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«Tesoros de la Fe» Nº 126 > Tema “Apóstoles”

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San Bernabé

Compañero de misión de San Pablo



Miembro destacado de la Iglesia apostólica, inflamado de celo por la conversión de los paganos

Plinio María Solimeo


En los primeros días de la Iglesia el fervor de los cristianos era tan grande, que ellos renunciaban a sus bienes, colocándolos a disposición de los Apóstoles para que los utilizasen en provecho de todos: “Se distribuía a cada uno según lo que necesitaba” (Hch4, 35). Sin ser obligatoria, esta práctica se plasmaba debido al pequeño número de fieles. Con el crecimiento de la Iglesia, ella siguió floreciendo en las órdenes religiosas.

Entre aquellos generosos cristianos se destacaba uno, por lo cual es nombrado por San Lucas: “José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hch 4, 36-37).

Según la tradición oriental Bernabé se radicó en Jerusalén, y habiendo oído a Nuestro Señor predicar en el Templo, se convirtió en admirador de su doctrina. Por su celo y consejos, mereció ser llamado Apóstol, a pesar de no ser de los doce. Era grave y afable, con amplitud de vistas y llama profética, y, sobre todo, como dice San Lucas, “era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe” (Hch 11, 24).

Por tales predicados, San Bernabé se volvió muy considerado en aquellos tiempos de la primavera de la fe. Su apariencia debía impresionar, pues más tarde los paganos lo tomaron por Zeus, el padre de los dioses entre los griegos.

Cuando el recién convertido San Pablo buscó a los Apóstoles en Jerusalén, ellos intentaron evitar su presencia, pues nadie podía creer que aquel perseguidor de cristianos se había vuelto ahora uno de ellos.

Según la tradición, San Bernabé —a quien San Pablo debió haber narrado todos los pormenores de su conversión— conoció al Apóstol de los Gentiles en la escuela de Gamaliel.

Y convencido de la sinceridad de su antiguo condiscípulo, le sirvió de “ángel de la guarda”. Lo condujo y lo apadrinó junto a San Pedro y Santiago, pues además de ellos, dice San Pablo, “de los otros apóstoles no vi a ninguno” (Gál 1, 19). San Bernabé “les contó cómo [Saulo] había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús” (Hch 9, 27).

Después de haber pasado quince días con San Pedro, a causa de las celadas de los judíos “los hermanos, lo bajaron [a San Pablo] a Cesarea y lo enviaron a Tarso” (Hch 9, 30).

San Bernabé busca el auxilio de San Pablo

Sin embargo, los fieles diseminados por la persecución que siguió al martirio de San Esteban iban esparciendo por todas partes la semilla de la palabra divina. De ese modo algunos de ellos, “de Chipre y de Cirene”, fueron a Antioquía, donde predicaron la buena nueva de la salvación: “Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor” (Hch 11, 21). Noticias de ese suceso llegaron a oídos de los Apóstoles, que enviaron a Bernabé para verificar el espíritu que presidía a esa nueva cristiandad.

San Bernabé “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño” (Hch 11, 23).

Humilde, este apóstol no se juzgó apto para orientar él solo a los nuevos cristianos. Se acordó entonces de Saulo, y fue a buscarlo a Tarso para que sea su compañero de apostolado.

San Pablo estaba en pleno vigor varonil y en la fuerza de su primer entusiasmo. Si la iglesia de Antioquía ya experimentaba antes un gran impulso, con los dos Apóstoles creció aún más.

Ellos permanecieron un año entero en aquella ciudad, donde por primera vez los discípulos de Jesús comenzaron a ser conocidos como “cristianos”. Esa fue también la primera iglesia en desvincularse del suelo originario del judaísmo.

Cuando hubo hambre en toda Palestina, Pablo y Bernabé fueron escogidos para llevar el auxilio de los antioquenos a los cristianos de Jerusalén (Hch 11, 30).

