hijo de Severiano y Teodora, ambos de alta nobleza y virtud. Fueron sus hermanos San Leandro, quien lo precedió en la Sede de Sevilla, San Fulgencio, obispo de Écija, y Santa Florentina, de quien se dice que gobernó 40 conventos y mil monjas.

Aunque era uno de los autores más leídos y plagiados de su tiempo, este gran Doctor de la Iglesia no tuvo un biógrafo contemporáneo. Así, su vida, más allá de los trazos generales conservados por la tradición, tiene que ser adivinada en sus innumerables escritos.

Lo cierto es que Isidoro era muy inteligente, de fabulosa memoria, y muy aplicado en el estudio y la lectura. En 579 su hermano Leandro fue nombrado arzobispo de Sevilla. Un año después, con su hermano Fulgencio, Leandro fue desterrado por combatir la herejía arriana.

Esta persecución terminó con la muerte del impío rey Leovigildo. Fanático arriano, no retrocedió en dar muerte a su propio hijo, San Hermenegildo, por haberse convertido a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Ascendió al trono su otro hijo, Recaredo, que también abjuró de la herejía arriana. Al regresar a sus diócesis sus dos hermanos, Isidoro se retiró a un monasterio donde continuó sus estudios, llegando a dominar perfectamente el latín, el griego y el hebreo. Se dedicó también a formar una biblioteca, que difícilmente encontrará otra similar en toda la Edad Media.

Isidoro, además de sabio, era un organizador. Al darse cuenta de que la legislación que regulaba la vida monástica tenía lagunas y era oscura en muchos puntos, escribió para los diversos monasterios de España una Regla de los Monjes, donde todo es claro, simple y metódico.

En la sede arzobispal de Sevilla

El año 600, habiendo fallecido Leandro, Isidoro fue escogido por el rey y por el pueblo para sustituirlo en la sede de Sevilla, entonces la principal de toda España. Como buen pastor, Isidoro “predica al pueblo, gobierna la diócesis, reúne concilios —uno en 619 y otro en 625— promulga sabios decretos para promover la cultura y mejorar las costumbres, defiende la ortodoxia, convierte a un obispo oriental que propagaba en el sur de España el eutiquianismo y confunde a un prelado godo que se había levantado al frente de una reacción arriana”.1 Más aún: “no escatimó esfuerzos para exterminar el arrianismo, que infestaba aún gran parte de su diócesis; para reformar las costumbres de los fieles, que se habían corrompido bajo el reinado de los heréticos; para restablecer en su esplendor la disciplina eclesiástica y hacer con que los oficios de la Iglesia fuesen celebrados con la majestad y la devoción que piden la grandeza del Dios que en ellos se honra y alaba”.2

Isidoro estaba adornado de todas las virtudes: “Eran admirables su humildad, su caridad, su benignidad, su afabilidad y modestia, su paciencia y mansedumbre. Era piadosísimo con los pobres, apacible con los ricos, fuerte con los poderosos, devotísimo en la iglesia, vigilante en la reforma de las costumbres, constante en la disciplina eclesiástica, suavísimo con todos, y consigo riguroso y severo”.3

Aglutinador de razas, obra civilizadora

“Las antiguas instituciones y los estudios clásicos del Imperio Romano estaban desapareciendo rápidamente. Una nueva civilización se iba gestando en España por la fusión de los elementos raciales que componían su población. Durante casi dos siglos los godos habían tenido el pleno control de España y sus maneras bárbaras y su desprecio por el saber amenazaban grandemente con hacer retroceder el progreso de la civilización. Comprendiendo que tanto el bienestar espiritual como el material de la nación dependían de la completa asimilación de los diversos elementos, San Isidoro se asignó a sí mismo la tarea de unificar en una nación homogénea a los diversos pueblos que componían el reino hispano-gótico. Con esta finalidad hizo uso de todos los recursos de la religión y de la educación. Sus esfuerzos alcanzaron un completo éxito”.4

Para ello dedicó especial atención a la educación de la juventud, fundando varios colegios y seminarios. Esos colegios eran verdaderas universidades, de las cuales saldrán hombres ilustres como San Braulio, después arzobispo de Zaragoza, y San Ildefonso, los cuales posteriormente hicieron el catálogo de las innumerables obras de San Isidoro.

En fin, San Isidoro fundó también varios monasterios, en los cuales la regularidad monástica y la alabanza a Dios se hacían de modo eximio. Uno de los primeros actos de su episcopado fue el de pronunciar un anatema contra cualquier eclesiástico que causase daño a los monasterios.

San Braulio, arzobispo de Zaragoza

Verdadera enciclopedia o diccionario universal

Para sus estudiantes, escribió “una multitud de tratados, cuya extensión y profunda doctrina pasman los mayores ingenios, porque abarcan todos los conocimientos humanos de aquella época, desde la más sublime teología hasta la agricultura y economía rural. La principal de sus obras, o sea, los veinte libros de las «Etimologías» u «Orígenes», es una verdadera enciclopedia o diccionario universal, que hace descubrir el raro y agudo ingenio de su autor, como también su extraordinaria erudición y asombroso trabajo de investigación”.5 Él fue, así, el primer escritor cristiano en reunir, para los católicos, una suma de los conocimientos universales. Muchos fragmentos del estudio clásico fueron preservados en esa obra, que, sin ella, habrían desaparecido irremediablemente. La fama de ese trabajo dio nuevo ímpetu a los trabajos enciclopédicos, produciendo abundantes frutos en los siglos subsecuentes de la Edad Media.

