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«Tesoros de la Fe» Nº 13 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Francisco de Sales

Baluarte de la Contrarreforma y Doctor de la Iglesia



Al transcurrir este mes de enero la fiesta de San Francisco de Sales, es natural que nos ocupemos de él, tanto más que fue una de las mayores figuras de la Contrarreforma católica en Francia, tenido por sus contemporáneos —incluido el gran San Vicente de Paul— como la más perfecta imagen del Salvador entonces existente en la Tierra.


Plinio María Solimeo


A comienzos de noviembre de 1622, San Francisco de Sales, Obispo-Príncipe de Ginebra, acompañaba al Duque de Saboya en la comitiva que se dirigía de Chambéry a Avignon a encontrarse con el Rey Cristianísimo, que era entonces el soberano francés Luis XIII. El Prelado aprovechó la ocasión para visitar los monasterios de la Visitación existentes en el trayecto, como cofundador que era de esa Congregación. Así, llegó el día 11 al de Belley.

Entre las religiosas que presurosas acudieron a su encuentro, se encontraba una que él estimaba mucho por su inocencia, virtud y simplicidad, y a quien por eso le diera el nombre de Clara Simpliciana. Esta, iluminada por luces sobrenaturales, lloraba desconsoladamente: “¡Oh, excelentísimo Señor —le dijo sin subterfugios— vos moriréis este año! Os suplico que pidáis a Nuestro Señor y a su Santísima Madre que eso no ocurra”.

“¡Cómo, hija mía!”, respondió sorprendido el Prelado. “No, no lo haré. ¿No os alegráis por el hecho de que vaya a descansar? Ved: estoy tan cansado, con tanto peso, que ya no puedo conmigo. ¿Qué falta os haré? Tenéis la Constitución y os dejaré a la Madre Chantal, que os bastará. Además, no debemos poner nuestra esperanza en los hombres que son mortales, sino sólo en Dios que vive eternamente”.

Tales palabras como que resumen la vida y la obra de San Francisco de Sales, cuya fiesta conmemoramos el día 24 de este mes. Aunque entonces contase con apenas 56 años de edad y aparentemente no estuviese enfermo, entregó su gran alma a Dios tres días antes que el año terminase, conforme predijera la Hermana Simpliciana...1

La gran probación de su juventud

Francisco de Sales, el primogénito de los trece hijos de los Barones de Boisy, nació en el castillo de Sales, en Saboya, el 21 de agosto de 1567. Por la devoción de sus padres al Poverello de Asís, recibió su nombre y, llegado al uso de la razón, el niño lo escogió como patrono y modelo.

La virtuosa baronesa se dedicó por sí misma, con la ayuda de buenos preceptores, a la educación de su numerosa prole. Para su primer hijo escogió, por su piedad y ciencia, al R. P. Déage, quien hasta su muerte fue para Francisco un padre espiritual y guía. Lo acompañaba siempre, incluso a París, donde el joven barón se radicó durante sus estudios universitarios en el Colegio de Clermont, de los jesuitas.

Con un precoz sentido de responsabilidad y la intención de hacer siempre todo lo que fuese para la mayor gloria de Dios, Francisco estudió retórica, filosofía y teología con un empeño que le permitió ser después el gran teólogo, predicador, polemista y director de conciencias que caracterizaron su trabajo apostólico.

Francisco, como primogénito, era heredero del nombre de la familia y continuador de su tradición. Por eso, recibió también lecciones de esgrima, danza y equitación. Sin embargo, cada vez más se convencía de que Dios lo llamaba enteramente a su servicio. Hizo voto de castidad perfecta y se puso bajo la protección de la Virgen de las vírgenes.

A los 18 años, el joven enfrentó la más terrible probación de su vida: una tentación de desesperación tan violenta, que le causaba la impresión de haber perdido la gracia divina y estar destinado a odiar eternamente a Dios junto a los réprobos. Tal obsesión diabólica lo perseguía día y noche, mitigando hasta su salud.

Ahora bien, para alguien que como él desde que tuvo uso de razón no buscaba sino amar ardientemente a Dios, tal probación era lo más terrible que podía sucederle.

