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«Tesoros de la Fe» Nº 236

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¿Es pecado mortal leer el Corán y otros libros islámicos?

PREGUNTA

Algunas asociaciones islámicas suelen enviar por correo libros gratuitos, ya sea el Corán u otros. ¿Tener esos libros en casa atrae al diablo o incluso una maldición? ¿Es pecado mortal leer el Corán y otros libros islámicos? Sé que el Islam, así como todas las religiones falsas, son obras que vienen del demonio, por lo que le pido el favor de aclarar mi duda.

RESPUESTA

Padre David Francisquini

Ojalá todos los lectores tuvieran el mismo desvelo y vigilancia que ha manifestado nuestro interlocutor al preguntar sobre este asunto. De hecho, las religiones falsas son favorecidas por el demonio para alejar a las almas de la salvación, que nos llega a través de la única Iglesia verdadera, que es la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo para prolongar hasta el fin del mundo su obra redentora. Siendo el Islam la religión falsa que más progresa en el mundo actual, se ha convertido, sin duda, en el arma más peligrosa que el diablo utiliza para pervertir o perseguir a los cristianos, incluso con atentados violentos realizados al grito de ¡Allahu akbar! (Alá es grande).

En mi respuesta amplío el alcance de la pregunta de nuestro lector de manera que se aplique —además del Corán y otros libros islámicos— a todos los mensajes contrarios a la fe católica y a las buenas costumbres, que recibimos a través de los modernos recursos de los medios de comunicación escritos o digitales. En el Código de Derecho Canónico (CDC) hay un título sobre “los instrumentos de comunicación social y especialmente de los libros”, en cuyo canon 823 se afirma que “los pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de velar para que ni los escritos ni la utilización de los medios de comunicación social dañen la fe y las costumbres de los fieles cristianos”.

A partir del Concilio Vaticano II pasó a ser mal visto ejercer la censura de los libros (Inquisición), prefiriendo confiar imprudentemente en el buen juicio de los propios fieles.

En el pasado, la Iglesia ejercía esta vigilancia al establecer un Índice de Libros Prohibidos, que los fieles no podían leer sin cometer pecado mortal; o incluso, en algunos casos, incurrir en excomunión. Desde el momento en que se multiplicaron las imprentas y las publicaciones, resultó casi imposible establecer un catálogo general que los fieles pudieran consultar. Además, a partir del Concilio Vaticano II pasó a ser mal visto ejercer la censura (Inquisición), prefiriendo confiar —a mi entender, de modo frívolo— en el buen juicio de los propios fieles.

El resultado fue que, mediante una notificación del 14 de junio de 1966, firmada por el cardenal Ottaviani, el Papa Paulo VI suprimió el Index Librorum Prohibitorum. En dicha notificación se indica que tal índice “deja de tener la fuerza de ley eclesiástica con las censuras anejas”, pero “conserva su vigor moral, en cuanto que orienta la conciencia de los fieles, para que, por exigencias del mismo derecho natural, tengan precaución ante los escritos que puedan poner en peligro la fe y las buenas costumbres.1

Obligación de evitar las “lecturas peligrosas”

Así como la ley natural nos obliga a proteger nuestra propia salud física, también nos obliga (¡aún más!) a proteger nuestra salud espiritual, de la que depende la salvación eterna. Si hoy las autoridades sanitarias exigen a los individuos tantas medidas para protegerse de un virus que puede ser mortal —permanecer en casa, mantener la distancia social, usar mascarillas—, con mucha más razón las personas deben proteger su fe y su virtud contra los embates de las herejías y las obscenidades, pues se trata de “virus espirituales” terriblemente mortales para las almas.

Hay que recordar lo que afirma el Concilio de Trento: la fe es el principio, la raíz y el fundamento de la justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios y ser parte del número de sus hijos. Por lo tanto, es un pecado grave efectuar lecturas que puedan poner en peligro la fe.

Pero eso no es suficiente. Para la vida espiritual es muy importante pedir continuamente a Dios que aumente nuestra fe, exclamando como el padre del niño poseído: ¡Creo, Señor! ¡Ven y ayúdame de mi falta de fe! (cf. Mc 9, 24). También debemos rechazar las tentaciones y las dudas contra la fe. Para ello es importante evitar las lecturas peligrosas o imprudentes que hablan de religión con criterios anticristianos o mundanos. Evitar esto de la misma manera que lo hacemos con un virus o una pandemia.

La misma diligencia debe ejercerse con respecto a la virtud de la pureza, rechazando las lecturas que ofenden el pudor y la moral. En este sentido, conviene recordar que la curiosidad llevó a Eva a ser tentada por la serpiente (el demonio), lo que llevó a nuestros primeros padres a cometer el pecado original.

Index Librorum Prohibitorum bajo el papado de Benedicto XIV, siglo XVIII.

