El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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La pandemia y los grandes
horizontes de Fátima

Julio Loredo de Izcue

Mañana, miércoles 25 de marzo, a las 18.30 horas (19.30 horas en Italia), el Cardenal Antonio dos Santos Marto, Obispo de Fátima, junto con el Cardenal Manuel Clemente, Patriarca de Lisboa, presidirá el rezo del Santo Rosario en el Santuario de Fátima, al término del cual consagrarán Portugal y España al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Los obispos españoles se unirán al acto, según una comunicación específica del Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona y Presidente de la Conferencia Episcopal Española.

La razón es implorar la ayuda divina en la actual situación de pandemia, que afecta a la península ibérica de manera particularmente fuerte.

El acto se inspira en una petición precisa de Nuestro Señor Jesucristo, hecha en 1943 a través de la vidente de Fátima, la hermana Lucía: “Tengo una petición de Nuestro Señor para los obispos de España y otra para los de Portugal. ¡Escucha la voz del buen Dios! Nuestro Señor desea que los obispos se reúnan en retiro y promuevan la reforma en el pueblo, el clero y las órdenes religiosas. Si los obispos españoles no escuchan esta petición, Rusia volverá a ser el látigo con el que Dios los castigará”.

La solicitud se ajustaba plenamente a la lógica de las apariciones de Fátima de 1917. Nuestra Señora había reprendido duramente la situación de pecado en la que se estaba hundiendo la humanidad. Ella, la Madre de la Misericordia, había venido a ofrecer a los hombres un camino de salvación: el rezo del Santo Rosario, la comunión reparadora, la penitencia, la conversión del corazón. Había venido a pedir la consagración de Rusia, entonces el semillero del peor mal de la época, el comunismo, a su Inmaculado Corazón. La Madre de Dios amonestó a santa Jacinta de Fátima: “Si los hombres no se convierten, vendrá un castigo como nunca antes”. Hoy en día, la palabra “castigo” parece asustar a muchos espíritus, sin embargo es la palabra utilizada por la Madre de Dios en lo que Benedicto XVI llamó en 2007 “la más profética de las apariciones modernas”.

Nuestra Señora se refería a la serie de infortunios que habrían asolado el siglo pasado, y que continúan hasta el nuestro: dos guerras mundiales, el azote del comunismo y, luego, del postcomunismo cultural y moral. El tercer secreto de Fátima también parece insinuar otro castigo, aún por venir.

Hoy en día somos azotados por un “enemigo” que, con el comunismo, tiene en común que se originó en un país dominado por esta misma ideología. Los términos de la pregunta son bastante similares.

La situación de pecado denunciada en 1917 se ha mantenido esencialmente hasta hoy. Al contrario, ha empeorado mucho. La conversión solicitada por Nuestra Señora no se llevó a cabo.

Se ha discutido mucho sobre si la pandemia de Covid-19 debe considerarse un castigo divino. Si lo fuera, ¿sería a raíz de las advertencias de Fátima?

Algunos niegan que esta pandemia pueda tener el carácter de castigo divino, ya que es el resultado de circunstancias humanas contingentes. Hay quienes incluso lo atribuyen a una mera “conspiración”. Carece, por lo tanto, del aspecto sobrenatural. Tal crítica no tiene en cuenta la forma en que procede la Divina Providencia.

Incluso los hechos definidos por la Santísima Virgen de Fátima como “castigos” —las dos guerras mundiales y el comunismo— tenían causas perfectamente naturales de naturaleza política, ideológica, cultural, etc. Tampoco les faltaban elementos conspirativos. ¿Cuál era entonces su carácter de “castigo” divino?

Las situaciones difíciles, tanto en el campo individual (enfermedades, accidentes, inversiones de fortuna) como en el campo social (guerras, desastres naturales, crisis económicas) sacuden nuestras conciencias, haciéndonos comprender, incluso tocar, la fragilidad de nuestra naturaleza humana, de nuestra sociedad, de nuestro mundo. Todo puede desaparecer en un instante. Son pruebas permitidas misericordiosamente por la Providencia que nos invitan a sacudirnos el orgullo y la autosuficiencia, confiándonos en cambio a la misericordia de Dios. Y en estas circunstancias es más fácil dirigirse a Dios a través de Nuestra Señora. Son oportunidades para luchar en el pecho pidiendo perdón por nuestros pecados e implorando la gracia divina para sanar nuestros pecados. En otras palabras: son ocasiones para la purificación y la conversión. ¡Cuántas conversiones de santos han ocurrido después de un duro golpe! De la conversión de San Ignacio de Loyola durante su convalecencia de una herida de guerra, a la de san Alfonso María de Ligorio como resultado del shock de perder un importante caso judicial.

