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«Tesoros de la Fe» Nº 142 > Tema “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones”

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Peregrinando dentro de un vitral

Plinio Corrêa de Oliveira

Imaginemos un vitral en forma circular, o sea, un rosetón. Un mundo de colores diferentes. Dentro del conjunto de colores, se podría hacer un paseo: ora “entrar” en el cielo color de añil, ora en el dorado absoluto, después en el verde total o en el rojo más encarnado. Los ojos “entran” en varios pedacitos de cielo, miran aquí, allá y acullá.

Rosetón de la Catedral de Notre Dame de París, edificada de 1163 a 1345.

En determinado momento, surge la mayor alegría: la visión del conjunto. Al cabo de cierto tiempo, ya no soy yo el que está mirando al rosetón, sino es él que está como que mirando hacia mí. Una inmensa mirada de “alguien” que contiene todos los estados de espíritu correlativos con aquellos colores diversos y que en su conjunto me analiza.

Analiza en tal o cual aspecto de mi psicología, pero a mí como un todo, compuesto de proporciones desiguales e irrepetibles. Nunca hubo antes, ni habrá después, un otro igual a cada uno de nosotros.

Si yo miro a mi alrededor y veo a otras personas contemplando también el vitral, noto cómo son diferentes de mí y para cada una de ellas el vitral expresa cosas diferentes. Percibo la variedad inagotable de interpretaciones que el alma humana, mirando el rosetón, puede establecer, al punto de sentirse comprendida por él.

Me gusta mucho ver fotografías de vitrales medievales. Aquellos que retratan aspectos aislados de ellos no dan, en mi opinión, lo mejor del vitral. Lo mejor es cuando el rosetón entero proyecta su luz hacia nosotros. ¿Por qué? A causa de la propia naturaleza del alma humana. Somos tales que podemos tener lindos aspectos de alma. Sin embargo, lo más bello no es ninguno de ellos.

Lo más bonito es contemplar el alma humana en cuanto criatura en que Dios va formando, con variados aspectos, una imagen de Él dentro de la colección casi incontable de los hombres. Desde el primer hombre hasta el último, cada uno ocupa un lugar sin el cual la colección quedaría incompleta. Como un vitral que recibió una pedrada y en ese punto deja un orificio.

Así, analizando a cada hombre en su conjunto, notamos una porción de elementos individualmente lindos; pero lo más bello es, si cada uno se santificara, observar en el todo la plenitud de su personalidad. 



  




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Nº 231 / Marzo de 2021

La Sagrada Túnica de Nuestro Señor Jesucristo
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Soldados romanos echan a la suerte la Sagrada Túnica (detalle de La Crucifixión), Giotto, s. XIV – Fresco, Capilla de los Scrovegni, Padua



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San Olegario, Obispo de Barcelona y Arzobispo de Tarragona

+1137 Barcelona. Hijo de noble familia nació en Barcelona. Su padre era valido del conde de Barcelona, Ramón Berenguer I. Su madre, Guilia, descendía de la nobleza goda. A los 10 años de edad, entró en el gremio de canónigos de la catedral de Barcelona. Asistió a los concilios de Tolosa, Reims, y al I de Letrán, noveno de los ecuménicos. Enviado por el papa Inocencio II al Concilio de Letrán II, coincidió allí con San Bernardo de Claraval. La elocuencia de sus argumentos consiguió la excomunión del antipapa Anacleto. Se le considera uno de los obispos más eminentes de la Edad Media, con una gran influencia sobre toda la Iglesia latina.








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