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«Tesoros de la Fe» Nº 114 > Tema “Pecado y acción diabólica”

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¿Son pecados mortales las “fantasías” de la mente?

PREGUNTA

Referente a su artículo sobre “pecados de pensamiento”, me dejó con dudas: ¿serían pecados mortales pensamientos sólo por “fantasías” de la mente? ¿El consentimiento está relacionado con lo que la persona haría si fuera posible? ¿Cuál es la diferencia entre atracción sexual y codicia? ¿Codicia o deseo, sería el acto de resolver obtener un placer con tal persona, mientras que la atracción serían las “ganas”?


RESPUESTA

Las tres condiciones que caracterizan un pecado mortal son: materia grave, pleno conocimiento y pleno consentimiento. En cuanto a la naturaleza de los pecados, éstos pueden ser de pensamiento, palabra, obra y omisión. El lector pide esclarecimientos sobre los pecados de pensamiento.

Las “fantasías” de la mente pueden asaltar a cualquiera, pero sólo constituyen pecado mortal cuando la persona consiente en ellas, es decir, se demora deliberadamente en ellas, buscando la complacencia resultante. Puede darse el caso, no obstante, que la persona no aparte con la debida energía tales fantasías o devaneos: en este caso será pecado venial, pudiendo sin embargo llegar a ser mortal, si la lucha contra el mal pensamiento fuera muy débil, lo cual equivale casi a la inexistencia. En ese caso, se establece en el alma una confusión interior a respecto del consentimiento / no-consentimiento.

Como norma general, mientras el alma está luchando contra el mal pensamiento, se puede suponer que la debilidad con que la lucha es conducida no llegue a caracterizar un pecado mortal. La persona debe en ese caso exponer la situación a un buen confesor, conforme lo explicamos en nuestra materia del mes de mayo último.

Atracción natural y codicia

Los devaneos que hacen permeables los malos pensamientos pueden inducir al deseo de consumar los actos pecaminosos. Si la persona da guarida a ese deseo en su corazón, el consentimiento es inequívoco y constituye en sí un pecado mortal, según aquella sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: “Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5, 27-28).

La atracción del hombre por la mujer (y viceversa) hace parte de la naturaleza humana. Lo mismo vale para los animales irracionales, que Dios creó también en parejas de macho y hembra, como señala la Escritura. Sucede que los animales irracionales siguen de modo ciego el impulso de la naturaleza, al contrario del hombre, que debe someter ese impulso a los dictámenes de la razón, lo que no siempre es fácil, debido a los desarreglos introducidos por el pecado original. De ahí que todas las leyes divinas y humanas establecen que el matrimonio, monogámico e indisoluble entre un hombre y una mujer, es el marco propio para la generación y educación de la prole. Marco éste sublimado por Nuestro Señor Jesucristo, que lo elevó a la esfera de lo sagrado incluyéndolo en la categoría y dignidad sacramental. Es el sacramento del matrimonio — monogámico e indisoluble.

Así, por un lado, es conforme al orden natural y divino que la mujer busque atraer al hombre, inclusive usando adornos que realcen, con elegancia y recato, la propia hermosura. Por otro lado, es más que oportuna la advertencia de que tales adornos deben conformarse a las normas de la modestia cristiana, que prohíben sub grave la exposición de las partes pudendas del cuerpo humano.

En nuestros días prevalece el desvergonzado slogan de la Revolución de la Sorbonne, de 1968: “Prohibido prohibir”…


Lamentablemente, a lo largo de todas las épocas de la historia humana siempre hubo la tendencia de trasponer esos límites, motivo de preocupación para los guardianes de la Ley. En la era cristiana, vemos a los predicadores, confesores, directores de conciencia, y hasta padres y madres de familia, empeñados en que todos conserven el pudor en los vestidos y en el comportamiento. Nos dispensamos de resaltar lo que ocurre en nuestros días, pues a la vista de todos prevalece el desvergonzado slogan de la Revolución de la Sorbonne, de 1968: Prohibido prohibir…

Claro está que, en estas circunstancias, la práctica de la castidad exige un combate a toda hora y minuto. Sobre esto, tenemos dos importantes palabras que decir.

No quedar apenas a la defensiva

La pregunta del consultante describe bien la situación en que se debaten las personas en general, y no sólo los más jóvenes, frente a lo que se podría clasificar adecuadamente como agresión sexual permanente. Muy meritoriamente hay quien luche con fuerza contra ella, para no ceder a la tentación y no dejarse arrastrar hacia el pecado. Pero una consideración menos frecuente, que ayudaría en ese combate a la tentación, consiste en pensar cuánto ofende a Dios el modo como se visten tantas jóvenes, y a veces hasta señoras de más edad, para no hablar del trastorno de la actual moda masculina, verdaderamente indigna de un varón.

Teniendo esta consideración en mente, podemos desagraviar a Dios por el pecado cometido por quien está así desvergonzadamente vestida, execrando interiormente ese pecado y considerando que quien lo practica hace el juego del demonio, el cual quiere llevar el mayor número posible de almas al infierno. Aunque la persona que está actuando así no tenga plena conciencia de ello, acaba actuando como agente del demonio. La consideración de la hediondez y malicia del demonio, que de ese modo trasparece por detrás, puede ser un fuerte elemento para vencer la tentación.

Autores espirituales perspicaces hacen también la siguiente comparación: si alguien nos presenta una copa con un licor finísimo, dentro del cual fue introducida una gota de veneno, beber de ese licor es un suicidio. ¿Qué debemos pensar de la persona que nos ofrece ese licor para beber? ¡No puede ser considerada menos que como un criminal consumado!

Estas consideraciones desplazan nuestro combate a la tentación. De una posición meramente defensiva, pasa a una posición vigorosamente ofensiva. Esto favorece nuestra lucha contra la tentación, según el principio bastante conocido de que la mejor defensa es el ataque. Procure el lector aplicar este principio en la lucha contra los malos pensamientos, inclusive evaluando si el olvido de esta consideración no revela ingenuidad, y hasta cierta condescendencia con el mal al cual combate tan flojamente…

Esta observación fue hecha por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en una de sus conferencias, y juzgamos útil transmitirla al lector.


El mundo moderno merece
un severo castigo

En el Mensaje de Fátima, la Santísima Virgen nos presenta un mundo pronto a ser castigado severamente por los desordenes en que se despeñó. Tesoros de la Fe ha descrito tales desordenes con riqueza de pormenores. Sin ser las únicas, las transgresiones contra la castidad constituyen, de cualquier modo, un largo filón de los pecados que ofenden a Dios y atraen los castigos a la humanidad de nuestros días. Punición más que justa. Y, conforme a las advertencias de Nuestra Señora, necesaria para encarrilar nuevamente a la humanidad por las vías benditas de la Santa Iglesia y de la civilización cristiana.

No se trata de una perspectiva ilusoria, por cuanto fue anunciada por la misma Virgen Santísima. A pesar de los sufrimientos que ella implica para la humanidad, sirve de aliento para todos los que luchan en este valle de lágrimas, anhelando el triunfo del Inmaculado Corazón de María, en todo idéntico al triunfo del Sagrado Corazón de Jesús.      





  




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+286 . Era comandante de la famosa Legión tebana, que guardaba las fronteras meridionales de la Tebaida, en Egipto. En la persecución de Diocleciano, fue martirizado con todos sus soldados, durante una campaña militar, por no querer sacrificar a los ídolos.








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