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«Tesoros de la Fe» Nº 234

Esplendores de la Cristiandad  [+]  Versión Imprimible
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Movilidad católica y estancamiento pagano

La Sainte-Chapelle, capilla gótica situada en la Île de la Cité, en París

Innovación auténtica en los estilos arquitectónicos

La Gran Esfinge de Guiza, en Egipto

Nelson R. Fragelli

Paestum (izquierda), ciudad de la antigua Magna Grecia, en la costa del mar Tirreno, sur de Italia

“La vida sobrenatural que la Iglesia comunica a todos los aspectos de la cultura y de la civilización cristiana”. Ese fue el tema de una inolvidable exposición de Plinio Corrêa de Oliveira para jóvenes que colmaron un auditorio en una noche del verano de 1979. “El espíritu humano camina de comparación en comparación”, era uno de los axiomas afirmados por el conferencista. Y, para que su tema fuese enteramente claro, comparó la pujanza católica con el estancamiento pagano. Para eso evocó a Paestum, ciudad de la antigua Magna Grecia, en la costa del mar Tirreno, al sur de Italia, que aún hoy conserva imponentes ruinas.

Hasta un espíritu práctico y tecnológico es capaz de impresionarse ante aquellas grandezas pasadas, sugeridas por las ruinas contemplativas. En la armonía, serenidad y proporción de Paestum, aún nos encantan, mostrándonos el triunfo de la serenidad. Así son las líneas arquitectónicas, que en los relieves de un monumento trazan al mismo tiempo la fisonomía de su pueblo.

Porta Nigra en Tréveris, Alemania

Sin embargo, alcanzado ese auge de belleza, la arquitectura griega se estancó. A los ojos de quien ha visto, admirado y rezado en nuestras catedrales católicas, aquella arquitectura claramente se quedó estancada en el tiempo. La magnificencia griega glorificaba la grandeza humana, mientras que la catedral católica celebra la presencia de Dios entre los hombres. Delante de ellas, aquel esplendor griego se limita a una inmensa caja geométrica sostenida por columnas portentosas.

Sobre Paestum transcurrieron siglos. Roma conquistó Grecia y a la geometría griega los romanos le agregaron los arcos, que representan un salto hacia la perfección. Rematando los pilares del templo, los arcos —como brazos que se unen— son acogedores, parecen proteger la reflexión en un abrazo protector. Su sombra abriga y reconforta. Así surgió el estilo romano.

Fue un punto culminante de la belleza arquitectónica, pero también el arte romano de construir se estancó. A lo largo del vasto Imperio Romano ocurría lo mismo, desde el Coliseo hasta la Porta Nigra en Tréveris, Alemania; y los templos del norte de África son iguales a los de Palestina. La arquitectura romana, perfeccionándose, alcanzó una forma de esplendor pero sin innovar más.

Estilo egipcio, estilos paganos

Ya mucho antes de Roma era posible seguir la evolución de las construcciones del primitivo Egipto hasta las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino. Durante milenios los egipcios construyeron. Llegaron a un estilo único, a partir del cual repitieron la forma de su arquitectura agregándole columnas y esfinges. Pero se detuvieron ahí y hoy no se entiende por qué no desarrollaron las mil posibilidades que tenían de perfeccionar su arquitectura. ¿Por qué les faltó fertilidad a los egipcios?

Egipto: las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino

Los ejemplos de la arquitectura pagana nos dan la impresión de pueblos que se asemejan a árboles creados para dar muchas cosechas, y que sin embargo generaron una sola en la que se estancaron. Esos pueblos perdieron la propulsión inicial. Con el transcurso de los milenios, sus magníficos frutos se secaron en el tronco que los generó, antes aún de madurar. Crearon bellezas que alcanzaron un grado de perfección, pero a partir de determinado momento no se movieron más. Se fijaron a la espera de sus propias ruinas. Al reflejar el movimiento de las almas a lo largo de la historia, el arte arquitectónico revela el caminar de toda la cultura de un pueblo. Sus pensamientos y oraciones inspiran formas a sus monumentos.

El historiador norteamericano Henry Osborn Taylor señala bien el progreso del pensamiento religioso en la cristiandad. El aumento del fervor de los santos a lo largo de los siglos fue compartido por el desarrollo de los estilos románico y gótico, cuya finalidad era la misma de la oración, es decir, elevar el alma a Dios. El gótico es la oración expresada, no por medio de la escritura sino de la piedra.

“Es verdad que san Agustín tenía un gran amor a Dios. Con gran fervor degustaba ese amor; lo analizaba racionalmente y en ese análisis su propio pensamiento se inflamaba. Sin embargo, su oración no transmitía aún aquella ternura por el Cristo divinamente humano que vibraba en las palabras de san Bernardo y hacía de la vida de san Francisco un poema lírico”.1

El Coliseo de Roma

Así, el santo, el poeta y el maestro constructor se unían en el mismo progreso.

