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«Tesoros de la Fe» Nº 182

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¿Por qué el tercer secreto de Fátima no fue divulgado en 1960?

(primera parte)

Entrevista al autor de “Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?”

 

El 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen transmitió a los tres pequeños videntes de Fátima un mensaje que no deberían revelarlo a nadie. Al ser interrogados, inmediatamente después de la aparición, sobre lo que la Madre de Dios les había dicho, respondieron que eso era secreto. De modo que desde entonces se supo que había un secreto en el Mensaje de Fátima.

Obrando así, la Santísima Virgen obviamente estaba queriendo atraer la atención del mundo hacia algo muy importante, cuyo contenido sería hecho público tan solo en el momento en que la Providencia divina lo juzgara oportuno.

Todo esto creó una aureola de misterio alrededor de Fátima y del secreto, el cual fue creciendo a lo largo de los años y de las décadas, resaltando con ello la importancia de su contenido.

Las dos primeras partes del secreto fueron dadas a conocer por la hermana Lucía, por inspiración de la Santísima Virgen, en la tercera Memoria, escrita por la vidente el 31 de agosto de 1941. El 3 de enero de 1944, a instancias del obispo de Leiria y con el debido permiso de la Madre de Dios, la hermana Lucía escribió la tercera parte del secreto, que mandó entregar al obispo por medio de un portador, en sobre lacrado, con una nota que señalaba que no podía ser divulgado antes de 1960. El obispo, Mons. José Alves Correia da Silva, colocó el sobre enviado por la hermana Lucía dentro de uno mayor, que asimismo lacró y guardó en la caja fuerte de la Curia episcopal.

A comienzos de 1957, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, actual Congregación para la Doctrina de la Fe, pidió que el documento fuese remitido a Roma. Para ese efecto, fue entregado en la Nunciatura Apostólica de Lisboa, desde donde el nuncio, Mons. Fernando Cento, lo condujo al Vaticano, donde ingresó en el Archivo Secreto del Santo Oficio el día 4 de abril de 1957.

Antonio Borelli Machado, nuestro entrevistado

Solicitado por Juan XXIII el 17 de agosto de 1959, el Papa recibió el documento de manos de un comisario del Santo Oficio, abriéndolo —por primera vez— algunos días después y leyéndolo con la ayuda del traductor portugués de la Secretaría de Estado. Habiendo decidido no publicarlo, lo devolvió al Santo Oficio.

“El cardenal Ratzinger reconoció que la revelación del secreto en 1960 perturbaría políticas muy importantes que la Santa Sede tenía en vista… ¿Cuáles son esas metas?”

Esa decisión, como era previsible, provocó una gran frustración en todo el mundo, dando origen a los más sensatos e insensatos vaticinios sobre su contenido.

Los siguientes pontífices, Paulo VI y en un comienzo también Juan Pablo II, confirmaron tal decisión.

Finalmente, el 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II anunció en Fátima que el tercer secreto sería revelado junto con un oportuno comentario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que efectivamente ocurrió el 26 de junio de ese mismo año.

Ese día, en una sesión solemne presidida por el cardenal Joseph Ratzinger en la Sala de Prensa del Vaticano, fue presentado a los periodistas acreditados ante la Santa Sede el texto del tercer secreto que, a partir de entonces, fue conocido en el mundo entero.

Gian Franco Svidercoschi

En aquella ocasión, se facultó a los principales vaticanistas a formular preguntas de esclarecimiento.

Una de esas preguntas versaba justamente sobre la razón que llevó a la Santa Sede a frustrar en 1960 la expectativa mundial creada por la revelación del tercer secreto en aquel año. La respuesta del cardenal Ratzinger es altamente reveladora de las graves razones que orientaron la decisión de la Santa Sede.

Tan importante información no podía dejar de ser puesta en conocimiento de nuestros lectores. Para tal efecto, pedimos a nuestro colaborador Benoît Bemelmans que entrevistara al respecto a un conceptuado autor y especialista en el tema, Antonio Augusto Borelli Machado. En sus respuestas son abordados importantes asuntos que elucidan los grandes problemas que han afligido a la Iglesia y al mundo, en ese largo periodo de 100 años que transcurrió desde las apariciones de Fátima.

