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«Tesoros de la Fe» Nº 113 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Bernardino de Siena

Trompeta del Cielo, predicador del Evangelio




Iniciador del culto al Nombre de Jesús, gran devoto de la Santísima Virgen, famoso predicador popular, San Bernardino de Siena, cuya fiesta conmemoramos el próximo día 20, alcanzó tal fama de santidad en vida, y su intercesión obró tantos milagros luego de su muerte, que mereció la honra de los altares apenas seis años después de su tránsito.

Alfonso de Souza


Bernardino nació el 8 de setiembre de 1380 en Massa Marittima, de la noble familia de los Albizzeschi, una de las más ilustres de la Repú­blica de Siena.

Huérfano de madre a los tres años y de padre a los seis, fue criado por su tía materna, Diana, virtuosa mujer que sembró en su alma las semillas del verdadero amor a Dios, a su Madre Santísima y a los pobres. A los 11 años fue enviado a Siena para recibir una formación conforme a su ilustre apellido al lado de sus tíos paternos. Fue educado por los mejores preceptores de la ciudad.­

Castidad combativa

Amante en grado sumo de la virtud de la pureza, Bernardino, habitualmente respetuoso y ameno de trato, se incendiaba de indignación al oír cualquier palabra inmoral. A un hombre que osódecir una en su presencia, le dio una soberbia bofetada, que repercutió en toda la sala donde se encontraban. El libertino no tuvo la valentía de defenderse contra un frágil adolescente, prefirió la fuga, lleno de confusión. En otra ocasión, reclutó a niños para expulsar a pedradas a otro libertino que se jactaba de sus obscenidades.

Más tarde, siendo ya franciscano, cierta vez en que recolectaba donaciones para el convento, una dama lo invitó a entrar a su palacio, prometiéndole una gran limosna. Sin embargo, la desvergonzada mujer, en cuanto se vio a solas con Bernardino, quiso pecar con él y lo amenazó, en caso de que él no consintiera, de gritar por la ventana acusándolo de haberla querido violar. Sin vacilación, Bernardino “sacó del bolsillo un chicote y se golpeó tan despiadadamente en el propio pellejo, que la tentadora abandonó la idea infame y le pidió humildemente perdón”.1

Su porte era particularmente modesto, aunque tan firme que imponía respeto. De manera que, cuando los amigos estaban en conversación inmoral y veían que Bernardino se aproximaba, cambiaban luego el tenor de su conversación.

Después de terminar los estudios de Filosofía, se aplicó al Derecho civil y canónico, y al estudio de las Sagradas Escrituras.

Arriesga la vida para atender a los apestados

A los diecisiete años ingresó a la Cofradía de los Discípulos de Nuestra Señora, agregada al Hospital de la Scala, en Siena, que tenía como finalidad servir a los enfermos.

El año 1400 la peste, que ya había desolado parte de Italia, llegó con toda su virulencia a Siena, segando diariamente la vida a casi una veintena de víctimas. En breve prácticamente no había más enfermeros para cuidar de los enfermos. Bernardino reunió entonces a doce de sus amigos dispuestos a esta heroica obra de misericordia, tanto más admirable cuanto mayor era el peligro de contagio. Día y noche se dedicaron a atender a las víctimas durante los cuatro meses que duró la epidemia.

Acabado ese tiempo, exhausto por el trabajo y las vigilias que empleara en pro de los apestados, Bernardino cayó en cama víctima de una violenta fiebre que le duró otros cuatro meses.

Apenas se había recuperado, cuando se entregó a otra obra de misericordia: el cuidado de una anciana y piadosa tía, que había quedado ciega, paralítica y cubierta de llagas. Cuidó de ella por el lapso de dos años, hasta que entregó su alma a Dios.

Clavado en la cruz, siguió fielmente la orden del Redentor

Deseando entonces llevar una vida más recogida, mientras esperaba conocer los planes de Dios a su respecto, se retiró a una casa en los alrededores de la ciudad donde se enclaustró, dedicándose a la oración y mortificación, ayuno y recogimiento. Cierto día rezando ante un crucifijo, Nuestro Señor le dijo: “Bernardino, tú me ves despojado de todo y clavado en una cruz por tu amor; es necesario, si tú me amas, que te despojes también de todo y lleves una vida crucificada”.2 Para ello, el joven se sintió inspirado para ingresar a la Orden de los Frailes Menores, en el solitario convento de Colombaio, a corta distancia de Siena. Así lo hizo el día de la Natividad de Nuestra Señora, que era también el día de su vigésimo segundo cumpleaños. Profesó al año siguiente, en la misma solemnidad, y un año después, también en dicha fiesta, celebraba su primera Misa.

Fue en la escuela de Jesús crucificado que el santo aprendió a practicar, en grado heroico, las virtudes cristianas. Para eso, día y noche se prosternaba ante un crucifijo. Otra vez, durante aquella meditación, Nuestro Señor le dijo: “Hijo mío, tú me vez clavado en la Cruz; si tú me amas y me quieres imitar, clávate también a tu cruz y sígueme; así estarás seguro de encontrarme”.

