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«Tesoros de la Fe» Nº 143

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Frente a la actual persecución anticatólica:
¿resistir o dejar de actuar?


Cada día aumentan las persecuciones físicas o morales contra los católicos en el mundo entero. Mientras muchos transigen, se esconden, toleran el relativismo moral imperante y aceptan la condición de ciudadanos de segunda clase, otros se mantienen intransigentemente fieles a la doctrina católica, luchan en defensa de los derechos de Dios, conservando inconmovible la certeza de la victoria final de la Santa Iglesia.


José Antonio Ureta

En un destacado artículo, Tesoros de la Fe abordó el tema de la cristianofobia en nuestra época, particularmente de las persecuciones a los cristianos en el mundo musulmán (nº 126, junio de 2012); aquí trataremos de las persecuciones en los países comunistas y en Occidente.

Para comenzar cabe distinguir que dos formas de cristianofobia —del Islam y del hinduismo— están basadas en creencias y prácticas de religiones paganas, mientras que otras dos —del comunismo y de los Estados laicistas de Occidente, con sus respectivas instituciones internacionales— son resultado directo de la propia Revolución, conforme lo señala la obra Revolución y ­Contra-Revolución, de Plinio Corrêa de Oliveira.

En efecto, en el capítulo titulado Crisis del hombre occidental y cristiano, el autor enfatiza que la crisis producida por la Revolución “es principalmente la del hombre occidental y cristiano. […] Ella afecta también a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y al choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occiden­tales”.

De lo cual se deduce que, aunque la persecución musulmana e hindú pueda ser más sangrienta hoy, la comunista y laicista es intrínsecamente peor y, por lo tanto, será potencialmente más sangrienta el día de mañana.

Esto porque:

  • mientras los paganos adoran a falsos dioses y atacan a los cristianos en nombre y como forma de sumisión a esos mismos falsos dioses, los comunistas y seculares rechazan a Dios y a toda forma de religión, rebelándose contra cualquier género de sumisión;
  • mientras las religiones paganas construyen sociedades en que mezclan respeto y desacato a la moralidad y al orden natural, las sociedades comunistas y laicistas constituyen una subversión total de la moralidad y del orden natural (por ejemplo, la imposición del aborto, del “matrimonio” homosexual y de la “ideología de género”);
  • mientras la cristianofobia pagana conduce a brutales ataques directos y a muertes, proponiendo como alternativa una apostasía abierta (aumentando así el sentido de identidad cristiana y la necesidad de unión), la cristianofobia comunista y laicista sopla de modo subrepticio, por medio de ataques tortuosos, proponiéndonos un suave “compromiso” (erosionando así la identidad cristiana y dividiéndonos);
  • mientras la cristianofobia pagana moderna produce mártires, la cristianofobia comunista y laicista produce cristianos relajados.

Veamos más detalladamente por qué las ideologías revolucionarias del comunismo y del laicismo conducen de modo forzoso a la cristianofobia y a la persecución a los católicos.

Recordemos para comenzar que tanto el comunismo cuanto el laicismo son herederos del Iluminismo del siglo XVIII — filosofía que consideraba la religión como una superstición oscurantista de los primeros tiempos del género humano, cuando las personas no poseían ninguna explicación científica de los fenómenos naturales.

Por ese motivo, la Revolución Francesa, fruto del Iluminismo, adoró a la diosa Razón y emitió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la cual Dios no apenas era ignorado, sino erradicado de los orígenes de la autoridad social y de la ley.

A pesar de que esa declaración asegura que “ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas”, los revolucionarios franceses prohibieron los votos religiosos, suprimieron todas las órdenes religiosas y crearon una Iglesia Nacional cismática, persiguiendo de modo inclemente a los obispos y sacerdotes que no se adhirieron a ella.

Persecución comunista a los cristianos

El comunismo fue más allá y declaró guerra total a la religión. Afirmó que el origen de todo no es un Dios espiritual, sino la materia que, a pesar de ser inerte e inconsciente, posee sin embargo propiedades de vida, conciencia y alma.

En el prefacio de su disertación para el doctorado, Karl Marx adoptó como lema la paráfrasis del héroe griego Prometeo, que desafió a los dioses a darle fuego a la humanidad: “Odio a todos los dioses, que no reconocen la conciencia que tiene el hombre de ser la divinidad suprema”.

