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«Tesoros de la Fe» Nº 98 > Tema “Pecado y acción diabólica”

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¿Qué son los pecados contra el Espíritu Santo? - I


PREGUNTA

Pido me explique qué significa el pecado imperdonable, el pecado contra el Espíritu Santo. Muchas gracias.



RESPUESTA

El lector levanta un problema clásico de teología, que deriva de la célebre frase del Evangelio de San Mateo (cap. 12, 31-32): “Todo pecado o blasfemia se les perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre [Jesucristo], se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro”. San Marcos (3, 28-30) y San Lucas (12, 10) tienen expresiones equivalentes. San Marcos especifica que quien cometa tal acto “será reo de eterno pecado”, lo cual permite establecer la equivalencia entre las expresiones “blasfemia contra el Espíritu Santo” y “pecado contra el Espíritu Santo”.

“Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro” (Mt. 12, 32)

Ésta es una de las frases más terribles pronunciadas por el Divino Salvador. Tal severidad se explica: ella se sitúa en el contexto del sorprendente comentario de los fariseos (como dice San Mateo) o de los escribas (como dice San Marcos), de que Jesucristo expulsaba a los demonios en nombre de Belcebú. Jesucristo calificó tal comentario de “blasfemia contra el Espíritu Santo”, pecado imperdonable.

San Agustín llegó a afirmar que “tal vez, en todas las Santas Escrituras, no se encuentre ninguna cuestión mayor, ninguna más difícil” (Sermón 71 de verbis Domini). El problema está en que, en el mismo trecho, son hechas dos afirmaciones aparentemente contradictorias: la primera es que todos los pecados son perdonados; la segunda, que el pecado contra el Espíritu Santo no tiene perdón.

Plinio Corrêa de Olivera solía observar que, siempre que en la doctrina católica se presenta una cuestión difícil, podemos tener la seguridad de que la solución será luminosa, y tanto más bella cuanto más difícil sea la cuestión. Es lo que sucede en este caso, que ocupó la mente de los mayores pensadores de la Iglesia desde sus comienzos. Santo Tomás, en cuatro artículos de la Suma Teológica (II-II, q.14; cf. también cuatro artículos de la I-II, q. 78), sintetiza las diversas soluciones presentadas; y, como de costumbre, esclarece brillantemente el problema teológico. Intentaremos resumir su pensamiento para transmitir al lector lo esencial de la argumentación.

¿Cuáles son los pecados contra el Espíritu Santo?

Para una mejor comprensión del tema, conviene indicar desde luego cuáles son los pecados contra el Espíritu Santo, según el Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo (2 d.43), que Santo Tomás recoge y analiza, y antiguamente se enseñaban en las clases de catecismo (cf. F. X. Schouppe  S.J., Curso Abreviado de Religión, Bouret, México, 1906, p. 439):

Los pecados contra el Espíritu Santo son seis: 1) desesperación de la salvación; 2) presunción de salvarse sin merecimientos; 3) negar la verdad conocida como tal; 4) tener envidia o pesar de la gracia ajena; 5) obstinación en el pecado; y, 6) impenitencia final. La referida obra añade que se llaman pecados contra el Espíritu Santo “los pecados de pura malicia, que siendo directamente opuestos a la misericordia de Dios y a la gracias del Espíritu Santo, hacen muy difícil la conversión”.

Expliquemos.

Ignorancia, pasión, pura malicia

Santo Tomás observa que la voluntad se inclina al mal de diversas maneras: “A veces ocurre por falta de la razón, como cuando uno peca por ignorancia; mas a veces por el impulso del apetito sensitivo, como cuando peca por pasión. Mas ninguna de estas dos cosas es pecar por pura malicia; sino que sólo peca uno por pura malicia cuando la voluntad por sí misma se mueve al mal” (I-II, q.78 a.3 c.).

Aquí está lo que define a los pecados contra el Espíritu Santo: son los que se cometen porpura malicia, no simplemente por ignorancia o pasión.

Como éste es un concepto fundamental para la comprensión de la materia, conviene desmenuzarlo.

