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«Tesoros de la Fe» Nº 91 > Tema “Confesores de la Fe”

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Santa María Magdalena

Contrición perfecta que la llevó a la santidad

Cuando todos los Apóstoles huyeron por ocasión de la Pasión, un grupo de mujeres, entre ellas María Magdalena, permaneció fielmente junto a la Santísima Virgen a los pies de la Cruz


Plinio María Solimeo


Los Santos Evangelios se refieren a una María pecadora (Lc. 7, 36-50), a una María hermana de Marta y Lázaro (Lc, 10, 38-42, Jn. 11), y a una María Magdalena. Los Padres griegos entienden que ellas son tres personas diferentes. Los Padres latinos, sin embargo —desde Tertuliano, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio Magno, hasta San Bernardo y Santo Tomás de Aquino— reconocen en las tres a una misma persona: a Santa María Magdalena penitente, que siguió a Nuestro Señor durante la Pasión.

Basados en esta autorizada opinión, que fue adoptada por la Iglesia, seguiremos los trazos de la vida de Santa María Magdalena —cuya fiesta se celebra el 22 de julio— siguiendo los Santos Evangelios y las diversas tradiciones que llegaron hasta nosotros.

La pecadora de la ciudad de Magdala

María Magdalena habría nacido en Betania, ciudad de Judea, de padres muy ricos, teniendo por hermanos a Marta y Lázaro. Como parte de su herencia, recibió el castillo de Magdala, de donde viene su nombre.

Una leyenda habla de su espléndida hermosura, de su famosa cabellera, de su ingenio, y la presenta casada con un doctor de la Ley que, muy celoso, la encerraba en casa cuando salía. Llena de vida, altiva e impetuosa, María habría sacudido ese yugo y huido con un oficial de las tropas del César. Se establecieron en el castillo de Magdala, cerca de Cafarnaúm, desde donde el rumor de sus desórdenes y escándalos llenó en breve la región.

Mientras eso, el divino Salvador había iniciado su peregrinación, y la fama de sus milagros y santidad de vida se extendía por las tierras de Palestina.

Atormentada por demonios y por los remordimientos de su conciencia culpable, María fue en búsqueda del gran Taumaturgo que algunos señalaban como el Mesías prometido. No sabía que sus hermanos eran ya discípulos suyos y rezaban fervorosamente por su conversión.

El Señor se apiadó de ella y la liberó de siete demonios (Mc. 16, 9), conmoviéndole también profundamente el corazón.

Lágrimas de compunción sincera

A partir de entonces, comenzó para Magdalena su completa conversión. Horrorizada por sus innumerables pecados, y cautivada por la bondad y mansedumbre de Jesús, buscaba ella una ocasión en que le pudiera mostrar su reconocimiento y profundo arrepentimiento.

Esa ocasión surgió en casa de Simón —un fariseo, probablemente de Cafarnaúm—, que había invitado al Maestro a comer. El ágape seguía su curso normal, cuando inesperadamente Magdalena irrumpió en la sala, fue directamente hasta Jesús, rompió un frasco de alabastro que llevaba sujeto al pecho, y “comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Lc. 7, 38).

Simón tomó a mal este acto. ¿Cómo osaba una pecadora pública entrar así en el santuario de su hogar y profanarlo con su presencia? Además, pensó él: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora”. El divino Salvador, leyendo su pensamiento, le respondió con una parábola: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?” Simón respondió acertadamente: “Supongo que aquel a quien perdonó más”. Jesús le respondió: “Has juzgado bien”. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso (de la paz). Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume.

Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho” (Lc. 7, 39-50).

“María ha elegido la mejor parte”

Perdonada, convertida, despojada de sus galas mundanas, María Magdalena fue a vivir con sus hermanos en Betania.

Magdalena enjuga con sus cabellos los pies de Nuestro Señor

Fue allá que las dos hermanas recibieron la visita del Mesías prometido. Lázaro, parece, estaba ausente. María se sentó junto al Salvador para absorber sus palabras divinas, mientras Marta se afanaba en los quehaceres domésticos para recibir adecuadamente a su divino Huésped. Y juzgó que su hermana hacía mal, pues en vez de ayudarla, estaba allí sentada olvidada de la vida. Dijo Jesús: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada” (Lc. 10, 38-42).

Más tarde Lázaro se enfermó gravemente, y el Maestro divino estaba lejos. Las dos hermanas le enviaron un mensaje: “Señor, aquel a quien Tú quieres, está enfermo”. Pero Jesús no apareció, y Lázaro murió. Cuando llegó a Betania, Lázaro yacía en el sepulcro hacía ya cuatro días.

Nuestro Señor, que amaba a Lázaro, se conmovió ante el dolor de las dos hermanas, y fue una de las raras ocasiones en que lloró. Después, delante de mucha gente, incluso de fariseos, resucitó a Lázaro (Jn. 11, 1-46). Milagro estupendo, que probaba su divinidad.