La religión es el opio del pueblo. Esta máxima de Marx constituye la piedra angular de toda la concepción marxista en la cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son órganos de la reacción burguesa llamados a defender la explotación y a embrutecer a la clase obrera” (V: I. Lenín, Actitud del partido obrero hacia la religión, Obras seleccionadas, v. 17, p. 41).

En nombre de este credo materialista, el comunismo intentó erradicar todas las religiones, erigiendo “el crimen en masa en un verdadero sistema de gobierno”, según las palabras de Stéphane Courtois, editor de El libro negro del comunismo. De acuerdo con este metódico estudio, el número de muertes causadas por el comunismo en todo el mundo totaliza ¡94 millones de víctimas!

Unión Soviética

La Unión Soviética fue el primer Estado cuyo objetivo ideológico era eliminar la religión. Para ese fin, el régimen bolchevique confiscó las propiedades de la Iglesia cismática, conocida como Ortodoxa,destruyó decenas de miles de iglesias, cuando no las transformó para otros usos, y trece mil sacerdotes “ortodoxos” fueron encarcelados entre 1917 y 1940. Una extensa campaña de propaganda y “educación” fue emprendida para convencer a niños y jóvenes a abandonar sus creencias religiosas. La crítica al ateísmo era estrictamente prohibida y llevaba a la prisión. Esta persecución acarreó el asesinato de millones de rusos “ortodoxos” o de católicos de minorías étnicas, como los ­lituanos.


Fusilamiento de un sacerdote durante la guerra de los cristeros


México

La campaña del gobierno contra la Iglesia Católica después de la Revolución Mexicana culminó con la Constitución de 1917, que declaró ilegales las Órdenes religiosas monásticas, prohibió el culto público fuera de los edificios sagrados, restringió el derecho de propiedad de las organizaciones religiosas, impidió a sacerdotes y monjes vestir sus hábitos y les negó el derecho de ser juzgados por la violación de estas leyes anticlericales.

La primera embajada soviética en el mundo fue abierta en México, habiendo observado el embajador que “no existen otras dos naciones que revelen más semejanzas como la Unión Soviética y México”. En esa ocasión, algunos gobiernos occidentales comenzaron a referirse al “México Soviético”.

Cuando la Iglesia Católica condenó públicamente las medidas anticlericales, el presidente ateo Plutarco Calles promulgó una legislación anticatólica adicional conocida como “Ley Calles”. Los efectos de la persecución a la Iglesia fueron profundos. Entre 1926 y 1934, al menos 40 sacerdotes y miles de laicos fueron muertos. En diversas partes del país, se inició una rebelión popular denominada Guerra de los Cristeros, la cual fue objeto de la película Cristiada, lanzada recientemente con mucho éxito.­

España


Durante la Guerra Civil Española, los republicanos incendiaron numerosas iglesias y templos. En la foto, una iglesia jesuita es consumida por el fuego.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) ocurrió la “más extensa y violenta persecución al Catolicismo en la historia occidental, de algún modo hasta más intensa que la de la Revolución Francesa” (Stanley Payne).

El gobierno republicano confiscó todos los edificios de la Iglesia Católica —residencias episcopales, casas parroquiales, seminarios y monasterios—, obligándola a pagar alquileres e impuestos sobre aquello que le fuera quitado de forma violenta. Paramentos religiosos, objetos litúrgicos, imágenes, pinturas, vasos, joyas y objetos similares, necesarios para el culto, fueron también confiscados o profanados. Numerosas iglesias y templos fueron incendiados, después de haber sido nacionalizados. Todas las escuelas privadas católicas pertenecientes a órdenes y congregaciones religiosas fueron expropiadas y la educación religiosa prohibida, hasta en escuelas particulares.

El número de muertos en el clero incluye 13 obispos, 4.172 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 monjes y frailes, 283 religiosas, haciendo un total de 6.833 víctimas, además de miles de laicos.

Fueron beatificados o canonizados hasta ahora más de un millar y medio de mártires españoles. Existe aún un número similar adicional de mártires cuyos procesos de beatificación están en curso.

China

China se volvió comunista en 1949. Su gobierno formó los Tres Movimientos Autónomos para inducir al clero a abandonar su nexo con la Santa Sede bajo el pretexto de patriotismo y nacionalismo.

Hacia 1953 fueron presos numerosos obispos chinos y extranjeros, así como sacerdotes y laicos. Muchos de ellos murieron en la cárcel. En 1955 hubo un aprisionamiento en masa en todas las diócesis, obligando a la Iglesia a refugiarse en la clandestinidad.