Santo Tomás usa, en latín, la expresión certa malitia, que el padre Schouppe traduce bien por pura malicia. En efecto, el primer sentido de la palabra certa, en latín, indica aquello que está perfectamente decidido, resuelto y determinado en nuestro espíritu. Por lo tanto, el pecado cometido con certa malitia no es el pecado cometido por debilidad, ignorancia o pasión, sino el que es cometido con perfecta adhesión de la voluntad al mal que envuelve el pecado.

Tenga el lector la bondad de releer la frase de Santo Tomás citada al inicio de este tópico, para ver si le quedó claro. Añado apenas, colateralmente, que la ignorancia no siempre excusa de pecado, pues ella puede ser culposa, y en ese caso tendremos lo que Santo Tomás llama pecado por ignorancia.

Comprendida, pues, la noción de certa malitia o pura malicia, podemos mostrar cómo ella está presente en los seis pecados que el Catecismo nos presenta como pecados contra el Espíritu Santo.

La malicia de los pecados contra el Espíritu Santo

Los pecados contra el Espíritu Santo son seis: 1) desesperación de la salvación; 2) presunción de salvarse sin merecimientos; 3) negar la verdad conocida como tal; 4) tener envidia o pesar de la gracia ajena; 5) obstinación en el pecado; y, 6) impenitencia final

1) Desesperación de la salvación; 2) presunción de salvarse sin merecimientos — Dice Santo Tomás: “El hombre, en efecto, se retrae de la elección del pecado por la consideración del juicio divino, que conlleva entremezcladas justicia y misericordia, y encuentra también ayuda en la esperanza que surge ante el pensamiento de la misericordia, que perdona el mal y premia el bien; esta esperanza la destruye la desesperación. El hombre encuentra también ayuda en el temor que nace de pensar que la justicia divina castiga el pecado, y ese temor desaparece por la presunción, que lleva al hombre al extremo de pensar que puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento” (II-II, q.14 a.2 c.). Este rechazo de la justicia y misericordia divinas implica una pura malitia certa, pues son dos atributos divinos que nadie desconoce.

3) negar la verdad conocida como tal; 4) tener envidia o pesar de la gracia ajena — Dice Santo Tomás: “Los dones de Dios que nos retraen del pecado son dos. Uno de ellos, el conocimiento de la verdad, y contra él se señala la impugnación a la verdad conocida, hecho que sucede cuando alguien impugna la verdad de fe conocida para pecar con mayor libertad. El otro, el auxilio de la gracia interior, al que se opone la envidia de la gracia fraterna, envidiando no sólo al hermano en su persona, sino también el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo” (loc. cit.). Posiciones de alma que, una vez más, implican evidentemente malitia certa.

5) obstinación en el pecado; y, 6) impenitencia final — Dice Santo Tomás: “Por parte del pecado, son dos las cosas que pueden retraer al hombre del mismo. Una de ellas, el desorden y la torpeza de la acción, cuya consideración suele inducir al hombre a la penitencia del pecado cometido. A ello se opone la impenitencia, no en el sentido de permanencia en el pecado hasta la muerte, [...] ya que en ese sentido no sería pecado especial, sino una circunstancia del pecado; aquí, en cambio, se entiende la impenitencia en cuanto entraña el propósito de no arrepentirse. La otra cosa que aleja al hombre del pecado es la inanidad y caducidad del bien que se busca en él, a tenor del testimonio del Apóstol: «¿Qué frutos cosechasteis de aquellas cosas que al presente os avergüenzan?» (Rom. 6, 21). Esta consideración suele inducir al hombre a no afianzar su voluntad en el pecado. Todo ello se desvanece con la obstinación, por la que reitera el hombre su propósito de aferrarse en el pecado” (loc. cit.).

Una vez explicadas las diversas formas que asumen los pecados contra el Espíritu Santo, nos faltaría mostrar en qué sentido se dice que ellos son imperdonables. Pero el espacio se acabó... y queda para el próximo mes.

Mientras tanto, pidamos a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, Auxilio de los cristianos y Refugio de los pecadores, que nos dé la gracia de no caer en cualquiera de esos pecados monstruosos que, como advirtió Nuestro Señor Jesucristo, son imperdonables. Son para el alma, conforme explica Santo Tomás, lo que las enfermedades incurables son para el cuerpo: ¡no tienen cura, salvo un milagro espiritual, que sin embargo Dios lo puede hacer!     






  




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