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«Tesoros de la Fe» Nº 128 > Tema “Devociones surgidas en otros lugares del Nuevo Mundo”

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Nuestra Señora de los Ángeles de Coatlán


María Santísima, Madre de todas las madres, nos da un ejemplo de la perseverancia del amor materno

Valdis Grinsteins


Cuando oímos narraciones de favores, gracias o milagros concedidos por la Santísima Virgen, nos llama la atención la variedad de las virtudes que en ellos se reflejan. En algunos se manifiesta la bondad, en otros la dulzura o, si no, la justicia y así en adelante. Existe una antigua devoción mexicana que nos descubre la perseverancia de Nuestra Señora. Como hijos ingratos, muchas veces nos olvidamos de Ella, pero María Santísima nunca se olvida de nosotros.

Esta historia comienza el año 1580, en la ciudad de México, más específicamente en el barrio llamado Coatlán. La capital mexicana está edificada sobre una antigua laguna que con el tiempo se fue reduciendo.

Por ocasión de una fuerte tempestad, Coatlán quedó anegado. El barrio era habitado por indios Toltecas, y uno de sus caciques, Izayoque, encontró entre los objetos arrastrados por las aguas una pintura que representaba a la Santísima Virgen. Conmovido por la imagen, el cacique hizo pintar una copia del lienzo en la pared de un oratorio de adobe, que con el paso del tiempo se transformó en capilla.

La imagen, de cerca de un metro y medio de altura, es una clásica representación de la Inmaculada Concepción, con muchos ángeles a su alrededor. Por esta razón, el pueblo la invocaba como Nuestra Señora de los Ángeles, siendo hasta hoy conocida por esa denominación.

Olvido e ingratitud del pueblo

Pasado el primer fervor del cacique y del pueblo, la capilla cayó en el olvido. El techo se hundió y, con las lluvias e inundaciones, especialmente las de 1604 y 1607, las paredes también se desmoronaron. Cierto día, los vecinos del lugar penetraron en aquellos escombros para verificar si alguna cosa había quedado.


Grande fue su admiración al comprobar que todo estaba destruido, excepto parte de la pintura de la Madre de Dios. El rostro y las manos estaban intactos, como si nada hubiese pasado. Contrastaba con esto el resto de la pintura, pues la túnica de la Virgen María estaba bastante deteriorada. Con el renacimiento de la devoción, en poco tiempo, se construyó una nueva capilla con las ofrendas de los fieles.

Todos los pueblos tienen sus cualidades y sus defectos, algunos más acentuados que otros; y ciertamente la constancia no era una de las cualidades de la población de aquella zona.

No habían trascurrido quince años, y la capilla quedó otra vez desierta y en abandono. Pero justamente porque las personas no eran perseverantes, quiso la Santísima Virgen mostrarles que las obras de Dios no pueden quedar inacabadas.

Sucesivas destrucciones y restauraciones

Llegamos al año 1629, cuando sobrevino una nueva inundación. Al realizarse un inventario general de los daños en la ciudad, se acordaron de la capilla. Constatándose que, a pesar de que las aguas llegaron hasta la altura de las manos de Nuestra Señora, el rostro aún estaba intacto.

El arzobispo de México, D. Francisco Manso y Zúñiga, ordenó entonces que se hiciera una reconstrucción general, la cual concluyó diez años después.

La restauración, sin embargo, no fue duradera: ya en 1668 una inspección constató que la capilla se encontraba nuevamente deteriorada, estado éste que aún perduró hasta 1737. En aquel año, la capilla no tenía ni techo ni puertas.

La Santísima Virgen, no obstante, velaba por su imagen, y quiso mostrar una vez más que no se puede desistir en el camino del bien. Suscitó entonces almas generosas que oraron, recabaron fondos y difundieron de nuevo la devoción. En 1745 fue edificada una capilla mucho más sólida que las anteriores.

Romerías indignas — renacimiento de la devoción

La devoción iba creciendo y con ella las romerías hasta el lugar. Pero, por increíble que parezca, fueron justamente tales romerías que lo destruyeron todo. La inmoralidad que lamentablemente invadió tales romerías las transformó en fuente de escándalos. Cuando aquella situación alcanzó un punto intolerable, el nuevo arzobispo de la ciudad ordenó la clausura de la capilla. Hecho que, naturalmente, perjudicó la devoción a la imagen.

El interior del Santuario. A la derecha, el frontis de mismo

Parecería que esta vez la devoción a Nuestra Señora de los Ángeles había recibido un golpe mortal. Sin embargo, la Divina Providencia decidió patentizar que nunca abandona el bien iniciado.

Pasó por el lugar el inquisidor mayor, D. Pedro Navarro, importante personaje eclesiástico encargado de velar por la pureza de la fe. Él quiso verificar personalmente el caso. Habiendo visitado a la imagen, quedó muy conmovido, y comenzó a estudiar un medio de abrir nuevamente la capilla a la veneración de los habitantes. Después de tomar las medidas necesarias para evitar que las inmoralidades se infiltrasen en las romerías, otra vez renacía el culto a esta imagen de Nuestra Señora de los Ángeles.

Después de nuevas tribulaciones, un glorioso desenlace

¿Final feliz de nuestra historia?

No. Aún no, pues en 1776 ocurrió un terremoto, que causó graves daños a la edificación. Solamente seis años después pudieron ser reiniciadas las obras de reconstrucción, concluidas en 1808.

La Santísima Virgen suscitó como custodio de su imagen a un celoso sacerdote, el P. José María Santiago y Carrer, quien fue capellán del santuario durante 33 años. Gracias a él la devoción se extendió a tal punto, que la pequeña capilla fue insuficiente para contener a los devotos que venían en peregrinación, y fue entonces construido un amplio templo para el culto a la sagrada imagen. Durante tales trabajos, así como los posteriores a otra inundación, esta vez en 1883, quedó probado que la primitiva pared, donde está pintada la imagen, estaba hecha de frágil adobe, que naturalmente no podría haber resistido a tantas calamidades provocadas por las aguas.

La fiesta conocida como “Luces de los Ángeles”, frente al templo de Coatlán, en 1910

El aumento de la devoción a la imagen llevó al bienaventurado Papa Pío IX a conceder, a los fieles que frecuentaran aquella iglesia, el privilegio de poder recibir las mismas indulgencias del Jubileo de la Porciúncula, el famoso santuario de San Francisco de Asís en Italia. Para agradecer tan especial concesión, los devotos mexicanos obsequiaron al Sumo Pontífice una pequeña copia de la imagen. El Pontífice la colocó en un marco de oro junto a su lecho.

Debido al estallido de una revolución de carácter masónico en Roma, el Papa tuvo que abandonar la ciudad, llevando consigo la preciosa imagen. Posteriormente, la obsequió a la esposa del embajador de Bélgica, la condesa de Spa, en agradecimiento por su desvelo en defensa del Papado, demostrado en aquella ocasión.

El santuario de Nuestra Señora de los Ángeles continúa siendo, hasta los días actuales, uno de los más populares de la ciudad de México, dando nombre al barrio. En su fiesta —el 2 de agosto de cada año, una de las más antiguas y tradicionales de la ciudad— la milagrosa imagen atrae a una verdadera multitud de devotos. 


Fuente de referencia.-

P. Rubén Vargas Ugarte  S.J., Historia del culto de María en Iberoamérica, Madrid, 1956, t. I, pp. 216-220.



  




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