*     *     *

Tesoros de la Fe En 1960, la expectativa de que fuese revelado el tercer secreto llegó a su auge. Pero esa revelación no tuvo lugar, provocando una gran frustración. Fue solamente después de 40 años, al final del milenio, que la Santa Sede lo hizo público. Durante la presentación del mismo, periodistas presentes preguntaron sobre el porqué de tal demora. ¿Qué explicación dio entonces el cardenal Ratzinger, que presidía la sesión?

Antonio Borelli Machado — Cuando fue dado a conocer el tercer secreto, el 26 de junio de 2000, la Santa Sede resolvió hacerlo por medio de un acto rodeado de un gran despliegue publicitario, a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fueron invitados los periodistas acreditados ante el Vaticano. A los presentes les fue distribuido un ejemplar del opúsculo El Mensaje de Fátima, conteniendo el texto del secreto. La sesión fue presidida por el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación, con la participación de Mons. Tarcisio Bertone, secretario de la misma, y del director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls. Emisoras de televisión de diversas partes del mundo la transmitieron en vivo. Después de las exposiciones del cardenal Ratzinger y de monseñor Bertone, el director de la Sala de Prensa franqueó la palabra a los periodistas presentes, para que formularan preguntas. Tres de ellas versaron justamente sobre los motivos que llevaron a los Papas a posponer la difusión del tercer secreto hasta exactamente 40 años después de la fecha esperada. La pregunta mejor elaborada fue la del escritor y vaticanista Gian Franco Svidercoschi, quien fue subdirector del “Osservatore Romano”. Su pregunta (extraída del video de la sesión puesto a disposición por la Sala de Prensa) fue la siguiente:

La hermana Lucía

“Eminencia: Me permito hablar sobre el porqué del atraso, de esta prolongada prudencia de la Iglesia de 1960 hasta hoy. De alguna forma usted ya respondió, hablando justamente sobre la evolución de la historia. […] Está también la descripción de Mons. Bertone de las diversas decisiones tomadas por los Papas, mudadas las situaciones histórico-políticas. Pero yo le pregunto: ¿no terminó la Iglesia pagando un precio demasiado alto por este largo silencio, este largo secreto sobre el secreto? Al final de cuentas, ¿la tercera parte del secreto no contiene ya a la segunda, al aludir al obispo vestido de blanco? ¿La tercera parte no es al final sino, digamos, el corolario de lo que está dicho en las partes precedentes? Este martirio [descrito en el tercer secreto] ya existía en 1960. ¿No hay una forma diferente, de parte de la Iglesia, no apenas con relación a Fátima, de fijar una posición frente a las revelaciones privadas —que no afectan el depósito de la fe— y, por tanto, se podría haber evitado provocar toda esa serie de instrumentalizaciones y de escándalos que hubo precisamente a causa de ese silencio que duró tanto? Gracias”.

A esto, el cardenal Ratzinger respondió sin vacilación:

“Ciertamente la decisión de los tres Papas de no publicar el secreto —porque tampoco el Papa actual [Juan Pablo II], en 1981, quiso hacerlo— fue una decisión no dogmática, sino prudencial. Y siempre se puede discutir sobre la prudencia de una decisión, si políticamente una otra prudencia no habría sido preferible. Por tanto, no se debe dogmatizar esta actitud de los Papas. Además, considerando la cuestión retrospectivamente, puedo decir: ciertamente pagamos un precio por las especulaciones que tuvimos en estos últimos decenios. Pero, por otra parte, pienso que era apropiado esperar un momento para tener una visión retrospectiva. En 1960, estábamos en el umbral del Concilio, esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia, y también de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo. Igualmente en tiempos del Papa Paulo VI: estábamos aún, por decirlo así, en la digestión del Concilio, con tantos problemas, que este texto [el tercer secreto] no habría tenido una correcta presentación. Ídem poco después del atentado [a Juan Pablo II]: salir inmediatamente en ese momento con este texto no habría producido, me parece, una correcta comprensión del mismo. Pienso, sin dogmatizar esta decisión, pero con una sincera convicción personal, pienso que estaba bien, en suma, esperar un poco más hasta el final del siglo, para tener una visión más global y poder comprender mejor el verdadero imperativo y las verdaderas indicaciones de esta visión.

