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«Tesoros de la Fe» Nº 173 > Tema “Deberes y obligaciones del cristiano”

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A propósito del deporte:
diferencias entre el hombre y la mujer

Pregunta

Monseñor: ¿Existe algún problema moral en el hecho de que mujeres jueguen al fútbol? ¿Existe un criterio más o menos seguro para discernir cuáles son los deportes más adecuados para ser practicados por el público femenino?

Respuesta

La pregunta ayuda a responder la siguiente cuestión: ¿cómo fue posible llegar a la negación de algo tan evidente y fundamental como la diferencia entre los sexos? La respuesta es que, desde hace muchas décadas, comenzaron a ser aceptadas por la sociedad la práctica de actividades y la confusión de modos de ser y de presentarse que iban eliminando gradualmente esa diferencia, conduciendo hasta el estilo “unisex” en el corte de cabello, en la ropa, en el lenguaje, en el comportamiento, en la vida profesional, etc.

Ahora bien, tal indiferenciación de los sexos es totalmente opuesta al plan de Dios para la humanidad. Leemos en el Génesis: “Dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ […]. Y Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27). En este trecho de la Biblia, la humanidad es descrita como articulada, a partir de su punto de partida, por la relación entre lo masculino y lo femenino. Meditando más tarde sobre la unión entre el hombre y la mujer descrita en la narración de la creación del mundo, el apóstol San Pablo exclamó: “Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).

El supremo ejemplo de la Santísima Virgen

De hecho, la mayor diferencia de la mujer con relación al hombre, que la ubica en una situación muy especial en la sociedad, consiste precisamente en que ella está llamada a representar, en el plano moral, aquello que la Iglesia realiza en el plano sobrenatural: acoge a nuevos miembros y los purifica en las aguas del bautismo, los alimenta con el banquete eucarístico, los reconcilia con Dios en el confesionario, remedia sus heridas con los santos óleos y, finalmente, los conduce hasta el lugar del descanso en la esperanza de la resurrección final. En el curso de la vida, la Iglesia consuela, da sustento y, sobre todo, educa a cada hijo para que siga el camino que le proporciona la verdadera felicidad.

Es en estas tareas que el llamado “genio femenino” encuentra toda su dignidad y su significado. La mujer toma esos elementos, los combina según su talento y las circunstancias concretas de la vida. Y, conforme a la vocación que Dios le dio, sea en el seno de la familia o en el seno de la Iglesia como virgen consagrada, perfuma con el encanto y las virtudes femeninas su propia vida y la de los que la rodean. Fue esta, en gran medida, la vocación de María, al mismo tiempo Virgen y Madre de Dios y de todos nosotros.

Una revolución feminista e igualitaria

Sally Halterman (1937); la primera mujer en obtener licencia para conducir moto

Lamentablemente, en el curso del siglo XX, la corriente antinatural del llamado “feminismo” convenció a una considerable parte de las mujeres de que su femineidad era sinónimo de debilidad y de una inferioridad vergonzosa con relación al hombre. Estas comenzaron entonces a mirar con desprecio ciertas virtudes —como la paciencia, la abnegación y la ternura— y quisieron igualarse a los hombres en todo, a veces incluso en el uso de un lenguaje vulgar, para mostrar al sexo “fuerte” que ellas no eran frágiles y delicadas “muñecas”.

El feminismo provocó una “guerra de sexos” totalmente artificial, y las mujeres que cayeron en sus redes vendieron su grandeza y su dignidad específicas por un “plato de lentejas”, cerrando los ojos al hecho de que Dios creó a hombres y mujeres, ambos portadores de la misma dignidad humana, pero diferentes y complementarios.

Componente fundamental de la personalidad

Las nefastas consecuencias de esa evolución fueron denunciadas el 2004 por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulado “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo”.

Después de señalar que en la forma de abordar el tema de la mujer en el siglo XX se delinearon dos tendencias opuestas —una que conduce a una rivalidad entre los sexos y otra que tiende a eliminar sus diferencias, consideradas por la así llamada ideología de género como simples efectos de un condicionamiento histórico-cultural—, la carta de la Congregación afirma que “el obscurecerse de la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden”. La primera de ellas es nada menos que “el cuestionamiento de la familia a causa de su índole natural bi-parental, esto es, compuesta de padre y madre”, lo que favorece “la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad”, así como la aparición de “un modelo nuevo de sexualidad polimorfa”.

“Según esta perspectiva antropológica —prosigue la carta—, la naturaleza humana no lleva en sí misma características que se impondrían de manera absoluta: toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial”.

En oposición a la Ideología de Género, el Cardenal Ratzinger reafirma algunos datos esenciales de la antropología bíblica, comenzando por el hecho de que “la igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica”, de allí la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos: “La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones”. En vista de ello, la sexualidad no se puede reducir al puro e insignificante dato biológico, sino que “es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano”.

