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«Tesoros de la Fe» Nº 132 > Tema “Las mil devociones a la Santísima Virgen en el Perú”

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Nuestra Señora de la “O”

La Virgen de la Expectación

 

«De la advocación genuinamente española de Nuestra Señora de la “O” o de la Expectación del Parto, existen algunas imágenes desparramadas por América, pero, sin exageración, podemos afirmar que ninguna ha alcanzado la celebridad que la venerada en la Iglesia de San Pedro y San Pablo de Lima» 1

 

Pablo Luis Fandiño

 

 
 

A raíz del pecado de nuestros primeros padres, Dios prometió a Adán que enviaría a la tierra un Redentor. Durante siglos la humanidad estuvo esperando el nacimiento de Aquel que abriría nuevamente las puertas del cielo. Esta esperanza se conservó particularmente en el pueblo elegido. Siempre hubo en él al menos un reducido grupo que aguardaba ardientemente el nacimiento del anunciado Salvador, el Mesías. En la cumbre de esta expectación se elevó una humilde doncella que pertenecía a la ilustre Casa de David: María Santísima.

“Si todos los santos del Antiguo Testamento desearon con ardor la aparición del Salvador del mundo, ¿cuáles no serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenía la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas? Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir cuál fue su gozo cuando Ella vio que sus deseos y los de todos los siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, Aquel sobre quien se fijaban los ojos de todos en el cielo y en la tierra y miraban como a su libertador”. 2

San Ildefonso y la fiesta de la Expectación del Parto

A fin de celebrar la expectativa de la Santísima Virgen, el anhelo y la alegría con que Ella aguardaba el nacimiento de su divino Hijo, la Iglesia determinó que la última semana antes de Navidad fuese denominada “de la expectación” o “de la esperanza”.

Fue en la España visigoda, el año 656, durante el décimo concilio de Toledo, cuando se instituyó oficialmente la fiesta que más tarde se llamó de la Expectación del Parto. Su celebración se fijó el día 18 de diciembre, siete días antes de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

La verdadera alma y el gran propulsor de esta devoción fue indudablemente San Ildefonso, sobrino y sucesor de San Eugenio en la Cátedra de Toledo. Modelo de amor a la Virgen María, el santo prelado toledano compuso en defensa de la perpetua virginidad de la Madre de Dios el brillante opúsculo De virginitate Sanctae Mariae. Lo cual le valió una inesperada retribución del cielo.

En la noche del 18 de diciembre del año 665, San Ildefonso junto con algunos sacerdotes fueron a la iglesia, para cantar himnos de alabanza a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y dos de sus diáconos. Entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba Nuestra Señora, sentada en la silla del obispo, rodeada por un coro de vírgenes entonando cánticos celestiales. María le hizo una indicación con la cabeza para que se aproximara. Fijando sus dulces ojos en él, le dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole instrucciones para usarla exclusivamente en los días festivos designados en su honor.

Los peregrinos que vistan la catedral de Toledo, pueden aún venerar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.

¡Oh Niño Jesús!

Por mera coincidencia o no, en los ocho días que preceden a la Navidad, las antífonas latinas del Magnificat comenzaban por una “O” admirativa. Así eran recitadas sucesivamente: “O! Sapientia, O! Adonai, O! Radix Jesse, O! Clavis David, O! Oriens, O! Rex Gentium, O! Emmanuel” (“¡Oh! Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo… ¡Oh! Adonai, Pastor de la casa de Israel… ¡Oh! Renuevo del tronco de Jesé… ¡Oh! Llave de David y cetro de la casa de Israel… ¡Oh! Sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna… ¡Oh! Rey de las naciones y deseado de los pueblos… ¡Oh! Emmanuel, Rey y Legislador nuestro…”). Y todas ellas terminaban con la invocación “Veni”, ven.

San Pedro, a mediados del siglo XIX

 

Estas ardientes súplicas para que venga cuanto antes el Salvador del mundo, fueron seleccionadas por la Santa Iglesia de los más notables trechos de la Sagrada Escritura, en los cuales los santos patriarcas y profetas manifiestan sus deseos para que nazca cuanto antes el divino Redentor.

De aquí nació la popular invocación a Nuestra Señora de la “O”.