En otra visita del divino Maestro a Betania, María Magdalena, ya no más “la pecadora”, ungió nuevamente los pies del Redentor con un precioso perfume, lo que llevó a Judas a reclamar por el “desperdicio”, pues podían vender el perfume y “dar el dinero a los pobres”. Nuestro Señor intervino: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura.

Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn. 12, 1-8). ¡Advertencia muy válida hoy en día para los que, con el pretexto de amor a los pobres, pretenden acabar con las pompas sagradas de la Iglesia!

A los pies de la cruz junto a la Santísima Virgen

Llegó el momento de la Pasión. San Pedro negó al Maestro, y todos los Apóstoles huyeron. Solamente algunas santas mujeres recorrieron la Vía Dolorosa junto al divino Redentor. A los pies de la cruz, María Magdalena se encontró en compañía de Nuestra Señora y San Juan Evangelista. Cuando el cuerpo de Jesús fue depositado en el sepulcro nuevo de José de Arimatea, Magdalena estudió bien el modo como estaba hecho y la piedra con que sellaron su entrada.

Narra San Juan: “El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra retirada del sepulcro”. ¡Qué sorpresa! Lo primero que pensó fue avisar a los discípulos. Relató lo que había visto a San Pedro, que junto con San Juan Evangelista corrió al sepulcro, y los siguió. Y añade San Juan: “Estaba María junto al sepulcro llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «¡María!» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «¡Rabboní!», que quiere decir Maestro” (Jn. 20, 1-18).

María Magdalena en las Galias, según la tradición

Noli me tangere, detalle, Giotto di Bondone, 1320 — Basílica inferior de San Francisco, Asís

Más tarde, después del martirio de San Esteban, de acuerdo con los Hechos de los Apóstoles se desencadenó una persecución tan violenta de parte de los judíos contra los cristianos en Jerusalén, que todos los fieles, con excepción de los Apóstoles, se retiraron de la ciudad hacia Judea y Samaria. Lo que lleva a suponer que también María Magdalena y sus hermanos salieran de la Ciudad Santa dirigiéndose a Galilea. Cuando la persecución cesó, regresaron a Jerusalén, donde permanecieron hasta el año 45, pero hubo una segunda gran persecución. San Pedro partió entonces hacia Roma, y la Virgen Santísima fue llevada por San Juan Evangelista a Éfeso. Los Padres griegos afirman que hacia allá fue también Santa María Magdalena, habiendo muerto y sido enterrada en aquella ciudad.

Pero otra tradición, no menos vigorosa, afirma que ella y sus hermanos, con algunos otros cristianos, fueron aprehendidos por los judíos en Jerusalén y encerrados en un barco sin remo, sin timón, y sin las mínimas condiciones para navegar, a fin de que naufragaran y perecieran. Algunos afirman que San Maximino, uno de los 72 discípulos del Señor, y Sidonio (el ciego de nacimiento del que habla el Evangelio, y que fue curado por Nuestro Señor) e inclusive José de Arimatea sufrieron la misma suerte.

Sin embargo, el barco se dirigió milagrosamente hacia Sicilia, y de allí a Francia, llegando finalmente a Marsella, que era entonces uno de los principales puertos de las Galias.

La santa a los pies de la Cruz

San Maximino fue obispo de Aix y San Lázaro se encargó de la iglesia de Marsella. Santa Marta reunió en Tarascón una comunidad de vírgenes, y María Magdalena, después de haber trabajado eficazmente en la conversión de los marselleses, se retiró para vivir en soledad, refugiándose en una gruta que se encuentra en la iglesia de San Vítor, en Marsella. Pero, como no juzgó el lugar suficientemente recogido, se apartó a una montaña entre Aix, Marsella y Toulon, La Sainte Baume (la montaña santa o gruta santa), como dicen los habitantes del lugar. Ahí permaneció cerca de treinta años, llevando una vida contemplativa y penitencial.

Por fin, estando próxima su muerte, los ángeles la trasladaron cerca de San Maximino, de quien recibió los últimos sacramentos, entregando su alma a Dios. Su cuerpo fue entonces, según la tradición, llevado a un pueblo vecino —la Villa Lata, después San Maximino— donde este obispo había construido una capilla.

En el siglo VIII, por temor a los sarracenos, sus reliquias fueron trasladadas a un lugar seguro, quedando olvidadas hasta que el hijo del rey San Luis IX, Carlos II, rey de la Sicilia y conde de la Provenza, las encontró en 1272. Sin embargo, la urna de Santa María Magdalena desapareció en el siglo XVI, durante las guerras de religión entre católicos y protestantes.     


Obras consultadas.-
1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VIII, pp. 583 y ss.
2. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1948, t. IV, pp. 221 y ss.
3. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, pp. 166 y ss.
4. Hugo Pope, Saint Mary Magdalen, The Catholic Encyclopedia, Robert Appleton Co., 1910, Online edition, www.newadvent.org





  




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