Libros peligrosos que son contrarios a la fe católica

Por desgracia, actualmente no existe un Índice de Libros Prohibidos. Además, casi ningún obispo o sacerdote cumple con su obligación de vigilar para que la fe y las costumbres de los fieles no se vean perjudicadas, y no les ofrecen indicaciones precisas sobre las lecturas. Por lo tanto, esta responsabilidad recae sobre los hombros de cada católico, especialmente de los padres de familia con relación a sus hijos.

¿Qué libros deben ser objeto de una especial vigilancia por parte de los fieles?

El antiguo Código de Derecho Canónico recogía en el canon 1399 una enumeración que todavía puede servir de guía. Intentaré reordenar tales recomendaciones de forma pedagógica, aplicándolas a nuestro días:

§ Libros que enseñan o recomiendan cualquier género de superstición, sortilegios, adivinación, magia, evocación de espíritus y otras cosas por el estilo;

§ Libros que atacan de propósito la religión o las buenas costumbres;

§ Libros que defienden la herejía o el cisma o atacan los fundamentos de la religión;

§ Libros que impugnan o se mofan de algún dogma católico, los que defienden errores condenados por la Iglesia, los que se burlan de la liturgia, de la disciplina eclesiástica, del clero, etc.;

§ La Biblia y textos de las Sagradas Escrituras publicados por no católicos, o aún versiones publicadas por católicos, pero que no cuentan con aprobación eclesiástica;

§ Libros de no católicos cuyo contenido principal versa sobre religión, a no ser que conste por testimonio fidedigno que no contienen nada contrario a la fe católica;

§ Libros que declaran lícitos el suicidio y el divorcio. Podemos agregar también los textos que aprueban el aborto, la eutanasia, el concubinato, la homosexualidad o el mal llamado “matrimonio” homosexual y la ideología de género; y, finalmente,

§ Libros que tratan, relatan o enseñan expresamente materias lascivas u obscenas.

En la actualidad, la responsabilidad de velar para que la fe y las costumbres de los fieles no se vean perjudicadas por las lecturas recae sobre los hombros de cada católico, especialmente de los padres de familia con relación a sus hijos.

Con Internet, el peligro se ha ampliado y ha crecido significativamente

En la época en que se publicó el antiguo Código (durante la Primera Guerra Mundial), los pueblos musulmanes vivían aislados y la religión islámica atravesaba un periodo de letargo. Por eso los redactores no mencionaron el Corán ni los libros doctrinales del Islam, lo mismo ocurrió con las religiones orientales como el hinduismo o el budismo.

Sin embargo, dado que hoy vemos un Islam expansionista y agresivo, y que las religiones orientales penetran en la sociedad occidental (¡hasta en las parroquias!) a través de la práctica generalizada del yoga y el reiki, entre otras, habría que añadir a esta lista todos los libros de esas religiones, así como la literatura de las secciones de “espiritualidad” y “autoayuda” que se encuentran en la mayoría de las librerías, que no parten de una concepción católica.

Las nuevas generaciones apenas leen; en su lugar, pasan muchas horas frente a las pantallas del celular o de la computadora, que se han impuesto como sus principales fuentes de información. Son especialmente populares los vídeos, que requieren menos esfuerzo de concentración y están enriquecidos con música e imágenes que los hacen aún más atractivos. En estas condiciones, todo lo que se ha dicho anteriormente sobre la lectura de libros es necesariamente cierto para escuchar pod­casts o mirar vídeos.

En este asunto, los padres tienen una responsabilidad muy grave de vigilar lo que sus hijos miran en Internet. Se pueden utilizar recursos como instalar programas de control parental en sus computadoras; no ofrecerles celulares hasta que adquieran la madurez necesaria para discernir lo que constituye un riesgo para la fe y la moral; inculcarles la fuerza de voluntad para rechazar las múltiples ocasiones de perdición que les ofrecen las redes sociales. ¡No ignoremos que los niños y niñas de diez años ya están siendo bombardeados con imágenes pornográficas!

En las últimas décadas una atmósfera de permisividad se ha infiltrado en las filas del clero, dejando a los fieles huérfanos de orientación en un asunto que puede tener un efecto tan perjudicial para la perseverancia en la fe y la virtud.

En cuanto a la orientación de las familias católicas, no podemos olvidar que la Sagrada Familia es el modelo de todas las familias cristianas. Debemos no sólo tomarla como modelo para la educación de nuestros hijos, sino también pedir a Jesús, María y José que concedan a padres e hijos todas las gracias necesarias para esa educación.

 

Nota.-

1. http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19660614_de-indicis-libr-prohib_po.html.

Es necesario que los padres de familia inculquen en sus hijos la fuerza de voluntad para que rechacen las numerosas ocasiones de perdición que les ofrecen las redes sociales.



  




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