El Perú necesita de Fátima Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas; por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará.
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«Tesoros de la Fe» Nº 212

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Hace 470 años el Japón nacía a la fe católica

15 de agosto de 1549, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. Se iniciaba una de las páginas más gloriosas de la Iglesia Católica, de todos los tiempos. San Francisco Xavier, gran apóstol de Oriente, arribaba a Kagoshima, pequeña isla al sur del Japón.

Diogo Waki

San Francisco Xavier, Joseph Vien, 1753 – Versalles

Poco se sabía entonces a respecto de aquel país del Extremo Oriente, si bien que, algunos siglos atrás, Marco Polo escribiera en las memorias de sus viajes que “a 1500 millas de la China había una gran isla, conocida como Cipango. El pueblo es de tez clara, alegre, de bellas facciones, y muy ceremonioso…”.

Por una de esas coincidencias —llamémoslo así—, por uno de esos caminos aparentemente tortuosos de la Providencia, el Apóstol de las Indias conoció a un samurái de nombre Yagiro, quien al morir su señor había quedado “huérfano”; pero que al cometer un asesinato, buscó refugio en las lejanas tierras de la India. San Francisco se interesó enormemente por él. Este le contó maravillas de su país de origen, de sus usos y costumbres.

San Francisco, siempre dócil a la voz de la gracia, a pesar de haber programado su viaje a la China, cuya conversión para a Santa Iglesia era su grande sueño, decidió antes pasar por las tierras de Yagiro.

Aquel 15 de agosto, en el momento en que san Francisco Xavier pisaba tierra japonesa, Dios establecía con aquel pueblo su primera alianza.

Mientras tanto en Europa…

Un siglo apenas nos separaba del Concilio de Constanza, que puso fin al Gran Cisma de Occidente restableciendo la unidad de la Santa Iglesia. El Humanismo y el Renacimiento provocaban inmensas y funestas transformaciones en el seno de la Iglesia, produciendo una crisis de fe y de costumbres sin precedentes. Hacía 32 años, Lutero daba un grito de rebeldía contra la Sede de Pedro. Su herejía provocaba devastaciones y naciones enteras apostataban. Europa estaba convulsionada por guerras religiosas. El Concilio de Trento se encontraba en curso, combatiendo y condenando los principales errores de la herejía protestante. El Papa Julio III clausuraba su décima sesión, sin conseguir llevar a cabo —en toda su extensión— la verdadera reforma necesaria para restaurar la Santa Iglesia. Y como eso no bastara, los turcos mahometanos amenazaban con invadir Europa y llegar hasta Roma.

La réplica de la Providencia

Sin embargo, en compensación, la Providencia suscitó a los grandes santos de la Contrarreforma, como san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Pedro de Alcántara y tantos otros. Y si bien es cierto que la Iglesia perdía una multitud de fieles en Europa, en el Extremo Oriente y en América, san Francisco Xavier, santo Toribio de Mogrovejo, san José de Anchieta y otros héroes del catolicismo trabajaban para reconquistar, de algún modo, el terreno perdido.

Se estaba frente a dos civilizaciones muy diferentes: una de nativos, en gran medida salvajes e incultos, en América, con la salvedad de aztecas e incas; y, del otro lado del mundo, si bien que pagana, una civilización de prácticamente dos mil años de historia, de usos y costumbres que, por algunos lados, se asemejaban a los de la civilización católica: la estructura patriarcal de la familia y la sociedad feudal japonesa. ¿Qué decir, por ejemplo, de la semejanza entre el bushido —código de los samuráis (clase guerrera que durante siglos gobernó aquel país)— y el código de la caballería medieval?

Iglesia construida en 1931 y dedicada a san Francisco Xavier en Hirado, Nagasaki (Japón)

Auspicioso proceso de conversión

Es en aquel suelo así preparado que san Francisco va a echar la semilla del Evangelio. Su discernimiento profético le hizo percibir que, para tener éxito en el apostolado con aquel pueblo, era necesario conquistar la simpatía de la aristocracia palaciega y de los samuráis. Si en un comienzo él se presentaba modesta y humildemente, en la segunda fase del corto período de dos años y dos meses que allí permaneció, san Francisco pasó a usar de todas las prerrogativas que le fueron conferidas por Roma, Portugal y España, y por el gobierno de las Indias Occidentales.

Dos años después, la semilla estaba lanzada: 800 japoneses convertidos al catolicismo, y un futuro promisorio. Sin embargo, san Francisco tuvo que embarcar para las Indias.