Por acción de la Virgen, se convierte en un gran predicador

La gloria de San Bernardino de Siena, Pinturicchio, 1486 – Iglesia de Santa María en Aracoeli, Roma


Sus superiores, viendo tanta virtud en esa candela, quisieron que ella no permaneciera más oculta, sino que brillara a la luz del mundo. Por ello lo designaron para dedicarse a la predicación.

Bernardino obedeció. Pero como su voz era débil y ronca, no conseguía llegar al número de fieles que se reunían para oírlo. “Con todo no desanimó con eso, sino recurrió a la Santísima Virgen, que inmediatamente dio robustez y claridad a su voz, y le adornó con todas las cualidades de un buen predicador”.3

Después de sus prédicas, “los hombres iban a depositar entre sus manos los dados, las cartas y los otros instrumentos de juegos prohibidos, las mujeres traían a sus pies sus ornamentos, cabellera, tejidos, perfumes y otros productos que la vanidad de ese sexo inventó para perder las almas queriendo embellecer demasiado sus cuerpos. La palabra de Dios en su boca era como una espada cortante y como un fuego que consume lo que hay de más duro y más resistente. Así, le llamaban Trompeta del Cielo, el Predicador del Evangelio”.4

Los frutos de sus prédicas eran aún mayores porque le acompañaban los milagros. Restituyó la salud a enfermos, curó a leprosos. Y cierta vez que un barquero se negaba a transportarlo a la otra margen de un ancho río, porque no tenía con qué pagar, extendió sobre el agua su manto, en el cual él y su compañero cruzaron el río como en el más seguro barco. Al llegar a la otra orilla, ¡el manto ni siquiera estaba mojado!

Iniciador del culto al Nombre de Jesús

“Se pude decir que San Bernardino de Siena fue el iniciador del culto al dulcísimo Nombre de Jesús. Al final de sus sermones mostraba al pueblo una banderola en la cual había grabado con letras de oro el monograma JHS, e invitaba a todos los fieles a prosternarse delante de ella para venerar el nombre del Redentor del mundo”.5

Esto pareció temeraria innovación para algunos espíritus mundanos, y una campaña de difamación fue organizada contra él, con tanta eficacia, que el Papa Martín V le prohibió predicar. Ante la actitud totalmente sumisa de Bernardino, el Sumo Pontífice se informó mejor y quiso que se defendiese: “Leyó con el mayor gusto su apología, y satisfecho de sus razones y de su proceder, le abrazó tiernamente, exhortándole a derramar por todas partes el fruto de su celo”.6

El emperador Segismundo tenía tanta veneración por él, que le lleva consigo a Roma en 1433, para que asista a las ceremonias de su coronación.

Vicario General de la Orden

Venerado también por sus hermanos de hábito, éstos lo eligieron, en 1438, Vicario General de todos los conventos de la observancia. En ese cargo, San Bernardino restableció la observancia en mu­chos conventos y mandó construir otros, a la mayoría de los cuales dio el nombre de Santa María de Jesús, por la singular devoción que tenía a ese nombre.

En el intervalo entre sus actividades apostólicas escribía. Entre sus obras están los tratados de la Religión Cristiana, del Evangelio Eterno, de la Vida de Jesucristo, del Combate Espiritual, además de Meditaciones y Sermones. A causa de su quebrantada salud, aligeró el peso de su cargo sobre San Juan de Capistrano, su discípulo y sucesor.

La muerte de San Bernardino de Siena, Pinturicchio, 1486 – Iglesia de Santa María de Aracoeli, Roma


Muerte franciscana

En 1444 se dirigía a Nápoles con el fin de predicar unas misiones. Al llegar a L’Aquila, sintió que sus días estaban contados y que debería prepararse para comparecer ante el tribunal del Supremo Juez. Para seguir el ejemplo de San Francisco, pidió a sus hermanos frailes que lo acostasen sobre el suelo desnudo para expirar ahí, lo que sucedió el día de la Ascensión a la hora de Vísperas, cuando cantaban en el coro la antífona: “Padre, manifesté tu nombre a los hombres que me diste, y ahora voy a Ti”. Tenía 64 años.

Muchos años antes, estando el gran San Vicente Ferrer predicando en Alejandría de Lombardía, dijo públicamente “que había un personaje en su auditorio que sería la luz de la Orden de San Francisco, de toda Italia y de la Iglesia; y que sería declarado santo como él”.7

Este santo fue precisamente San Bernardino de Siena.      

Notas.-

1. P. José Leite; S.J., Santos de Cada Dia, Editorial A.O., Braga, 1987, t. II, p. 111.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VI, p. 57.
3. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, p. 207.
4. Les Petits Bollandistes, op. cit., pp. 57-58.
5. Edelvives, op. cit., p. 208.
6. P. Juan Croiset; S.J., Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, t. II, pp. 598-599.
7. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 61.




  




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