Sería necesario un acto heroico para librarse de ella, y él lo practicó: no se rebelaba contra Dios, aunque le cerrase las puertas del Cielo, y pedía, en ese caso, al menos amarlo en esta Tierra.

¡Señor! —exclamó cierto día en la iglesia de Saint Etienne des Grés, en el auge de su angustia— ¡haced con que yo jamás blasfeme contra Vos, aunque no esté predestinado a veros en el Cielo. Y si yo no he de amaros en el otro mundo, concededme por lo menos que en esta vida yo os ame con todas mis fuerzas!”

Rezando después, humildemente, el Acordaos a los pies de Nuestra Señora, una tal completa paz y confianza le invadió el alma, que la probación se disipó como una humareda.2

Catedral de San Pedro de Ginebra, cuya Sede Episcopal fue ocupada por el santo desde 1602


A los 24 años Francisco, con los estudios brillantemente concluidos y el título de doctor en leyes, regresó al lado de su familia. Su padre escogió para él a una joven heredera de una de las familias más nobles del lugar. A pesar de su edad, le ofrecieron al joven abogado el cargo de miembro del Senado saboyano. Humanamente hablando no se podría desear más.

Para sorpresa del padre, su primogénito rechazó tanto uno cuanto el otro ofrecimiento. Sólo a su madre, que conocía de su entrega a Dios, y a un tío, canónigo de la catedral de Ginebra, les explicó Francisco el motivo de ese acto tenido como insensato.

Falleció por entonces el Deán de la catedral de Chambéry. El canónigo Luis de Sales de inmediato obtuvo del Papa que nombrase a su sobrino para el cargo vacante. Con gran dificultad el Barón de Boisy consintió finalmente que aquel, en quien depositaba sus mayores esperanzas de triunfo en este mundo, se dedicase por completo al servicio de Dios. No podía prever que Francisco estaba destinado a la mayor gloria que un mortal puede alcanzar, que es la de ser elevado a la honra de los altares; y, por añadidura, ¡como Doctor de la Iglesia!

Celo anticalvinista

Los cinco primeros años que siguieron a su ordenación, el P. Francisco los consagró a la evangelización de Chablais, ciudad situada en la margen sur del lago de Ginebra, convirtiendo a empedernidos calvinistas con el riesgo de su propia vida. Para eso, divulgaba folletos en los cuales refutaba sus herejías, contraponiéndoles las auténticas verdades católicas. El misionero tuvo muchas veces que huir y esconderse de enfurecidos herejes y en algunas ocasiones sólo se salvó de milagro.3

Así, recondujo al seno de la verdadera Iglesia a millares de almas seducidas por la herejía de Calvino. Al mismo tiempo daba asistencia religiosa a los soldados del castillo de Allinges, los cuales a pesar de ser católicos de nombre eran ignorantes en religión y disolutos. Su renombre comenzaba ya a repercutir como gran confesor y director de conciencias.

En 1599, el Deán de Chambéry fue nombrado obispo-coadjutor de Ginebra; y tres años después, tras la muerte del titular, asumió la dirección de esa diócesis.

Apóstol entre los nobles

Ese hecho amplió mucho el ámbito de acción de Francisco de Sales. Fundó escuelas, enseñó catecismo a niños y adultos, dirigió y condujo a la santidad a grandes almas de la nobleza, que desempeñaron un papel preponderante en la reforma religiosa emprendida en la época, como Madame Acarie (más tarde una de las primeras religiosas carmelitas de Francia, muerta en olor de santidad) y Santa Juana de Chantal, con quien fundó la Visitación. Numerosas doncellas de la más alta nobleza abandonaron el mundo, entrando en los monasterios de esa nueva congregación, en la cual brillaron por el esplendor de su virtud.

Todos querían oír al santo Obispo. Invitado a predicar en todas partes, era siempre rodeado de gran veneración, siendo necesaria una escolta militar para protegerlo de las manifestaciones del entusiasmo popular.

La familia real de Saboya no resistía la atracción del Obispo-Príncipe de Ginebra, convidándolo constantemente a predicar también en la Corte. Y la más alta nobleza no era menos ávida que el pueblo menudo a oír a aquel a quien ya consideraban santo en vida...