En el mundo cristiano, bajo las bendiciones de la Iglesia, el estancamiento pagano no se produjo. Los estilos y su perfeccionamiento a lo largo de los siglos y de las épocas son notables. Los estilos se han sucedido en los pueblos cristianos, y nuestras iglesias lucen imágenes de santos de los más variados siglos, hermanados en la eternidad, y hablando de manera conmovedora a las multitudes.

En el rostro de un mártir de la época de las persecuciones de Diocleciano se refleja la misma luz sobrenatural que, muchos siglos después, rodea la fisonomía severa y suave de san Pío X. Ambas resultan de la movilidad católica, que inspira la cultura y la civilización cristianas. La Iglesia tiene vida sobrenatural, y esa vida impulsa su progreso. El estímulo católico proviene de la presencia en su seno del mismo Dios, vivo y verdadero. Mientras haya fidelidad a esa Presencia divina, la Iglesia producirá maravillas en todos los dominios de la actividad humana: Omnia possum in eo qui me confortat – “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4, 13).

A la cultura pagana, por el contrario, le falta energía vital. Alcanzado cierto grado de esplendor, a falta de un impulso hacia lo alto, no continúa su marcha ascendente, no acompaña los pasos de la historia.

Estilo románico

Iglesia de San Clemente de Tahúll, de estilo románico, en Cataluña

El estilo inspirado directamente por la Iglesia en sus primeros tiempos es el románico. Es la continuación del estilo romano, acrecentado por algo nuevo. De él brota un nuevo esplendor lleno de inspiraciones, que se concretarían más tarde en una forma de belleza que fue el estilo gótico. El vigor de alma que palpita en el estilo románico presagiaba un esplendor aún más refulgente, y el gótico realizó esa promesa.

A medida que el románico se va desarrollando, sus paredes se van haciendo más gruesas, su silueta se vuelve más seria. Se diría que, con su afirmación, las piedras se endurecen y va adquiriendo otra fisonomía. Vista de afuera, el edificio muestra una fisonomía un tanto sombría, pensativa y noblemente amenazante; pero en el interior se vuelve acogedor y suave.

El aspecto de fortaleza que se observa en la fachada refleja la época de las invasiones bárbaras y sarracenas, además del combate a las herejías. Sin embargo, en su interior se llena de suavidad, que protege y ampara al pueblo fiel. Condensando en su conjunto la expresión de su vida, la fachada llama a la ardua lucha apostólica, y en su interior la dulzura maternal apunta al cielo. Dos características aparentemente en conflicto —la lucha y la protección afectuosa— se armonizan en el regazo de la Santa Iglesia.

Estilo gótico

¿Cómo evolucionó el estilo románico? En determinado momento sus arcos se elevaron, se afilaron, se suavizaron y terminaron en una punta rematada por una cruz, transformándose en el arco ojival gótico. Dicho arco se convirtió en el marco de un nuevo elemento, más suave aún y maravilloso: los primeros vitrales. Los Evangelios, los dogmas, la historia sagrada y eclesiástica —todo eso narrado en vidrio multicolor— pasaron a decorar las aberturas en la piedra, a través de las cuales la luz, los colores y los milagros fluían sobre los fieles deslumbrados.

Las torres exteriores de las catedrales comenzaron a bordarse de esculturas y de mil ornamentos propios del gótico. Comenzaron a aparecer ángeles, profetas, reyes, cortejos de santos, Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen, imágenes hasta entonces mostradas tan solo en el interior del templo hecho para albergarlas.

A partir de un momento no precisado, los maestros constructores medievales decidieron exponer dichas imágenes fuera de la iglesia. Y en una piedra opaca en cuanto tal, pero transparente de espiritualidad, pasaron a actuar como oradores mudos, cautivando por su expresión de bondad, desafiando a los incrédulos por su continente hierático y severo, atrayendo por su confesión apostólica. Se decía entonces que “los estilos son expresiones de la fe”; y otra observación igualmente fina y verdadera denominaba al gótico como “la escolástica de la piedra”.

Influencia de las órdenes religiosas

Aparición de San Francisco en Arlés (detalle de san Antonio de Padua), Giotto di Bondone, 1297-1300 – Fresco, Basílica de San Francisco, Asís

Los estilos acompañaron la santidad de las órdenes religiosas. Las dos grandes órdenes de entonces eran los franciscanos y los dominicos, que habían florecido en gran magnitud. Con ellas, los estilos arquitectónicos se fueron enriqueciendo. Muchas imágenes tendenciosamente edulcoradas de san Antonio de Padua lo muestran con un brillo “barnizado”, tonsura más propia de un muñeco, jugando con el Niño Jesús como si fuesen dos compañeritos de escuela. Pero un renombrado fresco atribuido a Giotto (que vivió poco después que él, a principios del siglo XIV) lo muestra totalmente diferente: enorme, corpulento, calmo, pletórico y predicando: el gran Doctor de la Iglesia y martillo de los herejes. En su fisonomía se siente la espiritualidad que hizo de él una columna de la Iglesia, sobre la cual se puede erguir el firmamento. Esa misma fuerza retratada por Giotto resplandece en el estilo gótico, esbozada a partir de las iglesias románicas. La arquitectura gótica nació y se desarrolló durante la vida de san Antonio.