La venerable Sor María de Jesús de Ágreda, en su incomparable obra Mística Ciudad de Dios, ilustra maravillosamente esos momentos de la expectación de María Santísima cuando se dirige al Niño Hijo aún enclaustrado en su regazo virginal: “Amor mío dulcísimo, Creador del universo, ¿cuándo gozarán mis ojos de la luz de vuestro divino rostro? ¿Cuándo se consagrarán mis brazos en el altar de la hostia que aguarda vuestro eterno Padre? ¿Cuándo besando como sierva, donde hollaren vuestras plantas, llegaré como madre al ósculo deseado de mi alma, para que participe con vuestro divino aliento de vuestro mismo Espíritu? ¿Cuándo la luz inaccesible, que sois vos, Dios verdadero de Dios verdadero y lumbre de la lumbre, se manifestará a los mortales, después de tantos siglos que os han tenido oculto a nuestra vista? ¿Cuándo los hijos de Adán, cautivos por sus culpas, conocerán su Redentor, verán su salud, hallarán entre sí mismos a su Maestro, su Hermano y Padre verdadero? ¡Oh vida mía, luz de mi alma, virtud mía, querido mío, por quien vivo muriendo! Hijo de mis entrañas, ¿cómo hará oficio de madre la que no lo sabe hacer de esclava ni merece tal título? ¿Cómo os trataré yo dignamente, que soy un gusanillo vil y pobre? ¿Cómo os serviré y administraré, siendo Vos la misma santidad y bondad infinita, yo polvo y ceniza? ¿Cómo osaré hablar en vuestra presencia ni estar ante vuestro divino acatamiento? Vos, dueño de todo mi ser, que me escogisteis, siendo pequeña, entre las demás hijas de Adán, gobernad mis acciones, encaminad mis deseos, inflamad mis afectos, para que en todo acierte a daros gusto y agrado”. 3

La ilustre congregación limeña

De España la devoción se extendió al vecino Portugal, y de la península ibérica se trasladó naturalmente a América, donde echó raíces en los más diversos lugares. Pero fue en el Perú donde la devoción a Nuestra Señora de la “O” se afincó particularmente, debido al empeño y a la perseverancia de los padres jesuitas. En 1598, treinta años después de que los primeros hijos de San Ignacio de Loyola pisaran nuestro suelo, el P. Juan Sebastián de la Parra concibió la idea de congregar a un selecto grupo de caballeros con fines piadosos, en la iglesia de San Pedro y San Pablo, recientemente erigida en la capital peruana, conocida como la Ciudad de los Reyes.

 

Altar de la Virgen de la “O” en la iglesia de San Pedro, Lima (foto: Martín García)

Una docena de varones dieron comienzo a esta asociación de seglares, que bajo el título de Nuestra Señora de la Expectación, tuvo un singular florecimiento. Ello motivó a su inspirador a solicitar del P. Claudio Aquaviva, quinto General de la Compañía de Jesús, la patente de erección y agregación a la Congregación de la Anunciata de Roma, que le fue concedida el año 1600. Cinco años después sus congregantes pasaban de 200 y en 1620 llegaban casi a mil. “Registrando los libros de actas y de inscripciones —comenta el P. Vargas Ugarte— se colige que la flor de los caballeros de Lima entró a formar parte de ella”. Tanto así que, a lo largo del periodo virreinal, quince virreyes del Perú se honraron con el título de congregantes marianos de esta advocación, la cual gozó invariablemente de gran renombre.

La Congregación se reunía originalmente en una segunda iglesia, adyacente a la principal, y conocida por el nombre de Penitenciaria. Pero bajo la dirección del P. Juan de Córdova, los congregantes decidieron construir a sus expensas una iglesia propia contigua al claustro del convento, la que hoy designamos como Capilla de la “O”.

El terremoto de 1687 causó algunos estragos que hubo que reparar, lo cual motivó al P. Martín de Jáuregui, en su calidad de Provincial, a confirmar en un documento el dominio que la Congregación Mariana de Nuestra Señora de la “O” tenía sobre la capilla de la Virgen, la sacristía y el depósito adjuntos.

Con algunas pequeñas alteraciones, esta joya virreinal escondida ha perdurado afortunadamente hasta nuestros días. Su exquisita riqueza arquitectónica causa admiración en cuantos la contemplan: el elegante altar mayor recubierto en pan de oro, la primorosa imagen barroca de la Virgen de la “O”, su larga y angosta nave adornada con artísticos lienzos. Además de su singular artesonado, con escenas bíblicas pintadas sobre las mismas tablas del cielo raso.