Tesoros de la Fe — Por tanto, el cardenal Ratzinger reconoció que la revelación del secreto en 1960 perturbaría políticas muy importantes que la Santa Sede tenía en vista… ¿Cuáles son esas metas que serían perjudicadas por la revelación del tercer secreto a tal altura del siglo XX?

Antonio Borelli Machado — Tres metas políticas y religiosas de primera importancia marcaron la vida de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX, fueron mencionadas sucesivamente por el cardenal Ratzinger en su respuesta:

“Como los hombres de la Iglesia estaban resueltos a lograr, a cualquier costo, esa aproximación con el mundo, tenían que optar por no revelar el tercer secreto”

1) El ralliement1 de la Iglesia con el mundo moderno: “esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia”,

2) La Ostpolitik vaticana, es decir, el ralliement de la Iglesia con el comunismo: la esperanza “de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo”,

3) La implantación de las directrices del Concilio que pretendían promover este doble ralliement, y que fueron la causa de “tantos problemas” de “digestión” de las innovaciones conciliares por el mundo católico.

Tesoros de la Fe ¿De qué manera el tercer secreto choca con esas metas?

Antonio Borelli Machado — El tercer secreto consiste en una visión en que aparece “un Ángel con una espada de fuego”, la cual, “centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo”. Ahora, un mundo que Dios quiere castigar de esa manera, es un mundo que está provocando el rechazo divino… No era un mundo que justificara “esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia”.

“Aquel que se declara neutro entre la verdad y el error, en realidad se coloca a favor de todos los errores contra la única verdad. Tal es la posición del laicismo frente a la Iglesia verdadera”

Por tanto, divulgar en 1960 el tercer secreto habría sido andar en dirección opuesta al ralliement de la Iglesia con el mundo moderno.

Uso aquí la palabra ralliement en referencia a la famosa política de León XIII con relación a los Estados laicos que se instalaron en el mundo siguiendo el rastro de la Revolución Francesa. En particular, la república laica vigente en Francia. Como se sabe, aquel pontífice llegó a lamentar en su vejez el fracaso de sus esperanzas.2

En el Concilio Vaticano II, influyentes Padres conciliares estaban animados por un optimismo análogo para promover un nuevo ralliement de la Iglesia con el mundo moderno, en perfecta consonancia con el de León XIII. Si ellos hubiesen consagrado la debida atención a las dos partes del secreto de Fátima ya entonces conocidas, tal vez habrían moderado su optimismo: bastaba prestar atención a la frase “varias naciones serán aniquiladas”, contenida en la segunda parte del secreto. La revelación de la tercera parte en 1960, ampliamente difundida y con unos oportunos comentarios —pensemos en la “gran ciudad medio en ruinas”…— podría haberles abierto los ojos o, al menos, hacerles comprender que la opinión católica no comprendería tal ralliement, lo que posiblemente los inhibiera de dar ese paso.

Como los hombres de la Iglesia estaban resueltos a lograr, a cualquier costo, esa aproximación con el mundo, tenían que optar por no revelar el tercer secreto y pagar el precio de la extrañeza que ello produciría entre los fieles católicos, como de hecho ocurrió.

Tesoros de la Fe Que un castigo tan grande penda sobre el mundo indica que la conducta de la sociedad humana actual está en contradicción con los principios que Dios querría que en ella vigorasen. ¿Es posible destacar el punto en que reside esencialmente esa contradicción?

León XIII

Antonio Borelli Machado — Para que el público de nuestros días pueda medir la distancia que nos separa de un recto orden social, viene a propósito citar un famoso texto de León XIII: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer” (encíclica Immortale Dei, del 1º de noviembre de 1885, nº 9).