El primer viaje apostólico

Los dos apóstoles continuaron dirigiendo con fervor a la cristiandad de Antioquía. Cierto día, en “que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado»” (Hch 13, 2). Esa obra sería el primer viaje apostólico. “Entonces, después de ayunar y orar, [los ancianos] les impusieron las manos y los enviaron” (Hch 13, 3).

“Esta imposición de las manos sobre Saulo y Bernabé ¿era la ordenación episcopal? Es el sentimiento general. La vocación milagrosa para el apostolado, no habiendo exceptuado a Saulo de la obligación de recibir el bautismo de las manos de Ananías, no se ve por qué esa misma vocación lo habría exceptuado de recibir el sacramento del Orden. En las vocaciones incluso extraordinarias, Dios, que actúa siempre con medida, no suprime las reglas que estableció”.1

Los dos Apóstoles tomaron consigo a San Marcos y partieron hacia la gran aventura apostólica.

Probablemente fue San Bernabé quien propuso pasar por Chipre. Desembarcaron en el puerto de Salamina, cerca de Famagusta, de donde era originario. Él sabía que todas las ciudades del lado oriental de la isla contaban con prósperas sinagogas y que había en ellas grupos de cristianos (Hch 11, 19).

San Bernabé —que dirigía la misión— resolvió entonces atravesar la isla hasta Pafos. En esa ciudad residía el procónsul romano Sergio Paulo, “hombre prudente”. Este, al saber de la llegada de Bernabé y de Pablo, los llamó, pues “deseaba oír la palabra de Dios” (Hch 13, 7).

Después de un incidente con el mago Barjesús —judío y falso profeta, que deseaba impedir de todos los modos el contacto del procónsul con los apóstoles y que quedó ciego después de ser increpado por San Pablo—, el procónsul creyó.

Abriendo para los paganos las puertas de la fe

En la pequeña ciudad de Listra, San Pablo curó a un paralítico de nacimiento. Debido a este milagro los paganos quisieron adorarlo como dios, gritando que Zeus (o Júpiter) y Hermes (o Mercurio) “han bajado a visitarnos”. Decían que San Pablo, a causa de su elocuencia, era Mercurio, y San Bernabé, por su digno y majestuoso porte, era Júpiter. Fue difícil a los misioneros convencer a la multitud de que eran hombres y no dioses. “Pero llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole ya por muerto” (Hch 14, 19).

Posteriormente, los dos apóstoles predicaron en Derbe, en Galacia, y al regreso hicieron el camino inverso para visitar y afirmar a las cristiandades por ellos fundadas. Regresaron entonces a Antioquía de Siria, después de cuatro años de ausencia (Hch 14, 23-26). Los apóstoles “habían abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hch 14, 27).

Surgió entonces un incidente con los cristianos judaizantes: insistían que los gentiles convertidos deberían someterse a los ritos judaicos: “Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés” (Hch 15, 5).

Ahora bien, “hacer depender su admisión [de los gentiles] en la Iglesia de la circuncisión y de la ley ritual, significaba reducir la Iglesia a la estrechez de la sinagoga y negar la universalidad de la redención”.2 Y era exactamente esto lo que desearían los judaizantes, como revela el propio San Pablo (Gal. 2,4). Tanto él como San Bernabé eran contrarios a esa medida. Se resolvió entonces que irían a Jerusalén a decidir la cuestión con los Apóstoles.

En la asamblea de los Apóstoles en la Ciudad Santa, considerada el primer Concilio de la Iglesia, San Pedro y Santiago el Menor, sobre todo, se declararon a favor de los dos apóstoles, con tal que los cristianos oriundos del paganismo se abstengan de “la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre” (Hch 15, 6-21).

Los Apóstoles enviaron a Judas y a Silas “con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Hch 15, 25-26) para transmitir a los fieles de Antioquía la decisión a la que habían llegado. Silas permaneció después en Antioquía, asociándose a San Pablo en sus viajes apostólicos.

