El Perú necesita de Fátima No temáis soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.
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Autor: Plinio Corrêa de Oliveira

El Príncipe de la Paz

El mundo católico, y con él, todos los pueblos de la tierra se vuelven el día 25 de diciembre hacia el pesebre de Belén, a fin de adorar, lleno de fe, al Niño que ahí reposa, o admirar un acontecimiento cuya explicación se busca en vano en las leyes que rigen los acontecimientos humanos.

En nuestra época de ruinas materiales y catástrofes morales, la Navidad surge como un punto luminoso de esperanza para las naciones que corren en busca de un orden que les asegure un bienestar aún no encontrado.

Lamentablemente, para la mayoría de los pueblos, la Navidad no pasa de uno de esos símbolos que exaltan las energías momentáneamente, ¡sin infundirles un vigor nuevo y duradero!

Quieren la paz, la concordia, la felicidad, pero desean que todo ello les caiga del cielo sin la menor colaboración propia.

Este Niño que adoramos reverentes y que causa una admiración misteriosa a los que no lo conocen, sino de nombre, es el “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 6) que trajo a la tierra, en la suavidad de su persona, todo el bien, ¡todo el amor capaz de hacer feliz al universo entero y a mil mundos, caso existiesen!

Ésta es la Paz que el Señor Niño vino a traer a la tierra. Paz para cuya implantación deben colaborar todos con su docilidad a la Ley Divina. Sólo éstos —los hombres de buena voluntad— gozarán de la Paz que la Navidad trajo a la tierra.

Con el fin de satisfacer la creciente avidez en el público católico por literatura religiosa de calidad, sustancia y profundidad, publicamos esta obra de Plinio Corrêa de Oliveira, cuya nota distintiva y original es la de siempre relacionar los temas religiosos con la realidad contemporánea.

Quiera el Niño Dios, por los méritos de María Santísima, valerse de esta obra como una contribución para que la gracia de la Santa Navidad reflorezca en toda Hispanoamérica.



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+404, d.C. + Palestina. Matrona romana de la más alta aristocracia, ella y su esposo edificaban a Roma por la virtud. Con el fallecimento de éste, fue convencida por Santa Marcela, también viuda, a entregarse totalmente a Dios. Se tornó entonces discípula de San Jerónimo, a quien acompañó al Oriente.

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