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«Tesoros de la Fe» Nº 130

Palabras del Director  [+]  Versión Imprimible
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Nº 130 - Octubre 2012 - Año XI

Estimados amigos:

Conmemoramos en este número 300 años del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, de San Luis María Grignion de Montfort, escrito en el otoño de 1712 —probablemente en la ermita de Saint-Éloi en La Rochelle, como apunta su moderno biógrafo el P. Louis Le Crom— y considerada su obra maestra por excelencia.

Este insigne doctor, apóstol y profeta de la crisis contemporánea, enfrentó con valentía las embestidas de la perniciosa herejía del jansenismo (que entre otros errores, impugnaba la piedad mariana), que entonces corroía los cimientos de la sociedad y que favoreció el estallido de la trágica Revolución Francesa.

Perseguido por su doctrina íntegra y su vida ejemplar, al Padre Montfort (1673-1716) sólo le fue permitido predicar en dos diócesis: La Rochelle y Luçon, en la Vandea, cuyos obispos eran meritoriamente antijansenistas. Fue en aquella misma región, favorecida por las misiones del heroico predicador mariano, que 73 años después de su muerte, las poblaciones católicas se levantaron contra los revolucionarios obstinados en destruir el altar y el trono.

El providencial Tratado, cuyo manuscrito desapareció por más de un siglo —infortunio previsto por el mismo autor—, ejerció y continúa ejerciendo un papel fundamental para profundizar en el conocimiento y la devoción a María Santísima.

Explicando al mismo tiempo con suma sencillez y admirable profundidad teológica la práctica de la esclavitud de amor a la Santa Madre de Dios, la obra fue traducida a prácticamente todos los idiomas, incentivando así el más acendrado fervor mariano en las almas de los fieles.

Esperamos que la lectura de este artículo que presentamos como Tema del Mes, de la incomparable pluma de Plinio Corrêa de Oliveira, contribuya a incrementar la devoción mariana de nuestros lectores.

En Jesús y María,

El Director



  




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+1322 . Movido desde la infancia por la Pasión de Cristo, este franciscano tuvo una existencia de enorme penitencia. Mandado para Alvernia, donde San Francisco había recibido los estigmas, predicaba a los peregrinos que allá acudían. A veces, el proprio Poverello le aparecía para moderarle las mortificaciones, y los Ángeles le hacían compañía.








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