En poco tiempo, las esperanzas del gran apóstol se transformaron en realidad. Medio siglo después de su llegada al Japón, el catolicismo se había difundido de norte a sur del país. Las conversiones no se restringían al pueblo, sino que varios señores feudales e incluso nobles de la corte imperial se habían convertido a la verdadera fe.

La respuesta del demonio

Hideyoshi, el shogún (cargo equivalente al primer ministro), quería unificar el Japón, pero encontraba resistencia de parte de los daimios (señores feudales).

El viceprovincial jesuita, el padre Gaspar Coelho, que gozaba entonces de gran prestigio junto al shogún, decidió conseguir el apoyo de algunos señores feudales sobre los cuales tenía cierta influencia. Eran tantos que Hideyoshi, al tomar conocimiento de ello, pasó a considerarlo como enemigo.

Súmese a ese error táctico del religioso, el odio anticatólico y la codicia mercantilista de los protestantes holandeses, así como las intrigas incentivadas en la época por franciscanos, dominicos y agustinos contra los jesuitas: será fácil comprender lo que sucedió después…

Hideyoshi, que nutría hasta entonces cierta simpatía hacia los católicos, aunque motivada por intereses comerciales, cambió de postura. Instigado aún por los bonzos budistas, que eran los principales perjudicados por la gran expansión del cristianismo en el país, dictó un primer decreto restringiendo la acción de los católicos en 1587. A partir de entonces, comenzaría el período de persecuciones y martirios que hizo del Japón uno de los países con mayor número de mártires en la historia de la Iglesia.

Prohibición del catolicismo y clausura de los puertos hacia Occidente

Campana japonesa del siglo XVI

La situación se volvió de tal manera tensa que, en 1614, el shogún Ieyasu promulgó un edicto prohibiendo el catolicismo en el Japón. Las iglesias fueron destruidas, todos los misioneros deportados, y los que permanecieron fueron martirizados junto a los fieles. Se calcula en cerca de 280 mil los católicos martirizados, solo en 1635. En 1639, el Japón cerró definitivamente los puertos a Occidente. Siguieron dos siglos de aislamiento, mientras continuaban las persecuciones.

En 1640, por instigación de los protestantes holandeses, se estableció algo como un tribunal de Inquisición al revés, el Kirishitan-shumon-aratame-yaku. El mayor odio, sin embargo, no partía de los herejes o de los budistas, sino de ex sacerdotes o de católicos que habían apostatado de la fe. Ellos no solo denunciaban a aquellos que eran fieles, sino que sugerían o incluso practicaban torturas en los puntos más débiles que podrían llevar a los católicos a la apostasía.

Fin de 200 años de aislamiento

El año 1854, Japón rompe su aislamiento. El 17 de marzo de 1865, en la ciudad de Nagazaki fue levantado el primer templo católico, para atender a los eventuales marineros occidentales, pues era de suponerse que 200 años de persecución y aislamiento hubieran borrado definitivamente la fe católica de aquel pueblo.

“Nuestro corazón es semejante al vuestro”

Cierto día, un grupo de japoneses entran en la iglesia, con paso pausado. Observándolo todo, con mucho detenimiento. Señalan hacia una imagen de la Santísima Virgen. Se dirigen a la sacristía, en búsqueda del sacerdote para hacerle tres preguntas:

“Padre, ¿usted es casado?”

“¡No!”, respondió el sacerdote, muy intrigado…

“Padre, ¿usted cree en la presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía?”

“¡Sí!” ...

“Padre, ¿usted es fiel a Roma?”

“¡Sí! ¡Claro!”

Los japoneses, entonces, esbozan una inmensa sonrisa y, en medio de lágrimas, dicen:

“Padre, ¡entonces nuestro corazón es semejante al vuestro!”...

Hace 220 años, cuando los jesuitas fueron expulsados del país, les dieron a los católicos japoneses una recomendación: en el futuro, cuando se reabrieran los puertos y ustedes quisieran saber cuál es la verdadera religión, consulten a los forasteros sobre estos tres puntos.

¡Un día la religión católica florecerá!

Hoy, 470 años después, la comunidad católica japonesa es relativamente pequeña. Mas aquel suelo fue regado por sangre de mártires, y “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”, como decía Tertuliano. Un día vendrá, ciertamente, en que la religión católica florecerá con todo su esplendor en la tierra del Sol Naciente, como ardientemente lo anheló san Francisco Xavier, y como esperan en el cielo los numerosos mártires japoneses.

¡Nuestra Señora Estrella de la Mañana, Patrona del Japón, rogad por aquel país regado abundantemente por sangre tan generosa! 



  




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Nº 213 / Septiembre de 2019

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