El Perú necesita de Fátima Visteis el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.
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Segunda Aparición: 13 de junio de 1917


La primera capilla edificada en el lugar de las apariciones en 1918. Habiendo sido dinamitada el 6 de marzo de 1922 por los enemigos de la religión, la capilla fue reconstruida poco después.

Antes de la segunda aparición, los videntes notaron nuevamente un resplandor, al que llamaban relámpago, pero que no era propiamente tal, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Algunos de los espectadores, que en número de cincuenta, aproximadamente, habían acudido al lugar, notaron que la luz del sol se oscureció durante los primeros minutos del coloquio. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un momento antes de que Lucía hablara. Durante el coloquio de Nuestra Señora con los videntes, algunos oyeron un susurro como si fuese el zumbido de una abeja.

Lucía: ¿Vuestra Merced qué quiere de mí?

Nuestra Señora: Deseo que vengáis aquí el trece del mes próximo, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.

Lucía pidió la curación de una persona enferma.

Nuestra Señora: Si se convierte, se curará dentro de este año.

Lucía: Quería pedirle que nos llevara al cielo.

Nuestra Señora: Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré pronto; pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono.

Lucía: ¿Y me quedo sola?

Nuestra Señora: No, hija. ¿Tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.

Al decir estas últimas palabras –cuenta la Hna. Lucía– abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que parecía se le clavaban por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación.

Cuando se desvaneció esta visión, la Señora, envuelta todavía en la luz que Ella irradiaba, se elevó del arbusto sin esfuerzo, suavemente, en dirección al este, hasta desaparecer del todo. Algunas personas más próximas notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección, como si los vestidos de Nuestra Señora los hubiesen arrastrado. Sólo algunas horas más tarde volvieron a su posición natural.     


(Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 38-40)


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+Siglo III Roma. Español de origen, fue el primero de los Siete Diáconos de Roma. El Papa San Sixto II le confió la administración de los bienes de la Iglesia. Negándose a entregar al prefecto de la ciudad esos bienes después del martirio de aquel Papa, fue cruelmente asado a fuego lento en una parrilla. Es uno de los más famosos mártires de la Ciudad Eterna, que le dedicó varias iglesias.



San Deodato, Confesor

+Siglo VI Roma. Era zapatero. “Según San Gregorio Magno, él distribuía durante el sábado todo cuanto había ganado en la semana precedente” (del Martirologio).



San Hugo de Montagú, Confesor

+1135 Francia. Monje de Cluny, fue electo Abad de San Germano de Auxerre, y después obispo de esa ciudad. Notable por su celo y fe, favoreció la naciente Orden del Císter.








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