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«Tesoros de la Fe» Nº 130 > Tema “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones”

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Pobreza y esplendor

Extremos armónicos en
el firmamento de la Iglesia


Plinio Corrêa de Oliveira




Un aspecto de la Santa Iglesia. Envuelto en la penumbra, con un cráneo en la mano que evoca la muerte, San Francisco mira hacia lo alto en una actitud de profunda oración. Vestido con una sencilla y pobre túnica, que parece encarnar todos los elementos que impregnan el ambiente que lo rodea: gravedad extrema, resolución varonil de vivir sólo para lo que es profundo, verdadero, eterno; noble simplicidad, espíritu de renuncia a todo cuanto es de la tierra, pobreza material en fin, iluminada por los reflejos sobrenaturales de la más alta riqueza espiritual.

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Otro aspecto de la Santa Iglesia.

En la inmensa nave central de la Basílica de San Pedro, se desplaza majestuoso el cortejo papal. En la fotografía, se percibe apenas una parte de él, esto es, algunos dignatarios eclesiásticos y laicos que preceden inmediatamente a la silla gestatoria. En ésta, el Sumo Pontífice, ladeado de los famosos flabelli y seguido de la Guardia Noble.

Al fondo, se yergue el Altar de la Confesión, con sus elegantísimas columnas y su espléndido dosel. Y bien más atrás la célebre “Gloria” de Bernini. Las altas paredes recubiertas de mármoles admirables y adornadas de relieves, los arcos simultáneamente leves e inmensos, las luces que resplandecen como si fuesen estrellas o fulgidísimos brillantes, todo en fin se reviste de una grandeza, de una riqueza que es bien el supra summum de lo que la tierra puede presentar de más bello. Es la mayor pompa de que el hombre sea capaz, realzada por la magnificencia del arte y por el esplendor de los recursos naturales de la piedra.

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Lo que en un cuadro es gravedad recogida, en el otro es gloria irradiante. Lo que en uno es pobreza, en el otro es fausto. Lo que en uno es simplicidad, en el otro es excelencia. Lo que en uno es renuncia a las criaturas, en el otro es la superabundancia de las más espléndidas entre ellas.

¿Contradicción? Es lo que muchos dirían: ¿se puede, entonces, amar al mismo tiempo la riqueza y la pobreza, la simplicidad y la pompa, la ostentación y el recogimiento? ¿Se puede alabar al mismo tiempo el abandono de todas las cosas de la tierra, y la reunión de todas ellas para la constitución de un cuadro en que relucen los más altos valores terrenos?



No, entre uno y otro orden de valores no existe contradicción, sino en la mente de los igualitarios, siervos de la Revolución. Por el contrario, la Iglesia se muestra santa, precisamente porque con igual perfección, con la misma genialidad sobrenatural, sabe organizar y estimular la práctica de las virtudes que resplandecen en la vida oscura de un monje, y las que refulgen en el ceremonial sublime del Papado. Es más. Una cosa se equilibra con la otra. Casi podríamos decir que un extremo (en el buen sentido de la palabra) compensa el otro y con él se concilia.

El fondo doctrinario en el cual estos dos santos extremos se encuentran y se armonizan es muy claro. Dios Nuestro Señor nos dio las criaturas, a fin de que éstas nos sirvan para llegar hasta Él. Así, es preciso que la cultura y el arte, inspirados por la fe, pongan en evidencia todas las bellezas de la creación irracional y los esplendores de talento y de virtud del alma humana. Es lo que se llama cultura y civilización cristiana. Con esto, los hombres se forman en la verdad y en la belleza, en el amor a lo sublime, a la jerarquía y al orden que en el universo reflejan la perfección de Aquel que lo hizo. Y así las criaturas sirven, de hecho, para nuestra salvación y la gloria divina. Pero por otro lado, ellas son contingentes, pasajeras; sólo Dios es absoluto y eterno. Cabe recordarlo. Y por eso es bueno alejarse de los seres creados, para que en el desprecio de todos ellos pensemos sólo en el Señor. Del primer modo, considerando todo lo que las criaturas son, se sube hasta Dios; y del otro modo, se llega hasta Él considerando lo que ellas no son.

La Iglesia invita a sus hijos a ir por una y otra vía simultáneamente, por el espectáculo sublime de sus pompas, y por la consideración de las admirables renuncias que sólo Ella sabe inspirar y hacer realizar efectivamente. 



  




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+1231 Marburgo - Alemania. Hija del rey de Hungría, casada con el duque de Turingia, enviudó a los 20 años con tres hijos. Abandonada y perseguida por los parientes del marido después de la muerte de éste, y sin recursos, ofreció sus servicios a un hospital de leprosos, falleciendo en la paciencia, pobreza y humillación a los 24 años de edad.

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