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«Tesoros de la Fe» Nº 12 > Tema “Las mil devociones a la Santísima Virgen en el Perú”

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Nuestra Señora de Guadalupe

La Cuatricentenaria Virgen de Pacasmayo



Bellísima imagen de madera policromada, vestida y con cabellera, de unos 70 cm. de alto, de rostro “muy agraciado y devoto”, así como el Niño Dios, que sostiene en su mano izquierda“ mientras que con la diestra lo estrecha amorosamente contra su pecho”.


Alejandro Ezcurra Naón


En su primer viaje a Sudamérica, el Papa Juan Pablo II exaltó el hecho de que “mientras que la mayoría de los pueblos vino a conocer a Cristo y al Evangelio después de siglos de su historia, las naciones del continente iberoamericano nacieron cristianas”.1

Sin duda, el país donde más se patentiza ese origen providencial de América Latina es el Perú, con su portentosa gracia fundacional, atestiguada tanto por múltiples hechos sobrenaturales como por inigualados frutos de santidad y civilización cristiana.

Un exponente de esa gracia primigenia, es la milagrosa imagen de la Virgen de Guadalupe 2 venerada en la localidad del mismo nombre, en la provincia de Pacasmayo.

Vivía en Trujillo a los pocos años de fundada, hacia 1560, el encomendero Capitán Francisco Pérez de Lezcano. Rico y muy estimado, la Corona le había concedido tierras y otros beneficios en Chérrepe y Pacasmayo. De repente comenzaron a aparecer en las más distinguidas casas trujillanas, pegados a sus puertas durante las noches, extraños libelos infamando a sus moradores: hecho sumamente grave, aún más considerando que la calumnia y otros delitos contra el honor se castigaban entonces con severidad extrema, que podía llegar hasta la pena capital. Se realizaron investigaciones sin resultado, hasta que dos testigos declararon haber visto, el día en que apareció uno de los carteles infamatorios, a un embozado con características físicas similares a las del capitán Pérez de Lezcano regresando de madrugada a su casa. Sin más el Corregidor de la ciudad mandó apresar al capitán, y tras un juicio sumario, pese a que él protestó su inocencia, le hizo sentenciar a muerte.

No le quedaba al reo sino poner su suerte en manos de Dios, y lo hizo por medio de la venerada Virgen de Guadalupe “la Extremeña”, una de las invocaciones más populares de España, milagrosamente descubierta en el siglo XIV en una cueva en las montañas de Extremadura, donde había permanecido escondida durante varios siglos desde la invasión mahometana.

Pérez de Lezcano, extremeño y devotísimo de la Virgen de Guadalupe, prometió a su Patrona que si Ella le salvaba la vida traería de España una réplica de su imagen y le erigiría un santuario en Trujillo. Y precisamente en la madrugada del día marcado para su ejecución, un griterío “¡Aquí del Rey!” alborotó la ciudad aún dormida. En la calle todavía oscura un vecino clamaba por ayuda mientras forcejeaba con un embozado a quien había sorprendido pegando un cartel infamatorio en su puerta. Rápidamente este fue reducido y resultó ser un eclesiástico de mala reputación, que vivía junto a la casa del capitán y era de su misma estatura. Así descubierto el verdadero autor de las calumnias, Pérez de Lezcano fue liberado, su inocencia aclamada y su honor debidamente reparado.

Restaba al agradecido capitán cumplir su voto. Viajó a España y, acompañado de un escultor que contrató en Sevilla, se trasladó a Guadalupe, donde con permiso de los custodios del santuario hizo tallar una réplica de la imagen (la cual no debe ser confundida con su homónima de México.² Una vez terminada la trajo personalmente a Trujillo, donde fue festivamente recibida en 1562, y le hizo levantar una capilla en su heredad de Pacasmayo, entregando su custodia a los Padres Agustinos.

Tras el fuertísimo terremoto que arrasó Trujillo en 1619, el santuario se trasladó a su emplazamiento actual, naciendo así el poblado de Guadalupe. En él se destaca el templo, de reminiscencias góticas, concluido en 1643.

Estupendos milagros obrados por la imagen desde su llegada al Perú le dieron rápidamente fama en todo el Norte del continente hasta Centroamérica, y aun en Europa. De ellos se enteró el Virrey Don Francisco de Toledo cuando partía para el Perú a tomar posesión de su cargo. Frente a Cabo Blanco sobrevino una furiosa tempestad que amenazaba echar a pique su escuadra, al punto que todos se dispusieron para morir. En tal extremo, el Virrey hizo solemnes promesas a la Virgen de Guadalupe; a su requerimiento todos la invocaron; y para admiración general, de inmediato el mar se calmó. Tras el feliz desenlace el Virrey quiso desembarcar en Paita y fue por tierra hasta Guadalupe, donde dio una gran limosna y en nombre del Rey hizo donación a la Virgen de cinco pueblos: Guadalupe, San Pedro de Lloc, Jequetepeque, Chérrepe y Chepén.

