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«Tesoros de la Fe» Nº 133 > Tema “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones”

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Los premios y castigos públicos ¿dignifican y estimulan? o ¿corrompen y humillan?


Plinio Corrêa de Oliveira



Según la doctrina de Santo Tomás de Aquino, el hecho de que una persona posea cualidades auténticas, y sea reconocida y honrada como tal por la sociedad, es un bien superior a la salud o a la riqueza, e inferior solamente a la gracia de Dios, que trasciende todos los bienes. (cf. IIa. IIae., q. 129, a. 1, c.; IIa. IIae., q. 129, a.3, c.).

Así, privar a los mejores de honras a las que tienen derecho es flagrante injusticia, pues es infligir daño, y daño gravísimo, precisamente a los que merecen lo contrario.

Además, la concesión de premios, de suyo, no envanece a los hombres verdaderamente virtuosos, sino que los incita al progreso en la virtud. Mientras que a los otros, no los deprime, sino más bien los invita a una loable imitación.

Fue lo que enseñó San Pío X, en el Breve “Multum ad excitandos”, del 7 de febrero de 1905, relativo a la Orden Suprema de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, esto es, la más alta condecoración honorífica de la Santa Sede y, por tanto, de toda la Cristiandad: “Las recompensas concedidas al mérito contribuyen poderosamente a suscitar en los corazones el deseo de practicar actos generosos, pues si revisten de gloria a los hombres que hicieron méritos singulares ante la Iglesia o la sociedad, sirven también de incentivo a todos los demás, para que sigan el mismo camino de gloria y honra. Según este sabio principio, los Pontífices Romanos, Nuestros Predecesores, han considerado con especial afecto a las Órdenes de Caballería, como otros tantos estímulos para el bien. Por iniciativa de ellos, muchas Órdenes han sido creadas, otras, instituidas anteriormente, fueron restauradas en su primitiva dignidad y dotadas de nuevos y mayores privilegios”.

En este espíritu, la Santa Iglesia estableció diversas honras para estimular a los seglares. Así, también dispone de varios títulos honoríficos para premiar a los sacerdotes. Es característico en este sentido el título de Monseñor o el de Canónigo honorario.

Y por otra parte, también tiene la Iglesia ceremonias propias para infligir la nota de infamia a quien la merece. Basta mencionar el terrible ritual de la degradación de sacerdotes o, en la Edad Media, la ceremonia análoga que se hacía con los caballeros que se habían hecho indignos.

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En nuestra primera ilustración, el diseño de la placa de la Orden de Cristo, en clase única. Su forma, su color, el hecho de deber ser usada ostensivamente en el pecho, todo, en fin, marca la intención de la Iglesia de dejar patente a los ojos de quien la contempla los méritos del portador. En la segunda, reproducimos un grabado en madera, de 1565, en el que un caballero está siendo degradado. La Caballería era un sacramental. La degradación del caballero se hacía, si no con la intervención de la Iglesia, sí con su plena aprobación. Aquí vemos, cómo el caballero que perdió su grado por algún crimen infamante está montado, por escarnio, en algo así como un caballo de palo, que es un poste de la cerca. A un lado, cogido por un paje, está su corcel, del cual ha sido obligado a bajar. La ceremonia va avanzada. Ya lo han despojado del yelmo y de los guantes, lanzados por tierra. Dos caballeros con traje de ceremonia le están quitando ahora los brazaletes, y así, pieza por pieza, le quitarán toda la armadura. Aglomerado en el lugar de la ejecución, y desde lo alto de las ventanas, el público asiste horrorizado y edificado a la ceremonia.

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¿Reminiscencias de otros tiempos? No. Esta ceremonia, aunque bastante descolorida, subsiste en todos los ejércitos modernos, bajo la forma de degradación militar. Y hasta hace poco, la Iglesia aplicaba con cierta frecuencia penas de infamia, con gran ventaja para la defensa de la moralidad pública, así como otorgaba —y sigue haciéndolo— honras a seglares y eclesiásticos beneméritos. 



  




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