Al fracasar en su intento de erradicar a la Iglesia Católica, el gobierno chino creó en 1957 su propia iglesia, llamada Asociación Patriótica Católica China (CCPA por su acrónimo inglés).

A pesar de las reformas económicas y de la apertura de las fronteras de China al comercio, el Partido Comunista aún controla todos los aspectos de la vida política, económica, social y cultural, incluso la religión. Para ese fin, el gobierno chino mantiene la infame Administración Estatal para los Asuntos Religiosos, encargada de vigilar las operaciones de las organizaciones religiosas chinas registradas, a fin de asegurarse de que las mismas apoyen y realicen las prioridades políticas del Partido Comunista Chino.

LaAdministración ejerce un absoluto control sobre los nombramientos religiosos, la selección del clero ¡y hasta sobre la interpretación de la doctrina religiosa! (Por ejemplo, la CCPA es totalmente servil al régimen y apoya inclusive su política de “hijo único”).

Por otro lado, hasta hoy el gobierno chino considera ilegal al gran sector de la Iglesia Católica Romana que está en la clandestinidad. Así, la Santa Misa, las clases de catecismo, el bautismo y otros servicios religiosos de millones de católicos romanos clandestinos deben ser realizados en casas particulares, bajo secreto y con el riesgo de exorbitantes multas, cuando no de cárcel, prisión domiciliaria, torturas físicas e internamiento en campos de trabajos forzados.

Actualmente,cada uno de los cerca de 25 obispos clandestinos está escondido, o se encuentra en la cárcel o prisión domiciliaria bajo estricta vigilancia. Muchos fueron muertos o están desaparecidos.

El cardenal Joseph Zen Ze-kiun, arzobispo emérito de Hong Kong, afirmó en una entrevista: “Ellos [las autoridades comunistas] están empleando métodos cada vez más peligrosos y sofisticados; no se atienen apenas a amenazar a las personas; al contrario, ahora las están conduciendo a la tentación.

Ellos no quieren hacer mártires, quieren alentar renegados. Para la Iglesia eso es muchísimo peor. Ellos disponen de los medios para probar a las personas, buenas, débiles o tímidas, y reducirlas a la obediencia. Sus instrumentos son el dinero, pero también el prestigio, la honra o posiciones en la sociedad”.

A pesar de esta amonestación, existen en China “inocentes útiles” que piensan que es mejor estrechar la engañosa mano extendida por las autoridades comunistas, bajo el pretexto de que así sea posible “difundir el Evangelio”, que ir valientemente a la clandestinidad.

Vietnam

En 1954, Vietnam fue dividido entre el norte comunista y el sur democrático. Había cerca de 1.600.000 católicos en el país, dos tercios de los cuales vivían en las regiones que fueron dominadas por los comunistas.

Mientras en el sur el presidente Ngo Dinh Diem (1901-1963) consagró la nación a la Virgen María, extendió los derechos de la Iglesia Católica y promo­vió un mayor número de oficiales militares y servidores públicos sinceramente católicos, en el norte la persecución religiosa comenzó de inmediato, lo que determinó que 670 mil católicos y 210 mil no católicos huyesen hacia el sur.

Cuando la Guerra de Vietnam se hizo ostensiva, los que permanecieron en el norte (obispos, sacerdotes, religiosos y laicos) fueron enviados a campos de concentración. Los colegios católicos fueron clausurados. Se formó entonces una asociación “patriótica” servil al régimen que ahora se denomina Comité de Solidaridad de los Católicos Vietnamitas.

Con la retirada norteamericana en 1975, Vietnam fue reunificado bajo la égida comunista, adoptando el nombre de República Socialista de Vietnam. Cerca de un millón y medio de survietnamitas buscaron refugio en diversos países, especialmente en los Estados Unidos. Muchos obispos del sur fueron enviados a “campos de reeducación”, junto a un gran número de párrocos y capellanes militares. El más famoso fue el cardenal Nguyên Vãn Thuân. Preso de 1975 a 1988, pasó nueve años en confinamiento solitario.

Al comienzo de la década de 1990, el gobierno vietnamita siguió el modelo chino de apertura económica y dictadura política. La ley vietnamita exige que todos los grupos religiosos sean registrados en el gobierno y operen bajo la tutela de organizaciones religiosas aprobadas por él.

El gobierno movió múltiples represiones y un nuevo contingente de fieles fue enviado a prisión; hubo aún crecientes restricciones. Particularmente afectado fue el grupo étnico de los montañeses, de la Cordillera Central, donde las autoridades disolvieron reuniones religiosas realizadas en casas, orquestó bajo coacción renuncias a la fe y cerró la frontera para evitar que las personas pudieran huir a Camboya en busca de asilo.