Renacimiento y Contrarreforma

A principios del siglo XVI, la gran obra de san Francisco y santo Domingo era horriblemente cuestionada por Lutero y otros próceres del “Renacimiento”. Leyendo la historia de estos dos santos medievales, y de muchos de sus contemporáneos, cabe preguntarse si alguno de ellos presagiaba el surgimiento de san Ignacio de Loyola en el siglo XVI. Sin embargo, fue un perfecto restaurador y continuador de la gran obra de franciscanos y dominicos. Contra la nefasta acción del protestantismo, de repente surge en el tesoro de maravillas de la Iglesia un san Ignacio de Loyola, garantizando que la labor de sus predecesores pudiera proseguir. Se enfrenta al nuevo enemigo para asegurar que el caudal franciscano y dominico siguiera afluyendo. Con su combate asegura la continuidad apostólica de la Iglesia, sostiene su obra pasada y apunta hacia nuevos y más elevados rumbos. Sin embargo, al innovar, se mantiene enteramente solidario con la tarea de los dos grandes fundadores medievales, aunque siendo un hombre sumamente diferente de ambos. ¿Diferente? Sí, porque se santificó alternando su visión del universo: ya miraba hacia el cielo, ya hacia el infierno. Astuto, desconfiado, brillante de agilidad y destreza, conociendo palmo a palmo todas las dificultades del camino, listo para todas las formas de lucha, desde las más épicas y monumentales hasta las más rastreras. Su fisonomía aparenta impasibilidad, pero en él arde el celo por el bien de la Iglesia y de las almas.

Innovación contra la momificación

En estos tres santos —san Francisco, santo Domingo y san Ignacio— se ve la vitalidad de la Iglesia. Son el efecto de una Causa Motriz inicial, que continúa indefinidamente. Este no es el caso de los pueblos paganos. Una vez alcanzado un alto nivel de perfección, no se mueven más. Se momifican y se endurecen como cadáveres. Parece momificada, por ejemplo, la “iglesia ortodoxa”, en ruptura con la Santa Iglesia y que prevalece en países orientales. Sus estilos dan la impresión de estar todavía en el primer día del cisma griego, congelados en la época del heresiarca Miguel Cerulario, con aires de quien acaba de negar la verdad. Los íconos de Nuestro Señor, de la Virgen, de los apóstoles y de algunos santos representados en sus templos toman aires de distancia en relación con el pueblo, como si pensaran en temas lejanos que no interesan a los fieles. No se ve allí la presencia del acontecer humano, al contrario de lo que se observa en la Iglesia Católica. Allí no están representados mártires ni doctores, ni la vida cotidiana, ni la reminiscencia de la historia. Sus vitrales son meros juegos de color, no tienen diseño, no narran un hecho. ¿Dónde está el evento histórico por el cual los efectos generaban nuevas causas? ¿Qué hicieron después del cisma? Se momificaron, en un inmovilismo indiferente al rumbo de la historia.

Fachada de la catedral gótica de Orvieto, Italia

¿Qué es lo bello?

Paestum es indudablemente imponente. Al contemplarlo, se siente una transfusión de grandezas que provienen de él, penetrando el alma por la mirada. Pero su expresión pagana está distante de la suavidad de la iglesia románica. Su inmenso y pesado cuerpo parece subyugar, mientras que la iglesia románica protege, y así aproxima el alma de la intimidad de Aquel a quien nadie ve ni palpa, pero que todos sienten y ante el cual todos se arrodillan. Al arrodillarse, cada cristiano se siente en la palma de la mano de Dios… Siente “aquella ternura por el Cristo divinamente humano que vibraba en las palabras de san Bernardo”. Al percibir aquella mano poderosa que a todos nos une, el pueblo católico se siente partícipe de un todo, protegido por Aquel que se inmoló en el Calvario por todos nosotros. Las paredes gruesas resguardan y protegen, mientras que la luz tamizada de los vitrales ilumina el espíritu. Una Providencia divina nos envuelve, nos ampara, nos une y nos acaricia. Esta es la fuente del impulso perennemente innovador de la Santa Iglesia, la Causa que modeló la Cristiandad. Desde una encantadora aldea del Tirol hasta las chozas indígenas catequizadas por el gran apóstol san Francisco Solano, o la colonia de pescadores bretones al pie de la abadía del Mont Saint Michel, basta un poco de atención para constatar esta innovadora asistencia divina. ¿Es eso lo bello? ¿Dónde está la belleza? Está en el acto de ofrecer a Dios las conquistas humanas, por medio de los elementos creados en este mundo. Porque solo Dios es la propia Belleza.

 

Nota.-

1. La mentalidad medieval: historia del desarrollo del pensamiento y de la emoción en la Edad Media, apud John Horvat II, Return to Order, York Press, York (Pennsylvania), 2013, p. 336.



  




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