Ahora bien, los Estados de nuestros días, como un resultado del laicismo que profesan, se sienten libres de la obligación de ajustar las normas de conducta individual y social a los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, y de conceder a la Iglesia “el grado de honor que le corresponde”. En consecuencia, se vienen implantando en el mundo entero toda clase de transgresiones a las leyes natural y divina, como el divorcio, el aborto, la unión homosexual, etc.

Así, el laicismo de Estado, que se proclama neutro en materia de religión y de moral, se revela como un obstinado enemigo de la Iglesia Católica y de la moral cristiana. Y eso es una constante en la historia: aquel que se declara neutro entre la verdad y el error, en realidad se coloca a favor de todos los errores contra la única verdad. Tal es la posición del laicismo frente a la Iglesia verdadera.

El laicismo no es neutro en materia de religión, sino militantemente ateo. Lo señala León XIII en la misma encíclica: Immortale Dei: “En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si nominalmente difiere del ateísmo, en realidad se identifica con él (nº 14).

El laicismo es, pues, la “no religión” del mundo moderno, es decir, el ateísmo; ateísmo doctrinario y práctico, que penetra en toda la sociedad. Sobre esta pende el mensaje de Fátima, que advierte: o la sociedad se convierte y hace penitencia, o vendrá un castigo de proporciones cósmicas.

¿Cómo alimentar “esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia”? A quienes estaban animados con tal esperanza, no les convenía en lo absoluto que el tercer secreto fuese revelado en 1960…

Tesoros de la Fe ¿Cuándo surgió en la Iglesia ese deseo de establecer una “relación positiva” con el mundo?

San Pío X

Antonio Borelli Machado — La palabra mundo aparece en los Evangelios tanto en un sentido genérico, como para designar a los que no aceptaban la prédica de Nuestro Señor Jesucristo y se oponían a Él. En ese segundo sentido aparece, por ejemplo, en el Evangelio de san Juan, en los versículos 18 y 19 del capítulo 15: “Si el mundo los odia, saben que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”.

Esta misma suerte marca a todos los discípulos de Cristo, desde entonces hasta nuestros días. De allí  que la porción más tibia del campo católico siempre intente enfriar el odio del mundo entrando en composición con él. Ello está en la naturaleza caída del hombre y por eso se manifestó en todos los periodos de la historia de la Iglesia. Basta abrir los compendios para constatarlo.

Con una característica fácil de percibir: los que ceden a esta tentación, intentan quedarse a medio camino entre la verdad y el error,

Vayamos directamente a los tiempos modernos: Erasmo de Rotterdam (1466-1526), célebre humanista, difundía “un espíritu de reacción contra la escolástica, de libertad de pensamiento y de simplificación del cristianismo”,3 que lo condujo a un intento de aproximación con Lutero; fracasado, debido al carácter belicoso de este último. Así, desde la seudo-Reforma protestante y el Renacimiento, una corriente de católicos, ampliamente inspirada en Erasmo, ha intentado entrar en composición con los errores de su época.

La idea de una reconciliación entre la Iglesia y el mundo, resultante de la Revolución Francesa, fue preconizada por los católicos liberales del siglo XIX, a partir de Félicité de Lamennais, más tarde condenado por Gregorio XVI (1831-1846).

“La posición firme de Pío IX fue contrapuesta por el siguiente pontífice, León XIII, quien promovió en Francia la política de ralliement con la república nacida de la Revolución Francesa”

Pío IX (1846-1878) compendió los errores del liberalismo católico en el Syllabus praecipuorum nostrae aetatis errorum (“Índice de los principales errores de nuestro siglo”), del 8 de diciembre de 1864, los cuales sintetizó en la proposición 80: “LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización”.

Observen, desde luego, que la oposición de la Iglesia no era contra el progreso en sí, sino contra lo que éste traía escondido de revolucionario, con el objeto de demoler lo que la sociedad de entonces, aunque decadente, conservaba de bueno y de conforme a los principios del orden natural y cristiano.

