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«Tesoros de la Fe» Nº 233

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Cómo desarrollar una devoción viva a la Santísima Virgen

Confianza filial en la Madre de Dios, punto de partida para gozar de una devoción viva a Nuestra Señora.

Plinio Corrêa de Oliveira

Con justa razón honramos a la bienaventurada Virgen María bajo el título de Auxilio de los Cristianos. Son tantos los puntos de vista bajo los cuales la Santísima Virgen es auxiliadora de los cristianos, que casi se podría hacer una enciclopedia sobre este tema. Pero tengo la impresión de que hay un aspecto que perfectamente podríamos considerar y que, en mi opinión, es la parte más viva de la devoción a María.

Una devoción viva a Nuestra Señora comienza, en general, con un auxilio suyo que hace despertar en las almas una aurora de confianza.

En general, he notado en aquel que tiene una verdadera devoción viva a la Santísima Virgen, que esa devoción comienza por una especie de favor que la Madre de Dios le concede.

Uno se ve en apuros —sean estos espirituales, temporales o ambos a la vez— y le pide a María que lo libere de ellos. Y al mismo tiempo que la Virgen libra a la persona de tales dificultades, obra algo en el alma, en el orden imponderable y en el orden de la gracia, por donde el alma adquiere como que una vivencia de la condescendencia maternal, sonriente, afable, bondadosa de la Santísima Virgen y con ello la persona queda con la esperanza viva de que en otras circunstancias difíciles volverá a ser atendida.

“Aunque el alma pase por pruebas muy largas y muy duras, por periodos de arideces y de dificultades, algo de esto permanece. Es como una luz que acompaña a la persona la vida entera, y la acompaña hasta la hora de la muerte, e incluso en los trances de la muerte, en los últimos y más amargos trances de la muerte”.

Este “pedir y pedir” de todas las gracias —sobre todo la del amor a Dios, que es la gracia que más debemos suplicar— acaba en un crescendo de tal manera que la Virgen se vuelve más accesible a los ruegos, más maternal y de una asistencia más meticulosa, a medida que la persona crece en este tipo de vivencia, en esta especie de providencia sonriente y afable de Ella hacia cada uno.

De tal manera que uno acaba a veces pidiendo a Nuestra Señora verdaderas bagatelas, minucias insignificantes, que la Virgen da como una Madre quiere dar a sus hijos grandes y pequeñas cosas, y que tiene una sonrisa particularmente afectuosa para las pequeñas cosas que se le piden.

Hay una especie de aurora de la confianza, de aurora de la verdadera comprensión de cuáles son nuestras relaciones con la Santísima Virgen, y aunque el alma pase por pruebas muy largas y muy duras, por periodos de arideces y de dificultades, algo de esto permanece. Es como una luz que acompaña a la persona la vida entera, y la acompaña hasta la hora de la muerte, e incluso en los trances de la muerte, en los últimos y más amargos trances de la muerte.

Las leyendas medievales sobre la Santísima Virgen son ricas en enseñanzas espirituales y poseen la simplicidad y la candidez propias de la inocencia. Presentan, por ejemplo, el trato de María Santísima con las almas, de un modo indescriptiblemente ameno e interesante.

Les recomendaría mucho que hagan esto: que lo intenten y le pidan a la Virgen al menos su gracia, por medio de algunas concesiones, que los coloque en esta vía, que es toda amorosa, toda especial de esos pequeños pedidos, de esas pequeñas condescendencias, de esa especie de intimidad con María. En la que a veces incluso puede suceder lo siguiente: pedimos algo que no está en sus designios otorgar, porque es una prueba por la cual tenemos que pasar y Ella quiere que sea de esa manera. Entonces, no da lo que pedimos, pero nos da una fuerza para soportar lo que viene, que es mucho mayor de lo que suponíamos. Y, al fin y al cabo, termina dando algo mejor de lo que pedimos.

Las leyendas medievales presentan el verdadero aspecto de la Santísima Virgen

Escultura de piedra en el tímpano del portal norte (rue du Cloître) de la catedral de Notre-Dame de París, que ilustra la historia del monje Teófilo recogida por Jacobo de Voragine en su famosa obra La légende dorée (La leyenda dorada).

Aquellos devocionarios medievales y aquellas leyendas sobre la devoción a la Virgen en la Edad Media, algunas verdaderas y otras imaginadas, presentan esta clase de gracia, de gentileza de María Santísima en el trato con las almas y de un modo indescriptiblemente ameno, interesante.

No interesa saber si el hecho es verdadero en cuanto a los hombres que habrían participado en él, porque es verdadero en cuanto a la Virgen y muestra un aspecto verdadero de Ella. Por lo tanto, aunque sean leyendas, como del punto de vista teológico y mariano son muy precisas, nos hacen sentir bien quién es la Santísima Virgen.