Es por eso que después de cada gran desgracia siempre ha habido un movimiento de conversión espiritual. Fue así después de la Primera Guerra Mundial, cuando Pío XI afirmó que el mundo estaba listo para el reino social de Cristo, lanzando así la encíclica Quas Primas. Así fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando soplaron vientos de conversión en varios países, como en Francia con el movimiento Grand Retour y en España con las Santas Misiones.

Desafortunadamente, no fue así después de la caída del Muro de Berlín. Al contrario. Después de 1989 el mundo fue devorado por una ola de consumismo desenfrenado y un deseo de disfrutar de la vida de una manera pecaminosa que contagió incluso a los países que habían sufrido la dureza del régimen comunista. Incluso las gracias del Jubileo del 2000, cuando se reveló el mensaje de Fátima en su totalidad, pronto se olvidaron. La decadencia moral se aceleró dramáticamente a medida que el aborto, la homosexualidad, la ideología de género y otros males se extendieron.

No faltaron oportunidades para el arrepentimiento. Podemos mencionar el atentado del 11 de setiembre de 2001, con la consiguiente lógica de guerra ya no apaciguada; y la crisis económica de 2008 que sacudió la economía mundial hasta sus cimientos. Pero la voluntad de vivir en el pecado era más fuerte, y el mundo siguió impertérrito, hundiéndose más y más en el lodo de los vicios.

¿Será la presente pandemia un nuevo signo de la Providencia para ofrecernos la oportunidad de reflexionar sobre nuestra situación, pidiendo a Dios la gracia de la conversión? Citamos a este respecto las palabras Mons. Ramón Castro, obispo de Cuernavaca, México. Después de denunciar duramente los pecados del mundo moderno, especialmente la ideología de género, el prelado advirtió:

Imagen de Nuestra Señora de Fátima

“Dios nos está llamando a través de esta pandemia de coronavirus. Dios nos dice: escuchen niños, deténganse y piensen adónde van. Dios nos está golpeando amorosamente para despertarnos. Sois mis hijos y os quiero. Soy misericordioso. Sin embargo, ya ves cómo vas al abismo. Esta pandemia de coronavirus es como si Dios nos dijera: ¡qué frágil eres en el mundo moderno! ¡Tu poder, tu dinero, tu bravuconería no puede hacer nada contra mí! ¿Querías hacerte pasar por Dios? Bueno, mira cómo caes en un instante”.

En nuestra opinión, la pandemia de Covid-19 puede y debe ser vista a la luz de las apariciones de la Santísima Virgen de Fátima. Un mensaje de tragedia, pero también de mucha esperanza. Una tragedia porque los hombres insisten en no convertirse. Pero sobre todo de esperanza porque en 1917 Nuestra Señora prometió que al final su Inmaculado Corazón triunfaría. Plinio Corrêa de Oliveira escribió:

“Al concluir estas reflexiones, conviene que nuestro espíritu se detenga en la consideración de las últimas perspectivas del mensaje de Fátima. Más allá de la tristeza y de los castigos sumamente probables hacia los cuales caminamos, nos esperan los resplandores sacrales de la aurora del Reino de María: Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. Es la perspectiva grandiosa de la victoria universal del corazón regio y materno de la Santísima Virgen. Es una promesa tranquilizante, atrayente y, sobre todo, majestuosa y entusiasta”.

 



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Nº 225 / Septiembre de 2020

El Ángel de la Guarda
El amigo cierto en la hora incierta

Ángel de la Guarda, anónimo napolitano, c. 1614 – Escultura en madera, Monasterio de San Blas de la Villa de Lerma, Burgos (España)



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San Vicente de Paul, Confesor.

+1660 París. Conocido como el gran Santo del gran siglo en Francia. Fundador de los Lazaristas y de las Hermanas de la Caridad. Prácticamente no hubo atividad religiosa o de caridad a la que no estuviese ligado. Los religiosos y religiosas de las Congregaciones que fundó, fueron piezas fundamentales para hacer retroceder al protestantismo y perder fuerza en aquel país.

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