El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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«Tesoros de la Fe» Nº 124 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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Tatuajes, graffiti y adornos femeninos

PREGUNTA

Tengo 19 años y quiero pedirle un favor. Vi que usted es monitor de latín, y yo necesito traducir una frase al latín. Me explico mejor, yo pasé por una experiencia de vida muy difícil y dolorosa. Tuve un tumor, pero con la gracia de Dios me recuperé. En verdad, yo lo considero como un milagro. Y quería tatuar esa gracia.

La frase es: “De Él es la victoria alcanzada en mi vida”. ¿Podría usted traducírmela? Muy agradecida. ¡Espero su respuesta!


RESPUESTA

Aunque no sea “monitor de latín” como escribe la consultante, soy del tiempo en que se enseñaba latín en los seminarios; además, fui rector de seminario en dos diócesis brasileñas, en los cuales el latín era disciplina obligatoria. Y la frase, propuesta para la traducción, no es tan complicada que exija estudios especializados de latín. Así, le propongo la siguiente formulación: Tua est, Deus meus, in vita mea victoria. Como ve, sugiero explicitar que el “Él” de quien se trata es Dios, de modo que quien la lea entienda de inmediato que la referencia es a Dios, autor supremo de todas las victorias en nuestra vida. El latín es una lengua muy concisa y la palabra “alcanzada” es dispensable en la traducción; queda subentendida.


La joven que me escribe hará un bello apostolado tomando esa frase como divisa y mostrándola a quien quiera leerla. No obstante, un consejo: ¡no lo haga por medio de un tatuaje! Ya traté de este tema, en esta misma sección, en septiembre del 2010 y febrero de 2012. Pero vuelvo al asunto.

Advertencias importantes y oportunas

Sé bien que los tatuajes están de moda, principalmente entre los jóvenes, y cabe preguntarse no hay algo por detrás de esa moda. Como también de los graffiti en muros y paredes de edificios. Graffiti y tatuajes son parientes afines. Su ADN tiene en común diseminar la suciedad y la fealdad, y de ese modo contribuyen para contaminar las almas de los habitantes de las ciudades. Y, según manifiestan algunas noticias de prensa, sirven también, en muchos casos, para indicar la pertenencia a determinada tribu urbana y así “marcar territorio”, como lo hacen, por distintos métodos, diversas especies animales.

Nada de esto, pues, es tan inocente cuanto parece a primera vista. Así, aunque el tatuaje o el graffiti en sí pueda ser inocente, artístico y hasta santo —como es ciertamente el caso de nuestra lectora—, este se insiere en un contexto revolucionario, que las personas con el alma limpia tienen el deber de evitar.­


De un modo general, por lo tanto, los tatuajes deben ser vistos en un contexto mucho más amplio que el de la moralidad en sí de las frases o dibujos tatuados: es decir, la decencia de la vida pública y la protección de la moralidad individual. En nombre de estas, los oradores sagrados y los confesores deberían desaconsejar a los fieles la práctica de los tatuajes.

Además, tratándose de una joven, se pone un problema: ¿en qué parte del cuerpo va a ser tatuada la frase? Conforme recomiendan los moralistas católicos, las personas del sexo femenino deben, en cualquier edad, evitar exponer las partes del cuerpo denominadas pudendas, es decir, aquellas que el pudor humano recomienda mantener cubiertas. Y la razón es simple: las mujeres deben evitar exponer, de su cuerpo, todo aquello que excita la concupiscencia de otros.

La falta de observancia de esta regla elemental de modestia, es un factor más para explicar la multiplicación de situaciones gravemente perjudiciales para las propias jóvenes e incluso niñas —como los estupros o los embarazos precoces—, para cuya solución se apelará después, indebidamente, al nefando crimen del aborto, aunque disfrazado por el silencioso método de las píldoras abortivas.

Los adornos en la vestimenta femenina

Pero no por ello la joven consultante está desprovista de medios para ejecutar su honesto y meritorio deseo de proclamar la victoria de Dios en su vida, estampando la frase —¡curiosamente en latín!— Tua est, Deus meus, in vita mea victoria.


Es perfectamente legítimo que la mujer soltera se adorne decentemente, en vista de agradar a un eventual esposo, y, así, construir una nueva familia, según los designios de Dios; o, si ya está casada, de agradar al marido. Para esto, el genio inventivo femenino creó adornos para su presentación y vestimenta, tales como cintas para el cabello, diademas, aretes, pendientes, collares, broches, camafeos, brazaletes, anillos, etc. La mujer sensata los usará con moderación, distinción y elegancia, alternativamente, conforme las circunstancias. Cabrá a la consultante hacer uso de ese genio inventivo para colocar, o mandar grabar, la frase de su agrado en la disposición conveniente —en uno o dos de esos adornos, o en un crucifijo o medalla del Corazón de Jesús— de modo que sea discretamente legible por las personas con las cuales se relaciona. Prestará así, conforme desea, la ofrenda de gratitud debida a Dios que, a su entender, le propició una curación milagrosa. Y nadie será tan insensato de negarle el derecho de prestar crédito a la palabra interior que el Divino Espíritu Santo colocó en su corazón.

Nadie negará tampoco su derecho de realzar la belleza que Dios le dio, usando tal adorno. La propia Virgen Santísima, en sus apariciones, se muestra a los videntes de forma extremamente bella. “Una Señora más brillante que el sol”, describía la principal vidente de Fátima. Y en la Letanía lauretana, varias invocaciones exaltan la hermosura de la Reina de los cielos y de la tierra: Vaso honorífico, Rosa mística, Torre de marfil, Casa de oro, Estrella de la mañana, Reina de las vírgenes, etc.

Que la Santísima Virgen María inspire al consultante para que encuentre la manera­ más adecuada de satisfacer su legítimo voto, sin recurrir a métodos que las costumbres revolucionarios de nuestros días imponen dictatorialmente, con la intención de apartar a los hombres de Dios, ¡suma y eterna belleza! 



  




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