En contraposición al hombre, “la mujer conserva la profunda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección.

Esta intuición está unida a su capacidad física de dar la vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura profundamente la personalidad femenina… Aunque la maternidad es un elemento clave de la identidad femenina… la vocación cristiana a la virginidad… contradice radicalmente toda pretensión de encerrar a las mujeres en un destino que sería sencillamente biológico”, puesto que “la maternidad también puede encontrar formas de plena realización allí donde no hay generación física”.

Influencia de los trajes masculinos y femeninos

En esta perspectiva “se entiende el papel insustituible de la mujer en los diversos aspectos de la vida familiar y social que implican las relaciones humanas y el cuidado del otro”, y que la lucha entre sexos o su indiferenciación no pasa de una ilusión y provoca graves consecuencias para la misma mujer y para la sociedad.

Con acuidad y valentía, el entonces arzobispo de Génova y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Cardenal Giuseppe Siri, avizoró en 1960 el devastador efecto que resultaría de la generalización del uso de trajes masculinos por las mujeres, y por qué mecanismo se favorecería la aceptación de esta nueva moda:

“El motivo que impulsa [a las mujeres] a usar ropa masculina es siempre la imitación, más aún la competencia con aquel que es tenido por más fuerte, más desenvuelto y más independiente. Este motivo manifiesta claramente que el uso de prendas de vestir masculinas es el medio sensible para poner en acto una inclinación mental de una mujer a ser ‘como un varón’. En segundo lugar, desde que el mundo es mundo, el vestido exige, impone y condiciona gestos, actitudes, posturas; y llega, desde lo externo, a imponer una determinada contextura psicológica. No se pierda de vista, además, que la ropa masculina llevada por la mujer oculta en mayor o menor medida un rechazo habitual de aquella femineidad que a ella le parece inferioridad, siendo así que es solamente diversidad. La contaminación de la estructura psicológica resulta evidente” (“A proposito del costume maschile della donna”, del 12 de junio de 1960).

La misma contaminación quedó evidente en otros terrenos, como la vida profesional, llegando a aberraciones tales como las de ciertos ejércitos occidentales que, en nombre de la igualdad entre los sexos, coloquen a mujeres en la primera línea de combate. El precedente de Santa Juana de Arco no sirve para justificar esa aberración, precisamente por lo excepcional de su vocación y por el hecho de que, en los combates, ella nunca empuñó las armas, sino que apenas portaba el estandarte y animaba a los guerreros.

El veto del Papa Pío XII y de su predecesor

Descendiendo al problema de los deportes, evocado por la consultante, es forzoso destacar en primer lugar que se trata de una actividad que “moderada y cuidadosamente ejercitado, fortifica el cuerpo, lo hace sano, fresco y robusto”; favorece un “entrenamiento en el cansancio, resistencia en el dolor, hábito de continencia y de templanza” para alcanzar la victoria y puede ser “un antídoto eficaz contra la molicie y la vida cómoda”, según el parecer que de ellos hizo el Papa Pío XII en un discurso a los deportistas italianos el 20 de mayo de 1945.

El deporte no está, sin embargo, exento de peligros. Según el mismo Pontífice, el primero es el de la divinización del cuerpo y una concepción materialista de la vida, que contrarían el hecho de que la primacía en el compuesto humano le cabe al espíritu, al alma espiritual. El segundo peligro, de acuerdo con Pío XII, es que aunque existan deportes que concurren para refrenar los instintos, otros hay que los despiertan, “ya con fuerza violenta, ya con las seducciones de la sensualidad”. Asimismo, afirma el Papa, “hay, además, en el deporte y en la gimnasia, en la rítmica y en el baile, un cierto desnudismo que no es necesario ni conveniente”. Y el Papa concluye de modo perentorio: “Ante una manera semejante de practicar la gimnasia y el deporte, el sentido religioso y moral pone su veto” (Discurso a los profesores de Educación Física, 8 de noviembre de 1952).

Fue por eso que, en el pontificado de su predecesor, el Papa Pío XI, la Sagrada Congregación del Concilio (12 de enero de 1930) recomendó: “que los padres mantengan a sus hijas lejos de los juegos y concursos gimnásticos públicos; pero, si sus hijas son obligadas a asistir a dichas exhibiciones, que observen que vayan vestidas totalmente y en forma modesta. Que nunca permitan que sus hijas se pongan indumentaria inmodesta”.

*     *     *

Creemos que con las sabias enseñanzas arriba citadas sobre la alteridad entre el hombre y la mujer y los peligros que envuelve el deporte, nuestra consultante y nuestros lectores en general tendrán los elementos necesarios para discernir cuáles son los más adecuados para ser practicados por el público femenino y cuáles sean las imposiciones de discreción y decoro de las que un ejercicio debe revestirse, para no atentar contra su propia finalidad de fortalecer las almas de las deportistas y proporcionar a los asistentes una distracción moralmente sana. 

 



  




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