San Pablo resistió “cara a cara” al primer Papa

Pero después ocurrió otro hecho al que San Lucas no se refiere, y que muestra como la situación continuaba siendo crítica a causa de la influencia de los judaizantes. Es el propio San Pablo quien narra a los Gálatas, con mucha vivacidad, este penoso conflicto: “cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible. En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión. Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso Bernabé se vio arrastrado a su simulación” (2, 11-13).

¡Palabras duras las del Apóstol Pablo con relación al primer Papa! Es bueno notar que no se trataba de un error doctrinario de San Pedro, sino de una actitud práctica, si bien que con repercusiones muy serias para el futuro de la Iglesia. Es conveniente resaltar también que San Pedro estaba enteramente abierto al apostolado de San Pablo con los gentiles y le dio la razón. Él mismo, al comienzo, se sentía confortable en medio de ellos.

Si más tarde creyó que era su deber acomodarse a las circunstancias, no fue porque pensara de modo diferente de San Pablo. Ocurrió que, siendo especialmente encargado de predicar el Evangelio a los judíos, tal vez por temor de ofenderlos, comenzó a separarse de la mesa de los fieles provenientes de la gentilidad. Y esa actitud equívoca arrastró a otros judíos, inclusive a San Bernabé.

Por lo que, continúa San Pablo: “Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo fuerzas a los gentiles a adoptar las costumbres judías?” (Gal. 2, 14).

Pablo y Bernabé en Listra, Nicolaes P. Berchem, 1650


San Pedro “no vio en el lance inspirado y fogoso del Apóstol de los Gentiles un acto de rebeldía, sino de unión y de amor fraterno. Y, sabiendo bien en qué era infalible y en qué no lo era, cedió ante los argumentos de San Pablo. Los santos son modelos de los católicos”.3

Humildemente, San Pedro recibió la amonestación, reconoció su error y extendió la mano a San Pablo, desarmando a todos los que había escandalizado con su conducta.

San Pablo y San Bernabé permanecieron en Antioquía “con otros muchos”, predicando el Evangelio, hasta el día en que el primero propuso al segundo que volviesen a visitar las cristiandades por ellos fundadas (Hch 15, 36).

Surgió entonces una divergencia entre los dos santos: Bernabé quería llevar con ellos nuevamente a San Marcos. Con todo, Pablo se opuso, pues el joven los había abandonado sin explicaciones en Panfilia. “Se produjo una gran tensión, hasta el punto de que se separaron el uno del otro” dice San Lucas (Hch 15, 39). Comenta así San Jerónimo: “Pablo, más severo; Bernabé, más clemente; cada cual abunda en su parecer, y, sin embargo, la discusión tiene algo de la humana fragilidad”.4

San Bernabé partió con Juan Marcos hacia Seleucia, y San Pablo, llevando consigo a Silas, de la iglesia de Jerusalén (cf. 1 Pd 5, 12), recorrió Siria y Cilicia en este segundo viaje apostólico (Hch 15, 40).

El incidente con San Bernabé fue rápidamente olvidado tanto por San Pablo cuanto por San Marcos. De tal modo que, más adelante, están nuevamente juntos, pues el Apóstol escribió a Timoteo: “Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio” (2 Tim 4, 11).

A partir de aquel momento, San Bernabé ya no es citado en los Libros Santos, dando lugar a San Pablo.

Según una antigua tradición, San Bernabé murió en Chipre, en cuya antigua capital (Salamina) su cuerpo fue encontrado el año 488. Su fiesta se conmemora el 11 de junio. 

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Saint Paul, Apôtre des Gentils et Martyr, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VII, p. 469, nota 1.
2. José Holzner, San Pablo, Heraldo de Cristo, Editorial Herder, Barcelona, 1946, p. 128.
3. La política de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas. Para la TFP: ¿cesar la lucha o resistir?, in “Folha de S. Paulo”, 10-4-1974.
4. Apud P. José Leite, Santos de cada día, Editorial A.O., Braga, 1987, t. II, p. 230.



  




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