La Comisión sobre Libertad Religiosa Internacional de los Estados Unidos, relató que “a pesar de un notable incremento de la práctica religiosa en el pueblo vietnamita en los últimos diez años, el gobierno continúa suprimiendo por la fuerza las actividades religiosas organizadas, monitoreando y controlando las comunidades religiosas”.

Ngo Dihn Diem, presidente católico de Vietnam, con su familia y su hermano, el arzobispo Ngo Dihn Thuc

Cuba

Tras la revolución comunista de 1959, el régimen de Fidel Castro adoptó la política de promoción del ateísmo. Las creencias religiosas eran consideradas reaccionarias y los Comités de Defensa de la Revolución alertaban a la población: “No es bueno que los niños vayan a la iglesia”.

Muchos creyentes entraron en choque con el régimen y pagaron ese “crimen” con sus vidas o con largos años de prisión. Castro intentó entonces crear una iglesia nacional, lanzó una campaña contra los obispos católicos, efectuó severos aprisionamientos de religiosos y profanaciones de iglesias. En mayo de 1961, el gobierno confiscó el vasto sistema privado de colegios y muchos seminarios. En setiembre, la tradicional procesión realizada en La Habana para honrar a la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, fue reprimida violentamente. Tal incidente llevó a la inmediata expulsión de 131 religiosos, incluyendo a su obispo auxiliar, Mons. Eduardo Boza Masvidal.

Muchos creyentes se vieron impelidos al exilio por coerción, intimidación o por la imposibilidad de practicar su religión. De 1959 a 1961, el 80% de los sacerdotes católicos y ministros protestantes abandonaron Cuba, refugiándose en los Estados Unidos. En 1965 fueron creadas las Unidades Militares de Ayuda­ a la Producción, a donde fueron enviados sacerdotes católicos y seminaristas.

En el curso de esos años se implementó una represión más sutil e indirecta, aunque muy efectiva, usando la educación y el centro de trabajo como sus principales vehículos. Los estudiantes poseían un Registro Académico Acumulativo que supervisaba su “integración ideológica”. El compromiso religioso de los estudiantes y de sus padres constituía un “demérito” en los registros y sería usado para negar el acceso a la universidad y otras carreras. Se ejercía también un control similar para funcionarios en los centros de trabajo.

La política religiosa de Castro consistía abiertamente en “crear apóstatas y no mártires”.

Hacia el fin de los años 80, después de la publicación del libro Fidel Castro y la Religión —una entrevista con el “teólogo” de la liberación Fray Betto—, hubo un relajamiento de la represión por conveniencias tácticas. Un mayor número de personas comenzaron a frecuentar las ceremonias religiosas.

El arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Pedro Meurice, alertó que muchos fieles católicos en la isla desconfiaban de la actitud colaboracionista de las autoridades de la Iglesia con relación al régimen: “Ellos nos consideraban una Iglesia de mártires y ahora algunos dicen que somos una Iglesia de traidores”(cf. “La Voz Católica”, arquidiócesis de Miami, 14-3-1986, p. 15).

En los años subsiguientes y después del colapso de la Unión Soviética, el Estado cubano adoptó una posición más conciliatoria frente a la religión y disminuyó la promoción del ateísmo. En julio de 1992 la constitución fue enmendada para remover la definición de Cuba como estado basado en el marxismo-leninismo, habiendo sido añadido el artículo 42, que prohíbe la discriminación basada en una creencia religiosa.


Mons. Eduardo Boza Masvidal, expulsado en 1961 por el gobierno comunista cubano juntamente con otros 131 religiosos.

Con todo, la actividad y las instituciones religiosas aún son reglamentadas por la Oficina de Asuntos Religiosos. La Iglesia Católica y otros credos aún enfrentan restricciones de comunicación escrita y electrónica y solo pueden aceptar donaciones provenientes de fuentes de financiamiento aprobadas por el Estado. Las autoridades no permitieron la construcción de nuevas iglesias y con frecuencia ignoraron o respondieron negativamente a los pedidos para efectuar reparaciones estructurales en iglesias construidas antes de 1959.

La Iglesia Católica evita una confrontación política directa con el régimen que, sin cesar de reprimir a los disidentes, supo valerse de las dos visitas papales para rehabilitar su imagen. En la estela de la visita de Benedicto XVI, solo en el mes de febrero hubo más de 600 detenciones.

