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«Tesoros de la Fe» Nº 14 > Tema “El Símbolo de los Apóstoles”

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Introducción

El símbolo de los Apóstoles



Iniciamos hoy con el presente número de «Tesoros de la Fe» una importante serie sobre los doce artículos del Credo. ¿Por qué? Porque en él están compendiados los principales misterios de nuestra Fe. A continuación trataremos de la importancia fundamental del Símbolo de los Apóstoles o Credo, así resaltada por el conocido autor eclesiástico, el P. Francisco Spirago:


Cuando los Apóstoles habían predicado el Evangelio en algún lugar y movido a muchos a abrazar la fe cristiana, antes de conferirles el bautismo, los habían de instruir en lo esencial de ella, y para esto necesitaban un breve resumen o fórmula de lo que se ha de creer.

El Credo contiene en breve resumen todo lo que un católico debe saber y creer

Esas pocas frases encierran todos los misterios (S. Isidoro). Es el Símbolo de los Apóstoles como el cuerpecito de un niño, en verdad pequeño, pero que tiene en sí todos los miembros de un hombre; o como la pequeña semilla, que encierra en su pequeñez todo el árbol con su tronco y ramas. Se llama Credo, por la primera palabra con que comienza, y Símbolo, porque era la señal o fórmula con que se reconocían los cristianos católicos en los primeros tiempos. El que quería tomar parte en la misa o en los divinos misterios, era examinado por el símbolo; si no lo sabía, no era admitido. Esta fórmula no se podía comunicar a ninguno que no estuviera bautizado. Se usaba entonces del Símbolo, como en la guerra el santo y seña.

Se llama apostólico, porque procede de los Apóstoles

Los sagrados apóstoles cuando se disponían a separarse y esparcirse por todo el mundo, establecieron una regla cierta, para que su predicación, aunque dividida por los lugares, conviniera enteramente en la doctrina (S. Agustín). Pero de los apóstoles proceden sólo las principales partes del Credo. En los siglos posteriores, hasta el sexto, se fueron añadiendo a varios artículos de él, palabras declarativas, según lo exigía la aparición de nuevos errores. Así, a las palabras «Padre Todopoderoso», se añadió Creador del cielo y de la tierra; a «Jesucristo su único hijo», que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo...; a la «santa Iglesia», el epíteto católica, etc. Así como al hombre, cuando crece, no se le agregan nuevos miembros, así tampoco ha adquirido el Credo, por estas añadiduras, nuevas doctrinas de fe.

Además del Símbolo de los Apóstoles, que se recita en el bautismo, se usan otros en la Iglesia: el Niceno (compuesto en 325 en el Concilio de Nicea, contra Arrio y su herejía y ampliado en 381, en el Concilio de Constantinopla) y el Tridentino-Vaticano (que contiene la doctrina del Concilio Tridentino, publicada en 1564 por S. Pío V, y fue complementado por el Concilio Vaticano en 1870). El Símbolo de Nicea es el que dice el sacerdote en la misa; la profesión de fe del Tridentino la han de hacer los que entran en un oficio eclesiástico y también los que de nuevo ingresan en la Iglesia católica.

Comprende las mismas verdades que enseñaron los Apóstoles

Todos los cristianos deben aprender de memoria el Símbolo de los Apóstoles (S. Agustín). El que por negligencia no lo aprende, se hace reo de pecado mortal (S. Tomás de Aquino). No omitas decir el Credo diariamente, tanto al levantarte como al acostarte. Refresca tu fe (S. Agustín). El Credo es la renovación del pacto que hicimos con Dios en el bautismo (S. Pedro Crisólogo). Se asemeja a un escudo que nos defiende contra los ataques del enemigo (S. Ambrosio). No basta tomar alimento una sola vez, sino que necesitamos comer muchas veces para conservar la vida del cuerpo; así tampoco basta crecer una vez, sino es preciso despertar la fe con frecuencia, si queremos conservar la vida del alma (Catecismo Popular Explanado, Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1907, t. I, pp. 117-121).     





  




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