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«Tesoros de la Fe» Nº 196

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Máquina, ídolo vulgar y deforme de un mundo materialista

Plinio Corrêa de Oliveira

Siendo Dios el autor de la naturaleza, todas las leyes según las cuales se rige el universo son una imagen de su sabiduría y bondad. Entre estas leyes, están las de la física, y entre las de la física están las de la mecánica. Así, solo puede merecer alabanza, quien se dedica al estudio de la mecánica, y a la obtención de nuevos beneficios para el hombre por medio de mecanismos siempre más perfeccionados.

Pero no basta que nos guste lo bueno. Las cosas buenas están dispuestas en una jerarquía, unas en relación con las otras, y todas en relación con Dios. De donde resulta que, apreciando todo cuanto Dios hizo, debemos sin embargo atribuir a cada cosa el valor exacto que Dios le quiso dar. Es razonable, por ejemplo, interesarse por las plantas. Pero sería un absurdo preferir las plantas al hombre. Es justo cultivar las artes. Pero sería gravemente erróneo sostener que ellas deben ser consideradas tanto como la teología.

Ahora, las leyes de la mecánica se refieren al mundo inanimado, es decir, a los seres menos elevados en el orden de la creación, que no tienen grado alguno de vida. No habría pues desorden mayor, ni más grave, que elevar la mecánica como el objeto más alto y más noble de la inteligencia humana, y pretender que el mundo entero, toda la sociedad humana, con las incontables sociedades menores y grupos que debe contener, deba ser y moverse “more mechanico” (de manera mecánica).

Pues es precisamente este el error en el que cayó la mayoría de nuestros contemporáneos. Todo cuanto habla de máquinas los extasía, los deleita, los entusiasma. Engranajes, roblones, muelles, ejes, quicios, correas, poleas, es lo que el hombre de hoy se deleita en conocer, en analizar, en mejorar. La literatura, el arte, la filosofía, la historia, la teología lo dejan relativamente inerte. Pero cuando está en presencia de una máquina —un motor de automóvil o de motocicleta, por ejemplo— oh bienaventuranza, no hay tornillo ni rosca en cuya contemplación él no se absorba por entero.

*     *     *

En la foto de arriba tenemos un curioso ídolo mecánico. Es una máquina de no hacer nada. Este aparato complicado, que “funciona” perfectamente, fue ideado por Lawrence Wahlstrom, de Los Angeles, EE. UU. No tiene finalidad práctica. Se destina apenas a deleitar a los amantes del género, por la inmensa complejidad de su inútil funcionamiento. ¡Cuántos se deleitarían en analizar este mecanismo y encontrarían fastidiosa la lectura de una página de san Bernardo sobre la Virgen!

La foto de la izquierda muestra las majestuosas y elegantes ruinas de la catedral de Coventry, destruida durante la Segunda Guerra Mundial. A su lado, la nueva catedral, que recuerda mucho más a una inmensa fábrica, maciza, pesada y construida sin la menor preocupación estética, que a un templo de Dios, destinado a incitar, por la nobleza de sus líneas, a los fieles a elevar su alma al Dios tres veces santo, fuente infinita y sustancial de toda belleza. ¿Líneas y formas que serían prácticas para una fábrica, adoptadas para qué, en un templo para el que son totalmente inadecuadas?

Idolatría de la máquina, idolatría de la materia…



  




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Tesoros de la Fe


Nº 221 / Mayo de 2020

Una promesa, una esperanza
Basílica de la Madonna de Monte Bérico

Basílica de Santa María de Monte Bérico, Vicenza (Italia), construida sobre el cerro que domina la ciudad



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4 de junio

San Francisco Caracciolo, Confesor

+1608 Agnone (Italia). De noble familia napolitana, fundador de la Congregación de los Clérigos Regulares Menores. Tenía el don de profecía, siendo favorecido con éxtasis.

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Santa Clotilde, Viuda.

+545, d.C. Tours (Francia). Siendo esposa de Clovis, Rey de los Francos, sus oraciones y ejemplos lo llevaron a la conversión, la misma que fue esencial después para constituir la Francia católica, una de las grandes glorias de la Edad Media. Viuda, presenció con dolor el asesinato de sus nietos por los propios padres (hijos de la Santa) para impedirlos reinar. Se retiró entonces hacia Tours, donde se entregó a la oración y penitencia por la conversión de los mismos.

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