Expulsión de los jesuitas y constancia de su culto

La arbitraria expulsión de los jesuitas y la abusiva confiscación de sus bienes de todos los territorios bajo dominio español en 1767, concebida por el conde de Aranda y decretada por el rey Carlos III mediante pragmática sanción, fue ejecutada sigilosamente y a pies juntillas en el Perú por el virrey Manuel de Amat y Juniet. En lo que concierne a la Congregación de la “O”, la injusta medida no tuvo mayores consecuencias, pues ella “representó los derechos que le asistían a la capilla del Colegio de San Pablo y a la libre administración de sus bienes y pidió al virrey el reconocimiento de los mismos y la aprobación de sus Constituciones”, todo lo cual le fue concedido. En lo espiritual, quedó bajo la asistencia de los padres filipenses u oratorianos.

Décadas después se resolvió labrar un retablo lateral en la iglesia principal, ahora llamada de San Pedro, con el fin de promocionar el culto a la Virgen titular. La imagen, obra del escultor José de Garragorri, es una talla policromada de gran tamaño, que nos representa a la María Inmaculada con los brazos abiertos a la altura de la cintura, expresando su inmensa alegría y rodeada por una enorme letra “O” dorada en pan de oro. A sus lados están sus padres, San Joaquín y Santa Ana. El altar se ubica en la nave derecha o de la Epístola, y se estrenó el 14 de setiembre de 1800.

Prueba de la constancia de su culto y de su pujanza, es la cantidad de misas que anualmente mandaba celebrar la Congregación. Quince diarias en su altar en la iglesia y tres en la capilla, además de las que se encargaban fuera. Las numerosas misas se ofrecían por las intenciones de los socios vivos y en sufragio de las almas de los socios difuntos. Las cuales, por ejemplo, ¡en el año 1813 llegaron a sumar 27,052! Sólo por esta cifra podemos calcular cuán difundida estuvo entonces la devoción a Nuestra Señora de la “O”.

A pedido de Mons. Manuel Teodoro del Valle, primer obispo de Huánuco, los jesuitas regresaron al país después de 104 años de ausencia. Como no les faltaron nuevos detractores, recién consiguieron reinstalarse en la iglesia de San Pedro en 1878, luego de fundar el Colegio de la Inmaculada, todo lo cual fue motivo para un renovado fervor hacia la Virgen de la “O”.

¿Una devoción superada o de la mayor actualidad?

De la magnificencia de sus grandes fiestas de otrora, algo llegamos a presenciar al transcurrir la segunda mitad del siglo XX, aunque por cierto muy menoscabadas. ¿Qué factores han contribuido a la pérdida del brillo y el esplendor de esta benemérita y cuatricentenaria congregación mariana? De los más diversos. Entre ellos, no podemos dejar de constatar cómo el corazón del hombre moderno está cada vez más cerrado para las alegrías inocentes, como es por excelencia la alegría de la Navidad o la alegría de una madre que espera el nacimiento de su hijo. ¡Cuántos jóvenes y adultos no sienten ahora la menor alegría al acercarse la Navidad, no obstante en su infancia la esperaban con tanta ilusión!

Atropellos contra los jesuitas en 1767

 

Así como en la Antigüedad la mayor expectativa de la humanidad estuvo centrada en la venida de Nuestro Señor Jesucristo, en la actualidad, la gran expectación de todo verdadero católico debe ser el triunfo del Inmaculado Corazón de María, prometido por la Virgen en Fátima. Y con los ojos puestos en Nuestra Señora de la “O”, exclamar con San Luis María Grignion de Montfort:

“¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso en que la excelsa María sea establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo —al encontrar a su querida Esposa como reproducida en las almas— vendrá a ellas con la abundancia de sus dones y las llenará de gracia. ¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformen en copias vivientes de la Santísima Virgen para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: ¡Señor, para que venga tu reino, venga el reino de María!”. 4 

 

Notas.-

1. P. Rubén Vargas Ugarte  S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados, 3a edición, Madrid, 1956, t. II, p. 208.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. XIV, p. 373
3. Sor María de Jesús de Agreda, Mística Ciudad de Dios, Imp. Fareso, Madrid, 1970, p. 539.
4. Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, §217.



  




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Nº 192 / Diciembre de 2017

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