El Perú necesita de Fátima Visteis el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.
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La misericordia de Dios


Es necesario apartar de nosotros aquella idea bastante difundida, de que la misericordia consiste en no hacer sufrir. A veces, la única forma de obtener que un pecador se convierta y se salve es por medio de un castigo.

El Purgatorio, misericordiosa “invención” de Dios para purificar las almas y permitirles la entrada en la eterna felicidad es, sin embargo, un lugar de expiación y de terribles sufrimientos.

¿No será un alivio el fin de los desórdenes contemporáneos, fin éste que ponga las cosas en sus ejes y favorezca que las personas vuelvan hacia Dios?

Es posible que alguien no esté de acuerdo con esta manera de analizar el secreto de Fátima. ¿Tendrá en claro esa persona hacia dónde camina la humanidad? ¿Desea que el mundo se destruya a sí mismo, en la ruina moral y de las costumbres, y que las almas se encaminen en masa hacia la perdición eterna?

Habiendo tolerado hasta el límite de lo inimaginable los pecados del mundo, ¿no desatará Dios un castigo para abatir el orgullo y la sensualidad del hombre contemporáneo, como el diluvio abatió y castigó los pecados del género humano en aquel tiempo? Jacinta menciona que “si los hombres no se enmiendan, Nuestra Señora enviará al mundo un castigo como no se vio igual”.

Los castigos previstos en la Cova da Iría no pueden ser vistos como un acto sádico de María Santísima. Tal hipótesis sería blasfema. Estos castigos son, según Plinio Corrêa de Oliveira, “un acto supremo de misericordia de Dios para el mundo pecador, pues muchas almas, en este sufrimiento extraordinario, podrán arrepentirse de sus pecados y expiar sus culpas. Precisamente como el diluvio que, según San Pedro (cf. 1 Pe. 3, 19-21), fue ocasión de salvación eterna para muchos que habían sido incrédulos mientras Noé fabricaba el arca. Sin embargo, cuando se descargó sobre ellos el tremendo castigo, se arrepintieron y pidieron perdón a Dios, aceptando la muerte como expiación de sus pecados”.     


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+1645 Lima. Contemporáneo de San Martín de Porres, gloria del Perú y de la Orden de Predicadores como él. A diferencia de Martín que habitó el convento de Nuestra Señora del Rosario, Juan vivió en lo que en aquel entonces eran los arrabales de la ciudad, en la recoleta dominica de Lima(actual Plaza Francia). Fue modelo de todas las virtudes, particularmente en la obediencia y pureza.

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San José de Cupertino, Confesor

+1663 Italia. Este hijo de San Francisco compensaba abundantemente en inocencia y simplicidad lo que le faltaba de dones naturales. Poco dotado de talentos, se llamaba a sí mismo Fray Asno. Pero su amor a Dios era tan intenso, que entraba en éxtasis a la vista de la menor de las manifestaciones divinas en las criaturas.

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