Debemos tener con la Santísima Virgen una desenvoltura, una intimidad filial que, aún sabiendo cómo son las cosas —y, a veces, incluso cuando la entristecen— se le presentan con total confianza, seguros de obtener su auxilio y su sonrisa.

Un ejemplo de ello, es un episodio narrado por san Alfonso de Ligorio en su libro Las glorias de María, que aquí reproducimos:

“Refiere el P. Silvano Razzi que un devoto clérigo, muy amante de nuestra reina María, habiendo oído alabar tanto su belleza, deseaba ardientemente contemplar, siquiera una vez, a su señora, y humildemente le pedía esta gracia. La piadosa Madre le mandó a decir por un ángel que quería complacerlo dejándose ver de él, pero haciendo el pacto de que en cuanto la viera se quedaría ciego. El devoto clérigo aceptó la condición.

“Un día, de pronto, se le apareció la Virgen; y él, para no quedar ciego del todo, quiso mirarla tan sólo con un ojo; pero enseguida, embriagado de la belleza de María, deseó contemplarla con los dos, mas antes de que lo hiciera desapareció la visión. Sin la presencia de su reina estaba afligido y no cesaba de llorar, no por la vista perdida de un ojo, sino por no haberla contemplado con los dos. Por lo que la suplicaba que se le volviera a aparecer aunque se quedara ciego del todo. Y le decía: Feliz y contento perderé la vista, oh señora mía, por tan hermosa causa, pues quedaré más enamorado de ti y de tu hermosura.

Una cosa es la formación intelectual y otra la vida de piedad. Ambas se complementan. ¡Y tener estas dos cosas juntas es algo magnífico!

“De nuevo quiso complacerle María y consolarlo con su presencia; pero como esta reina tan amable no es capaz de hacerle mal a nadie, al aparecerse la segunda vez no sólo no le quitó la vista del todo, sino que le devolvió la que le faltaba” (Discurso octavo, Asunción de María 2º, ejemplo).

No me interesa saber si el hecho es verdadero, porque lo que sé es que la Virgen es así. Es decir, Ella puede hacernos pasar por un cierto apuro para probar el amor y, por lo tanto, desviar la mirada, hacernos pasar por esas angustias; pero al final acaba sonriendo y, aunque pasando por las pruebas necesarias, termina con una sonrisa suya.

Otro caso mucho más conocido, que todos ciertamente recuerdan, pero que da gusto mencionar: es el famoso caso del juglar de Nuestra Señora. Un hombre que conocía el arte de los juegos, y no sabía otra cosa que, digamos, jugar con cinco bolas de madera en las manos o algo así. Pues bien, no sabiendo hacer otra cosa para Nuestra Señora, queriendo complacerla, en una iglesia vacía, en un momento en que no había nadie, se puso a hacer sus juegos, y la Santísima Virgen se le apareció sonriendo, mostrando lo complacida que había quedado con ello.

El punto de partida de una devoción viva a la Santísima Virgen: confianza filial en Ella

En una escena anterior, arrepentido de haber vendido su alma al demonio, Teófilo aparece rezando de rodillas ante un altar de la Virgen.

Así también, cuando presentamos nuestras ofrendas a la Virgen, por pequeñas que sean, debemos hacerlo con la plena confianza de que Ella condescenderá con eso.

Si no lo hacemos, sucederá que nuestra devoción a María nunca será perfectamente verdadera. Debemos tener con la Santísima Virgen una especie de aisance, una desenvoltura, una intimidad filial que, aún sabiendo cómo son las cosas —y, a veces, incluso cuando la entristecen— se le presentan con total confianza, seguros de obtener su auxilio y su sonrisa.

Este es el punto de partida inefablemente suave de una devoción viva a la Santísima Virgen.

Estoy lejos de decir que esto sea suficiente. La persona, en la medida en que sus recursos intelectuales se lo permitan, debe estudiar los fundamentos de la devoción a la Virgen, debe haberlos razonado y armado de tal manera que representen una convicción profunda, basada en el dogma, etc. No cabe duda. Pero una cosa es la formación intelectual y otra la vida de piedad. Ambas se complementan. ¡Y tener estas dos cosas juntas es algo magnífico! Lo que explica exactamente por qué un Doctor de la Iglesia tan grande, como san Alfonso de Ligorio, haya escrito su libro Las glorias de María, ilustrando varias tesis expuestas por él en términos de doctrina con casos concretos.

Así que no está mal que en esta noche de preparación para la novena a María Auxiliadora, a quien le rezamos todos los días y tenemos su imagen en nuestra capilla, nos acordemos de esto para pedirle que nos conceda la gracia de esta dulzura especial en la devoción, que es una especie de flor del catolicismo de la que, por ejemplo, un alma protestante no es capaz.

 

* Santo del Día, 18 de mayo de 1964. Los Santos del Día eran unas breves reuniones en las que Plinio Corrêa de Oliveira ofrecía, a sus jóvenes discípulos, una reflexión o comentario relacionado con el santo o la fiesta religiosa que se celebraba aquel día.



  




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