Obras de teología, gramática y ciencias

En el campo teológico, sus tres libros de las Sentencias pueden ser considerados la primera summa theologica. Redactó aún para sus estudiantes la obra De las diferencias de la propiedad de las palabras, como complemento para el estudio de la gramática y retórica. Y también las obras históricas La crónica, La historia de los reyes de España y El libro de los varones eclesiásticos.

Incluso las ciencias naturales y el estudio del mundo físico debían hacer parte del currículo de sus colegios, pues afirmaba que “no es una cosa supersticiosa el conocer el curso de los astros, los movimientos de las olas, la naturaleza del rayo y del trueno, las causas de las tempestades, de los terremotos, de la lluvia y de la nieve, de las nubes y del arco iris”.6 De todas estas cuestiones, trata en dos interesantes libros: De la naturaleza de las cosas —que dedicó al rey Sisebuto, de quien fue amigo y consejero, y a quien incentivó en sus trabajos literarios— y Del orden de las criaturas.

Alma de los Concilios de Toledo y Sevilla

Además de combatir la herejía arriana, que había penetrado profundamente en España entre los visigodos, San Isidoro erradicó totalmente la de los “acéfalos” desde sus comienzos.

“Como Leandro, tuvo la más prominente participación en los Concilios de Toledo y Sevilla. Con toda justicia se puede decir que en gran medida fue debido al trabajo esclarecido de estos dos ilustres hermanos que la legislación visigoda, emanada de estos concilios, según los historiadores modernos, ejerció una importante influencia en los orígenes del gobierno representativo”.7

En diciembre de 633, si bien que avanzado en años, San Isidoro presidió el IV Concilio de Toledo, del cual participaron todos los obispos de España. Él dio origen a la mayor parte de sus decretos, como por ejemplo, el que determinaba a todos los obispos que estableciesen seminarios en sus diócesis para la formación del clero, a semejanza de los colegios fundados por él en Sevilla. De ese modo San Isidoro fue el propulsor del movimiento educativo que tuvo a Sevilla como centro. Se empeñó también en que fuesen promulgados 74 cánones muy útiles para la explicación de la fe y el restablecimiento de la disciplina de la Iglesia. A pedido de los padres conciliares, trabajó en un nuevo misal y breviario para unificar las costumbres y la liturgia en todo el reino: “Sería absurdo que los que profesamos una misma fe y formamos parte de un mismo imperio tuviésemos distintas costumbres”, solía decir.

También en ese IV Concilio, a pedido del rey Sisenando, dio forma a la constitución política del reino, consolidando el régimen de estrecha unión entre los poderes civil y religioso, y amoldando la legislación con base en los principios del derecho canónico. Fue el primero en firmar el decreto que cambiaba la sede metropolitana de Cartagena hacia Toledo, la nueva capital visigótica.

En ese concilio también fue incentivado el estudio del griego y del hebreo, así como de las artes liberales. El santo arzobispo suscitó también el interés por el Derecho y por la Medicina, mucho antes que los árabes, y despertó el interés por la filosofía griega, introduciendo a Aristóteles entre sus coterráneos.

Cartagena, ciudad natal de San Isidoro

Isidoro falleció en 636. Fue el último de los antiguos filósofos cristianos, habiendo sido apodado “luminaria esplendorosa e incorruptible” por San Braulio de Zaragoza. Indudablemente fue él el más sabio hombre de su época, habiendo ejercido, como vimos, profunda influencia en todo el sistema educativo de la Edad Media. Su discípulo San Braulio lo veía como un hombre suscitado por Dios para salvar al pueblo español de la avalancha de barbarie que amenazaba con inundar la civilización en España. Dice él: “Tus libros nos llevan hacia la casa paterna cuando andamos errantes y extraviados por la ciudad tenebrosa de este mundo. Ellos nos dicen quiénes somos, de dónde venimos y dónde nos encontramos. Ellos nos hablan de las grandezas de la patria y nos dan la descripción de los tiempos. Nos enseñan el derecho de los sacerdotes y las cosas santas, la disciplina pública y la doméstica, las causas, las relaciones y los géneros de las cosas, los nombres de los pueblos y la esencia de cuanto existe en el cielo y en la tierra”.8

El VIII Concilio de Toledo, en 653, lo llamó “Doctor egregio de nuestro siglo, nuevo honor de la Iglesia católica, posterior a los demás doctores en edad, pero no en doctrina, el hombre más docto que ha aparecido en los últimos tiempos, cuyo nombre se ha de pronunciar con reverencia”.9     


Notas.-

1. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 41.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. IV, pp. 187-188.
3. P. Pedro de Ribadeneyra  S.J., Flos Sanctorum, apud Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía. Editores, Barcelona, 1896, t. II, p. 21.
4. John B. O’Connor, St. Isidore of Sevilla, The Catholic Encyclopedia, vol. VIII, copyright © 1910 by Robert Appleton Co., online edition copyright © 2003 by Kevin Knight.
5. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. II, p. 356.
6. F. Pérez de Urbel, op.cit. pp. 45-46.
7. J. O’Connor, The Catholic Encyclopedia, online edition.
8. F. Pérez de Urbel, op. cit., p. 49.
9. Id., ib.





  




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