El arzobispo de La Habana es acusado de alineamiento con el gobierno cubano, particularmente después de haber pedido a la policía que reprimiera a los disidentes católicos que clamaban por libertad, ¡a los cuales acusó más tarde de perturbar el proceso de transición democrática!

Aparentemente,los Castro están teniendo de algún modo éxito en “crear apóstatas y no mártires”…

Persecución laicista a los cristianos

Sin embargo, el primer premio de este campeonato de engaño no le corresponde a los regímenes totalitarios, sino a nuestros propios estados occidentales secularizados.

¿Cuál es la ideología que está por detrás de esta forma de cristianofobia?

Nuestro régimen político ha sido de hecho llamado de “democracia sin valores” — un sistema que no reconoce una Ley Superior o incluso una naturaleza estable y, por lo tanto, crea y modifica a su antojo sus propios valores, lo que fácilmente conduce a un totalitarismo abierto o poco disfrazado.

Sería ingenuo pensar que nuestros regímenes políticos permanecieron fieles al tipo de democracia burguesa y liberal —aún más o menos respetuosa del orden natural— nacida de la Revolución Francesa. A partir de los años 80, en nombre del principio de la no-discriminación y de una nueva interpretación de los Derechos Humanos, inclusive el de los así llamados “derechos de minorías visibles”, las democracias occidentales evolucionaron de hecho rumbo a un régimen “multicultural”.

Más allá del mero hecho de reconocer la presencia de la diversidad cultural de determinada nación a causa de la globalización, el multiculturalismo es una doctrina que promueve la institucionalización de esa diversidad cultural, en nombre del derecho de diferentes grupos a un igual respeto y reconocimiento. Así, en vez de la tradicional integración de los inmigrantes en los valores comunes que nutren la identidad nacional, el multiculturalismo transforma el país en una miscelánea de micro sociedades separadas, centradas en sí mismas y viviendo lado a lado, cada una portando valores (y antivalores) culturales y estilos de vida peculiares y a veces contradictorios con la identidad nacional. Esto es particularmente agudo en las naciones europeas, que encuentran dificultades en controlar a masas de inmigrantes inasimilables, provenientes en su mayoría de países musulmanes; o también en nuestras naciones latinoamericanas, que deben hacer frente a una rebelión de tribus de indios aborígenes, manipuladas por teólogos de la liberación, antropólogos de avanzada y ONGs extranjeras.

En ese contexto, el progresismo aboga por una pretendida abertura de espíritu para respetar los diferentes valores culturales y tolerar los estilos de vida de ellos derivados, aún cuando estén en conflicto con las leyes del país.

Para tales antropólogos y teólogos progresistas no existen culturas primitivas o atrasadas. Cada cultura debe ser juzgada a partir de la propia visión del mundo de aquel grupo social específico, y las sociedades occidentales no pueden pretender de que disponen de un paradigma superior para juzgarla.

Fue en nombre de esa ideología multicultural y relativista que el consejo ejecutivo de la Asociación Americana de Antropología se retiró en 1947 de las discusiones que condujeron a la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, alegando que tal declaración no sería aplicable a todos los seres humanos.

El relativismo cultural conduce necesariamente al relativismo moral, porque las culturas sólo pueden manifestar una tan amplia gama de preferencias, motivaciones y criterios de análisis si ningún principio moral pudiera ser declarado evidente y reconocido como tal en todos los tiempos y lugares.

Al proclamar que la conciencia autónoma del individuo prevalece sobre cualquier realidad objetiva, ese relativismo moral conduce a aberraciones inimaginables, como la de promover el derecho de una madre de matar a su hijo recién nacido en nombre del derecho que ella tiene a la salud o a la felicidad, como fue recientemente defendido bajo el nombre de “aborto después del parto” por dos profesores universitarios que enseñan en Melbourne (Australia), en un artículo publicado por el conceptuado “Journal of Medical Ethics”.

O el supuesto derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, con todos los privilegios propios de una pareja bien constituida, incluida la adopción de bebés.

O aún el pretendido derecho de autodefinirse aleatoriamente como hombre o mujer, independiente del sexo fisiológico de cada uno y hasta sin cirugía de “cambio de sexo” o terapias hormonales. Todo ello, en nombre de “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente”, conforme lo establecido en la Ley de Identidad de Género aprobada por unanimidad en el Senado argentino.