En 1608, ordenó y publicó las notas y consejos que diera a su prima, la Sra. de Chamoisy, en un libro que se volvería inmortal: Introducción a la vida devota. Esa obra fue ocasión de varias conversiones y atrajo a muchas vocaciones a los conventos de la Visitación.

San Francisco de Sales desarrolló su lema en el extraordinario libro que escribió para sus hijas de la Visitación, a pedido de Santa Juana de Chantal, el célebre Tratado del Amor de Dios: “la medida de amar a Dios es amarlo sin medida”.

Glorificado en la Tierra y en el Cielo

Los contemporáneos del Obispo-Príncipe de Ginebra no tenían dudas acerca de su santidad. Santa Juana de Chantal, su dirigida y cooperadora que lo conoció tan íntimamente, escribió: “¡Oh, Dios mío! ¿Me atreveré a decirlo? Sí, lo diré: me parece que nuestro bienaventurado padre era una imagen viva del Hijo de Dios, porque verdaderamente el orden y la economía de esta santa alma era toda sobrenatural y divina. Muchas personas me dijeron que cuando veían a este bienaventurado, les parecía ver a Nuestro Señor en la tierra”.4 Y San Vicente de Paul, siempre que salía de algún encuentro con San Francisco de Sales, exclamaba: “¡Ah, cuán bueno debe ser Dios cuando el Excelentísimo Obispo de Ginebra es tan bondadoso!” 5

En su lecho de muerte el resplandor de su rostro, que ya era visible en sus últimos años de vida, aumentaba a veces mucho más, arrebatando de admiración a los que lo contemplaban.

Tan pronto como falleció, una verdadera multitud invadió el convento de las Visitandinas en Lyon, Francia, para besarle los pies, tocar tejidos en su cuerpo, apoyarle rosarios. Al abrir su cuerpo, los médicos constataron que su hígado se había petrificado por el esfuerzo que permanentemente hiciera para dominar su temperamento sanguíneo y conservar aquella suavidad y dulzura, aparentemente tan naturales en él, que conquistaban los corazones más empedernidos.

Su culto comenzó en el propio momento de su muerte. Y siempre fue recompensado, algunas veces con estupendos milagros.

El Beato Pío IX, quien declaró a San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia


Durante la peste en Lyon, las hermanas visitandinas no se daban a vasto para distribuir al pueblo pedazos del tejido tocado en su cuerpo. En Orleans, la Madre de la Roche sumergía una reliquia del venerado Prelado en agua y la distribuía entre la multitud mientras duró la peste: un tonel al día en promedio. En Crest y en Cremieux, los representantes de la ciudad fueron a la iglesia de la Visitación a hacer, en nombre de la ciudad,  un voto solemne de ir en peregrinación al sepulcro del Obispo, en caso de que cesase la peste. Y todos fueron oídos.

Fue Santa Juana de Chantal quien inició las gestiones para el proceso de canonización de su padre espiritual. Recogió sus escritos privados, cartas, inclusive borradores no terminados, y trabajó con ahínco en ese sentido. Escribió a autoridades civiles y eclesiásticas, e incluso a Roma, pidiendo que urgiesen el inicio del proceso de beatificación.

Pero la alegría de verlo elevado a la honra de los altares sólo la tendría en el Cielo, pues la celeridad de los procesos humanos se quedaban cortos, en relación a los deseos de su ardiente corazón.

San Francisco de Sales falleció el 28 de diciembre de 1622 y fue canonizado el 19 de abril de 1665.

El Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia el 7 de julio de 1877. Y Pío XI, en la encíclica Rerum omnium, de 1923, le atribuyó el glorioso título de Patrono de los periodistas y escritores católicos.     


Notas.-

1. Mons. Bougaud, Juana Francisca Fremyot, Tipografía Católica, Madrid, 1924, vol. II, pp. 95-96.
2. Cf. Butler, Vida de los Santos, México, 1968, vol. I, p. 199.
3. Cf. John J. Delaney, Dictionary of Saints, Doubleday, Nueva York, 1980, p. 236.
4. Carta al P. Juan de San Francisco, apud. Mons. Bougaud, op. cit., vol. I, p. 145.
5. Apud. Mons. Bougaud, id., pp. 142, 145.



  




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