El cronista de la Orden agustiniana, Fray Antonio de la Calancha, narra también que se debe a esta imagen la primera resurrección ocurrida en América, en la persona de un indio neogranadino llamado Hernando Tusa, cuando estaba siendo velado en el santuario. Refiere asimismo el resonante caso de otro indio llamado Alonso, apóstata y hechicero, “comensal del demonio”, que recibió una doble gracia: primero la conversión y después la curación (era tullido de las manos y en los pies). Pero quizás el más asombroso de los prodigios de la Virgen de Guadalupe es el ocurrido con un soldado español en las costas del Mar del Norte. Preso por desertor y condenado a la horca, a instancias de un compañero que le contó el caso de Pérez de Lezcano, se encomendó empeñadamente a la protección de la Virgen de Pacasmayo, y renovó su confianza en Ella a camino del patíbulo. Al ordenarse la ejecución, la cuerda se partió inexplicablemente y el condenado cayó al piso sano y salvo. El comandante de la plaza, contrariado, hizo armar una cuerda más gruesa, y ordenó repetir la ejecución. Para asombro de todos, la nueva cuerda también se partió. Obstinado, el comandante mandó insistir con cuerdas cada vez más fuertes, pero todas se partían al momento de ser ahorcado. El prodigio se repitió ¡siete veces!; hasta que el comandante se rindió a la evidencia del milagro y, en medio de aclamaciones concedió al reo la libertad. El feliz amnistiado vino en 1630 a Pacasmayo como peregrino, para agradecer a la Virgen su salvación.

Estado calamitoso en que se encuentran las ruinas del famoso convento agustino de Guadalupe vecino al santuario

Las convulsiones del período republicano y el anticlericalismo que entonces campeaba determinaron que el santuario de Guadalupe —que fuera para los Agustinos lo que Ocopa fue para los Franciscanos o Juli para los Jesuitas: su más importante centro misionero— pasara al clero secular. Con el tiempo el abandono fue tomando cuenta de la bella construcción. Hasta que hacia 1940 el P. Santiago Wenceslao Aguilar, emprendió la restauración del conjunto y gestionó además la coronación canónica de la imagen, aprobada por Pío XII y realizada en 1954.

La inolvidable ceremonia, presidida por el Nuncio como legado papal, fue apadrinada por el Presidente de la República y su esposa junto con las máximas autoridades de Gobierno, legislativas y judiciales y militares de Trujillo, además de alcaldes regionales de La Libertad, Cajamarca y Lambayeque. Al colocar la corona en la venerada imagen, el Nuncio exclamó: “Del mismo modo que por nuestras manos te coronamos en la tierra, así merezcamos que Cristo nos corone de gloria en el Cielo”. La multitud prorrumpió en aclamaciones y aplausos, mientras escuadrillas de aviones de la Base Aérea de Chiclayo arrojaban flores y una corona de rosas sobre la imagen, las campanas de todos los templos repicaban y la artillería militar disparaba una salva de 21 cañonazos. Se inició después la procesión más concurrida y solemne que el santuario recuerda, con la Virgen de Guadalupe luciendo su hermosa corona de oro, y ladeada de doce niñas simbolizando las doce estrellas de su aureola.

Pidamos a la Virgen de Guadalupe que obtenga de su divino Hijo, que no vino a “apagar la mecha que aún humea” (Mt. 12, 20), que reencienda cuanto antes en nuestra América la debilitada llama de la Fe, para que, reencontrada con su identidad católica y mariana, pueda ella retomar el rumbo de grandeza cristiana que la Providencia le reserva.     


Notas.-

1. Juan Pablo II, Homilía en San Salvador de Bahía, 7-7-1980, Pronunciamentos do Papa no Brasil, Ed. Loyola, San Pablo, 1980, p. 192.
2. El nombre “Guadalupe” deriva del árabe latinizado Ouad al-lupi (“río de los lobos”). Dos siglos después del milagroso hallazgo de la imagen en Extremadura, el mismo nombre fue dado impropiamente en México a la aparición de la Virgen a Juan Diego. Cuando éste le preguntó cómo se llamaba, Ella respondió: Qoatla xupeh, que en lengua náhuatl significa Aquella que aplasta a la serpiente. Pero los españoles simplificaron la pronunciación, que les resultaba difícil, cambiándola por “Guadalupe”, parecida y familiar a ellos.





  




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