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«Tesoros de la Fe» Nº 186

Palabras del Director  [+]  Versión Imprimible
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Junio de 2017 – Año XVI

Estimados amigos:

Confesar ante un sacerdote las faltas graves o mortales, es una condición para obtener de Dios el perdón de los pecados.

La Santa Iglesia manda confesarnos al menos una vez al año: “Todo fiel que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada comunión”, lo señala expresamente el “Catecismo de la Iglesia Católica” (cf. Compendio, Epiconsa, Lima, 2005, p. 101).

Asimismo, para alcanzar el don de la indulgencia plenaria, uno de los requisitos es la confesión.

El 13 de julio de 1917, la Virgen de Fátima anunció a los pastorcitos que vendría más adelante a pedir la comunión reparadora de los primeros sábados. Años después, el 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen acompañada del Niño Jesús se le apareció a la hermana Lucía —en su celda, en la Casa de las Doroteas, en Pontevedra— para establecer la referida práctica, incluyendo en ella como condición la confesión.

Pero cuántas almas viven alejadas de este sacramento instituido por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Lo ponen en duda, o simplemente huyen de él.

Nuestro amigo y colaborador Nelson Ribeiro Fragelli, en la sección Tema del Mes, escribe amena y coloquialmente en este número sobre el confesionario, sagrado locutorio del tribunal de Dios, al que está estrechamente vinculado el sacramento de la penitencia.

Quiera la Santísima Virgen que sus comentarios rompan las barreras psicológicas o de cualquier otra naturaleza, que a más de un lector, quizás, le impidan de recurrir a un buen sacerdote para acercarse a recibir la absolución sacramental.

En Jesús y María,

El Director

 



  




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Tesoros de la Fe


Nº 253 / Enero de 2023

El galeón sumergido
Símbolo de la esperanza

El naufragio del galeón Nuestra Señora de Atocha frente a las costas de Florida, en 1622 (Yeorgos Lampathakis, National Geographic Society)



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Santoral

6 de febrero

Santa Dorotea, Virgen y Mártir

+320, d.C. + Cesarea - Turquía. Presa durante la persecución de Diocleciano (284-305), prefirió morir a renegar su fe.



Hno. Diego de Leyva y Martinez OSA (Ermitaño de Guadalupe)

+(+1645) Perú. Natural de Chilapa, México. Vino al Perú muy joven en 1574, llevando una vida relajada hasta que a causa de un accidente perdió la vista y fue admitido por los agustinos como hermano lego. Rogó ser conducido al Santuario de la Virgen de Guadalupe, en Pacasmayo. Llegó al monasterio de Anlape (antiguo Guadalupe) poco antes del terremoto que devastó la región en 1619. Sobrevivió a la catástrofe y cooperó, a pesar de sus limitaciones, en la edificación del actual santuario. En el huerto del monasterio cultivaba hermosas flores, que luego seleccionaba por colores a pedido de la Virgen, no obstante su ceguera, para adornar su altar. Allí sirvió a su Señora, con abnegación y modestia, hasta su santa muerte.








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