Sin embargo, la posición firme de Pío IX fue contrapuesta por el siguiente pontífice, León XIII (1878-1903), quien promovió en Francia la política de ralliement con la república nacida de la Revolución Francesa, a la cual aludí anteriormente (cf. 2ª pregunta). Este pontífice esperaba que tal política, conducida con obstinada determinación durante todo su pontificado, fuese continuada por sus sucesores. Lo que ciertamente habría sucedido si su Secretario de Estado, el cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, hubiese sido elegido Papa, como se creía. La imprevista elección del cardenal Giuseppe Sarto, con el nombre de Pío X (1903-1914), frustró la continuidad inmediata de esa política.

Ella resurge de forma muy definida, a mediados de los años 30, en el pontificado de Pío XI (1922-1939), en las alas del optimismo y de la apertura al mundo propugnada por el movimiento de la Acción Católica.4 En el campo intelectual, alimentaban una posición análoga autores muy apreciados en esos mismos medios de la Acción Católica, especialmente Jacques Maritain con su libro Humanismo integral (1936).

“Con la promulgación de la Constitución Pastoral Gaudium et spes, por Paulo VI al final del Concilio, la política de ralliement con el mundo moderno fue finalmente decretada y extendida a todo el orbe”

Desde entonces, la actitud de ralliement con el mundo moderno no dejó de manifestarse claramente en los ambientes católicos liberales, aunque solo fue públicamente asumida, casi medio siglo después, por el Papa Juan XXIII (1958-1963). En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962), refiriéndose a aquellos que “no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina”, el Pontífice declara: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente” (subtítulo Opportunitas celebrandi Concilii).

El Concilio Vaticano II

Con la promulgación de la Constitución Pastoral Gaudium et spes, de Paulo VI (1962-1978), al final del Concilio (1965), la política de ralliement con el mundo moderno fue finalmente decretada y extendida a todo el orbe. La línea pastoral preconizada por la Gaudium et spes no constituyó una novedad concebida por los Padres Conciliares del Concilio Vaticano II, sino ¡la concreción efectiva de una “pastoral” ya propugnada por el sacerdote Lamennais, en 1830!

De esa manera, en lugar de prevenir a los católicos sobre el castigo anunciado por la Santísima Virgen en Fátima, el Concilio Vaticano II propuso establecer buenas relaciones entre la Iglesia y el mundo, auspiciando el advenimiento de una era de alegría y esperanza para la humanidad de nuestros días.

Tal fue el efecto subliminal producido simplemente por el título dado al documento conciliar —Gaudium et spes— que expresaba, independientemente de su complejo contenido, las nuevas y benévolas disposiciones que el Concilio asumía entonces ante el mundo.

El Mensaje de Fátima, sin embargo, ¡iba en un sentido diametralmente opuesto!

(La segunda parte puede consultarse en www.fatima.pe/articulo-1221-por-que-el-tercer-secreto-de-fatima-no-fue-divulgado-en-1960.)

Notas.-

 1. Acuerdo, adhesión.

2. Sobre el ralliement de León XIII, véase el libro de Plinio Corrêa de Oliveira, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Apéndice III, 21. León XIII interviene, p. 235-239; Ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1993. Ver también Roberto de Mattei, Il ralliement di Leone XIII – Il fallimento di un progetto pastorale, Le Lettere, Firenze, 2014, 366 p.

3. Guillermo Fraile, Historia de la filosofía, BAC, Madrid, 1991, 3ª ed., t. III, p. 74.

4. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Em defesa da Ação Católica, Editora Ave María, São Paulo, 1943.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 187 / Julio de 2017

El mensaje de Fátima
¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!

Palabras de la Virgen contenidas en el Secreto de Fátima; al fondo, con una aurora boreal.



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Santa Brígida de Suecia, Viuda

+1373 Roma. De la familia real de Suecia, se casó con el príncipe de Nericia. Este, después del nacimiento de ocho hijos, entró en la Orden cisterciense y la esposa se retiró con la hija Santa Catalina, para Roma donde falleció. Gran mística, tuvo muchas revelaciones, por lo que es llamada de la profetisa del Nuevo Testamento.








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