En nombre de este nuevo “dogma” de libertad total para los individuos y para las minorías visibles —una libertad absoluta que rechaza la idea de la naturaleza humana, la cual pasa a ser considerada como una superestructura opresiva que debe ser superada— y también en nombre de un subproducto suyo llamado “lucha contra la discriminación”, nuestras democracias occidentales están presionando a los cristianos para que actúen en la vida pública contra sus propias convicciones, a pesar de que todas las constituciones democráticas aseguran el derecho a la objeción de conciencia.

Vimos eso en el decreto de Obama, según el cual los hospitales cristianos y el personal de salud en los Estados Unidos deberían ser forzados a realizar actos inmorales como cirugías de esterilización, mientras instituciones católicas serían obligadas a proporcionar anticonceptivos artificiales, y hasta abortivos a sus empleados.

Conocemos de servidores públicos en el Reino Unido que han sido despedidos por rehusarse a bendecir uniones antinaturales como si fueran matrimonios.

Sabemos que escuelas católicas han tenido que readmitir a profesores abiertamente homosexuales o transexuales.­

Supimos de padres de familia que han sido encarcelados por no permitir que sus hijos sufran una “reeducación” — que sean corrompidos por programas de educación sexual inmorales. Y si ellos decidieran darles clases en sus casas, el Ministerio de Educación de Alberta (Canadá) enviará a supervisores para interrogar a los niños, a fin de asegurarse de que la enseñanza que están recibiendo no sea “homofóbica”…

Activistas del aborto y homosexuales profanan la Catedral de Santiago de Chile, durante la misa dominical por la fiesta del patrono de la ciudad.

Eso fue denunciado por el Papa Benedicto XVI como flagrantes ejemplos de “la hostilidad y los prejuicios contra los cristianos, por el simple hecho de que intentan orientar su vida en coherencia con los valores y principios contenidos en el Evangelio”.

La flagrante contradicción con que nos deparamos consiste en decir que ¡vivimos en una era de la historia humana considerada como la más “tolerante” de todas! Lo que tenemos, por el contrario, es la “dictadura del relativismo” denunciada tantas veces por el mismo Benedicto XVI.

Esta “dictadura del relativismo” es la peor y más insidiosa forma de persecución religiosa, porque nos fuerza a los cristianos, contra nuestra conciencia, a cultivar una “actitud de apertura” subyacente al multiculturalismo y al relativismo cultural, así como adoptar una total aceptación de los “estilos de vida alternativos” de diversas minorías visibles.­

¡Los únicos cuyas conciencias no son absolutamente respetadas son, de hecho, los miembros de la mayoría cristiana! Y esto bajo las penas de la ley.

El problema que se presenta para los católicos, es que una tal renuncia interna a nuestras propias convicciones equivale a una apostasía. Porque la fe consiste precisamente en sostener con vigor como verdad todo aquello que Dios nos enseñó, una vez que Él no se equivoca ni nos puede engañar. Por lo tanto, la fe es incompatible con la actitud voluntaria permanente o transitoria de duda, presupuesta en la actitud de “tolerancia” que nos es prescrita por nuestras sociedades.

Al hacerlo, el Estado laicista moderno desencadena una persecución dura e insidiosa, mucho más exitosa que la de los islámicos, de los hindúes radicales, o incluso de los regímenes comunistas en su designio de transformar a los cató­licos en apóstatas, en lugar de mártires.

Conclusión

¿Cuál debería ser nuestra reacción frente a esta creciente persecución?

Ni el optimismo ciego de aquellos que ingenuamente juzgan que nunca serán confrontados con el dilema entre transgredir la ley o permanecer fiel al credo católico, ni el pesimismo desalentador de aquellos que piensan que las sociedades modernas están definitivamente instauradas y que, por lo tanto
—como algunos dicen—, lo único que queda es salvar individualmente a las almas a través de un apostolado de catacumba…

Debemos reaccionar y defender por todos los medios legales nuestros derechos —y, por encima de todo, los derechos de Dios y de la Iglesia—, sabiendo que nuestro noble ejemplo de resistencia tocará los corazones y las mentes de nuestros contemporáneos, apresurando su conversión del mismo modo como la sangre de los mártires derramada en las arenas romanas pavimentó el camino para el surgimiento de la maravillosa civilización cristiana de la Edad Media.

Quiera la Santísima Virgen obtenernos del Divino Espíritu Santo el don sobrenatural de la fortaleza y la confianza en el triunfo final de la Iglesia Católica sobre todos sus perseguidores de la actualidad.



  




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